Sociedad/Общество“…Y la vida ya nos molesta como un monótono camino sin objetivo”

Un dibujo de Mayakovski
19/02/12

Valentín Lukianin

Estas palabras de un famoso poema de Mijaíl Lérmontov son muy apropiadas, desde mi punto de vista, para caracterizar el actual ambiente psicológico de Rusia. En realidad ¿qué es lo que nos falta? Vivimos en un bienestar relativo, somos libres para ir a cualquier lugar y para decir lo que queramos, las nubes negras nos pasan de lado… Y esa “estabilidad” las autoridades nos la prometen –si votamos “correctamente” en marzo– por lo menos hasta el año 2018 y, si hay suerte, hasta 2024. Es posible que en Rusia no se haya vivido tan bien como ahora en los últimos 200 o 300 años. Pero no nos conformamos, “la vida ya nos molesta”: ¡queremos cambios! ¿El hombre es un ser de dos piernas, sin plumas y desagradecido, como afirmaba Dostoievski?

Sin embargo creo que no se trata de que seamos “desagradecidos” sino de que no nos satisfacen algunos aspectos importantes de nuestras vidas.

El ser humano está hecho de tal manera que el bienestar material no es la condición más importante para sentirse un “ser humano”. Un vacío espiritual que va en aumento, un sentimiento de soledad, la imposibilidad de influir sobre el propio destino, el sentimiento constante en la gente de que se la quiere manipular y de que se la trata como si fuera retrasada mental. Todo eso determina el estado de ánimo de cada uno más allá del contenido de su frigorífico o de su monedero.
Claro que siempre hubo ricos y pobres, los señores de la vida y la “masa”, pero siempre a la gente le ayudó a vivir el presentimiento de que se avecinaban cambios inminentes. Sin embargo hay períodos en los que el tiempo parece como si se detuviese, en los que el movimiento no se percibe, mañana va a suceder lo mismo que ayer y que hoy. Eso lo sentía Lérmontov, eso se puede sentir en la plena “estabilidad” que se percibe hoy en día, el mismo “monótono camino” y el mismo “banquete en fiesta ajena”. De aquí vienen esos mítines multitudinarios y ese “tambaleo de la barca” con el riesgo de hundirse todos juntos, de ahí viene aquello de “que sea lo que sea, menos que siga este estancamiento”.

Con todo esto, curiosamente cada día se producen cambios. La Duma estatal discute centenares de nuevas leyes que –casi sin excepción– producen en la gente de a pie la sensación de que se lleva a cabo una ofensiva planificada e inminente contra los cimientos de su vida. Se cambian y se vuelven a cambiar los mecanismos reguladores de la economía. Cambiaron la milicia por la policía, quitaron el horario de invierno, disminuyeron el número de los usos horarios… Se destruye la industria espacial. Se levantan nuevos grandes almacenes y se derriban monumentos arquitectónicos. Ya se considera como norma que las jóvenes promesas de la ciencia emigren a Occidente… En fin, el mundo cambia precipitadamente. La pregunta es ¿en qué dirección?

¿Es un proceso dirigido o no? Y si es dirigido ¿quién lo dirige? ¿Le obedece al timón el barco arcaico y dañado de nuestra sociedad? Resumiendo: ¿qué sociedad está construyendo Rusia en el siglo XXI?

Se ven tres respuestas principales.

La primera se atisba en los programas preelectorales y en los discursos de los políticos que están en el poder y que pretenden conservarlo tras las elecciones y, en general, en los ideólogos y triunfadores de esa sociedad que se ha formado de resultas de los cataclismos de los años 90 del pasado siglo y de las medidas reconstructoras de la primera década del siglo XXI. Esa versión –digamos oficial– viene a decir que estamos construyendo una sociedad democrática, civil, de derechos. Otro nombre de esa sociedad es la de “sociedad de consumo”. No vamos a discutir ahora sobre sus ventajas y sus cada vez más evidentes desventajas. En cualquier caso el fallo principal de esa versión oficial es que constantemente se proclama pero no se ve ningún paso concreto para su realización.
Es por ello por lo que la opinión común se inclina a otra versión, y esta no se basa en postulados ideológicos sino en una percepción emocional de la situación. Su esencia es simple: ¡no construimos nada! Ponemos parches, atamos cuerdas podridas, tomamos medidas urgentes para impedir que llegue el descontento social al punto de ebullición.

Y la tercera respuesta puede ser la siguiente: sí existe un movimiento pero puede comparase con un movimiento a la deriva. Su imprecisa dirección está determinada por varios factores y el principal de ellos es el modelo económico que se ha formado en nuestro país.
Cuando ese modelo empezaba a diseñarse, los ideólogos de la perestroika intentaron tranquilizar al “electorado”: ¡no os asustéis, todo el mundo vive según esas reglas! Pero se pusieron manos a la obra de una manera chapucera, luego los reformadores, luego los “estabilizadores” arrastrándonos al camino general de la economía mundial… y como resultado les ha salido algo único. Podemos afirmar que: ahora vivimos según unas reglas en las que ¡no vive nadie en el mundo! Nuestro modelo económico actual es un híbrido del modelo soviético y el del mercado libre. Pero no se trata de una “convergencia” con la que soñaba el académico Andrei Sájarov, sino de una simbiosis de los peores rasgos de uno y del otro modelo.

Del modelo soviético hemos tomado… no, no la planificación. La economía soviética no era de planificación sino de movilización, de directivas. Una planificación supone un balance de necesidades y posibilidades. Las directivas no partían de las posibilidades sino de las necesidades: “¡Mátate pero hazlo!” Así puede hablar un jefe poderoso a sus subordinados que dependen totalmente de él. Por eso la economía soviética estaba fuertemente centralizada y no podía funcionar por si misma sino se ponía en marcha gracias a una “verticalidad” del poder.
El modelo económico actual asimiló precisamente esa centralización y esa “verticalidad” pero hoy tiene la siguiente particularidad: una cúpula burocrática tiene en sus manos el presupuesto y lo reparte de acuerdo con intereses que no son en ningún los intereses del Estado. Unas migas caen abajo y son repartidas por los funcionarios locales.

Del modelo liberal hemos tomado una ausencia total de control –tanto por parte del Estado como por parte de la sociedad– de la actividad económica. Un empresario (¡una persona VIP!) puede gestionar su propiedad como se le antoje: vender, romper, abandonar, cambiar de perfil…
Ese modo híbrido de gestión hace tiempo que hubiera tenido que llevar el país a un batacazo pero por ahora se mantiene gracias al petróleo, al gas y algún recurso natural más. Y también se mantiene gracias a la indiferencia de la población en general y de los intelectuales en particular. Especialmente dañino es que todos los que deberían darse cuenta de la situación, tienen una actitud poco crítica ante los estereotipos teóricos.

Nuestros reformadores reemplazaron, de manera tramposa –ya que me extraña que no viesen la diferencia–, el concepto de “dueño” por el de “propietario” y crearon un simulacro de “propietario efectivo”. Pero ocurrió lo que cabía esperar: los “propietarios efectivos” literalmente aniquilaron la industria soviética; solo algunas empresas que representaban cierto interés para los inversores extranjeros las vendieron al renunciar con ganas su papel de “dueño”…

Hace poco he leído el libro de Alexander Engelhardt “Las cartas rurales” (1872-82) y no conozco ninguna otra obra donde de manera tan convencedora, basándose no en teorías sino en la experiencia de cada día, se mostrara como los propietarios arruinan la economía y qué lo que es necesario es un “dueño” –pero para serlo hay que saber muchas cosas y además tener talento y amar aquello que se tiene. Ese libro lo leyó en ruso Marx, lo apreciaba Lenin. ¿Por qué no se molestaron en leerlo nuestros reformadores de los 90? Tal vez Engelhardt, el profesor de química exiliado y convertido en terrateniente, les hubiera convencido de que unos sabios libros extranjeros no son suficientes para organizar la economía en Rusia…

La historia económica de Rusia conoció momentos de gloria, que ocurrieron no “por qué sí” sino que tuvieron sus ideólogos y organizadores (Serguéi Witte, Dmitri Mendeléyev, el mismo Engelhardt...). Estos no vieron el sentido de sus esfuerzos en crear “un clima para las inversiones” ni siquiera en crear “puestos de trabajo” sino en levantar la industria rusa y desarrollar todo el “capital humano”. En cambio, los reformadores de finales del siglo pasado y principios del presente no conocen y no quieren conocer Rusia. Quieren darle la vuelta para que todo sea al modo norteamericano.

Los ideólogos actuales, si hubieran tomado en consideración la experiencia del pasado, habrían tropezado con problemas que parece que no sospechan ni siquiera que puedan existir. ¿Por qué Witte y Mendeléyev hablaban sobre “economía política”, “economía popular”, conceptos retirados ahora del uso con el pretexto de que proceden del vocabulario “bolchevique”? ¿Por qué hoy el Estado se presenta casi como un enemigo de la economía rusa cuando para Witte y Mendeléyev el Estado y el empresariado tenían que colaborar y el liderazgo debía recaer en el Estado? ¿Facilita el libre mercado el desarrollo de una economía nacional débil? El mercado no es un lugar para altruistas, allí se llega para vencer al rival y para obtener beneficios a costa suya. Una economía débil no puede oponerse a una fuerte. Por eso Witte y Mendeléyev hablaban de la necesidad de una política proteccionista, algo que no acepta la Organización Mundial del Comercio (OMC). ¿Entonces qué beneficio y para quién piensan sacarlo nuestros dirigentes cuando insisten en la entrada de Rusia en la OMC?

Estas son solo algunas de las preguntas que tiene que volver a plantearse y resolver Rusia. Si no lo podemos hacer, “como un gentío lúgubre y pronto olvidado pasaremos por el mundo sin hacer ruido y sin dejar huella…”, según el mismo poema de Lérmontov.

Lermontov