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Para los españoles sobre Rusia, para los rusos sobre España
по-русски

22/03/2010

“El Concierto”: una comedia que hace llorar

En Madrid se acaba de estrenar la película del director franco-rumano Radu Mihaileanu “El Concierto” (Francia-Italia-Rumanía-Bélgica, 2009). Mis amigos españoles con los que intercambié opiniones la aceptaron con bastantes reservas. Los chirrió el argumento poco verosímil aunque a la vez previsible y el tono melodramático de la película. “Y demasiado Tchaikovski –dijo uno de ellos–, y no soy un admirador suyo” (lo que no es pecado, claro).

El argumento “poco verosímil” es el siguiente: un ex director del teatro Bolshói de Moscú trabaja en la actualidad como limpiador en el mismo teatro porque en el lejano año 1980, en la época de Brézhnev, le echaron de la orquesta por defender a sus músicos judíos a quienes expulsaron de la orquesta durante una especie de purga antisemita. El limpiador-director-disidente (actor Alxéi Guskov) intercepta un fax en el despacho vacío del jefe del teatro en el que unos franceses invitan a la orquesta de Bolshói a dar un concierto en París. El director reúne a sus músicos marginados a los que la vida les había llevado a distintos rincones sin salida, y –gracias a su obsesión, al apoyo firme de un amigo, de su mujer y a la capacidad invencible de promoción del antiguo jefe del Partido en el teatro que se encontraba también por aquel entonces en el basurero de la historia– la autoproclamada “orquesta de Bolshói” parte para París… Con esto se cruza otra línea de argumento: el director pone como condición que el solo de violín con la orquesta lo interprete una joven estrella francesa (interpretada por Mélanie Laurent) que pronto se da cuenta en el lío en que se ha metido y, naturalmente, no quiere arriesgar su reputación para participar en semejante sección de psicoterapia…

El argumento, en efecto, no es verosímil pero eso es algo normal en una comedia. Lo que importa es un argumento interior que se puede definir como una búsqueda –y un encuentro– de la música perdida. La “música” puede entenderse en un sentido amplio, como una armonía consigo mismo (un director de orquesta que después de terribles años de inactividad vuelve a levantar su batuta), como una armonía con otra persona (la violinista francesa que apuesta todo para poder tocar con un director imprevisible de una orquesta sospechosa), como una armonía con un colectivo (la orquesta)… no sé si la armonía con el colectivo quiere decir también la armonía con la sociedad. Creo que no. Porque tanto la sociedad soviética, mostrada con varias pinceladas de unos recuerdos borrosos pero contundentes en blanco y negro, como la sociedad actual rusa –una sátira acertada– se presentan como un lugar poco apropiado para la música.

"El Concierto" de Radu Mihaileanu

Me contaron que una persona lloró viendo esta comedia. No me extraña que esto suceda. Por ejemplo, en el episodio en el que el director con su viejo amigo –antes músico ahora conductor de ambulancia– van de un sitio a otro en esa misma ambulancia para reunir a sus antiguos compañeros y recomponer urgentemente la orquesta. Para recomponer una orquesta de… operarios de mudanza, de señoras de la limpieza, de vendedores, de Dios sabe quién. Es una especie de resurrección colectiva de muertos en un torbellino con música de fondo. Huele a utopía: imagínese que todos los profesionales de un país, que habían trocado sus profesiones por el estraperlo, por puestos callejeros, por colocar ladrillos y limpiar servicios en el extranjero, que todos ellos de repente vuelvan a su vocación… O en otro episodio, cuando los lumpenmúsicos que desaparecen en el ansiado París y ni siquiera vuelven para una cena lujosa, ni para ensayar, sin embargo, y a pesar de todo, a la hora del comienzo del concierto entran en el teatro… Sí que es previsible, pero te emociona… E interpretan el concierto sin ensayos… Creo que aquí no se trata de un simple “convencionalismo” del argumento sino que de nuevo se atisba una utopía social. Todo se desplomó pero ellos acudirán e interpretarán el concierto. Entre paréntesis quiero mencionar que la película es totalmente apolítica en el sentido de que no hay ninguna nostalgia y ninguna esperanza relacionada con ninguna sociedad. Hay tan solo una apelación exclusiva al orgullo y a la nobleza de la naturaleza humana.

En una entrevista el actor Alexéi Guskov afirma que se asombró cuando le propusieron el papel de director de orquesta porque en los últimos tiempos a los rusos se les suele proponer papeles de mafiosos o de nuevos ricos. Asombra que el director de la película, un rumano (de acuerdo, un judío rumano) que en su tiempo huyó de la dictadura de Ceaucescu, haga esa apología de un personaje ruso.

Desde luego hay que ver la película en versión original: en sus dos idiomas, ruso y francés. Y su final –la interpretación de un concierto para violín y orquesta de Tchaikovsky– también es una verdadera historia dramática que ni siquiera necesita subtítulos para entenderla.

Aglaia