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Para los españoles sobre Rusia, para los rusos sobre España
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Publicado 05/06/2011

¿Cómo se cotiza la literatura rusa contemporánea en el extranjero? Entrevista con Natalia Perova, editora y agente literaria

Natalia Perova y jovenes escritores Igor Saveliev y Alisa Ganieva

Natalia Perova y jóvenes escritores Ígor Saveliev y Alisa Ganieva

En Rusia desde 2000 existe un premio literario de ámbito nacional para jóvenes escritores de hasta 25 años llamado “Debut”. En España acaba de editarse en español el libro “El segundo círculo”, compuesto por narraciones de algunos de los ganadores del premio en diferentes años (por la editorial “La otra orilla”). Con este motivo a finales de mayo visitaron España tres de estos jóvenes autores, la conocida escritora y comisaria del premio Olga Slávnikova  así como Natalia Perova, directora de la pequeña editorial moscovita “Glas” que colabora con el premio “Debut” publicando en inglés obras de jóvenes escritores para, sobre todo, presentarlas a editoriales extranjeras.

¿Cómo se cotiza la literatura rusa contemporánea en el extranjero?
¿Cómo hay que traducirla y si cualquier obra es traducible?
¿Quién realmente promueve la literatura rusa al extranjero?
¿En qué dirección miran los jóvenes rusos de hoy que empiezan a escribir?

Planteé estas preguntas a Natalia Perova, editora y agente literaria que lleva toda su vida dedicada a promover la literatura rusa actual en el extranjero.

Natalia empezó a trabajar en la famosa editorial “Progreso” de Moscú que en los tiempos soviéticos editaba literatura en muchas lenguas para distribuirla por todo el mundo. En los complicadísimos años de la perestroika cuando se convulsionó todo el ordenado sistema de la literatura soviética oficial, le tocó a ella ser redactora jefe de la revista “Literatura soviética” en inglés. Por aquel entonces existían 9 redacciones de “Literatura soviética” que sacaban 9 revistas en diferentes lenguas. La revista en inglés resistió más que las demás pero al final también se derrumbó. Entonces la antigua redactora jefe fundó la pequeña editorial “Glas” (“La voz”) y prosiguió el mismo trabajo: editar libros de autores rusos actuales traducidos al inglés y distribuirlos en los Estados Unidos e Inglaterra. Al principio se trataba de almanaques con cuánto más autores debajo de la misma cubierta, mejor. Porque el objetivo era “seducir” a editores extranjeros. De paso Natalia se convirtió en una agente literaria –cuando en Rusia prácticamente no existía esta figura–. A la vez su pequeña editorial, de vez en cuando, publicaba libros en ruso. A principios de aquellos años 90 estuvo en boga sólo la literatura anteriormente prohibida y las traducciones de escritores extranjeros, un mundo nuevo y fascinante que se abrió al lector ruso. Los escritores rusos que escribían por aquel entonces, y especialmente los jóvenes, quedaban muy al margen. Solo pequeñas editoriales “aficionadas” (en el buen sentido) a veces les acogían.

“Hay editores que piensan: ¿qué puedo editar para ganar dinero? Y hay editores que piensan: ¿de dónde puedo sacar dinero para publicar el libro de este escritor tan bueno? Yo pertenezco a esta segunda categoría” – dice Natalia.

¿Cómo se cotiza la literatura rusa en el extranjero?
Es un tema delicado. Conocen nuestros clásicos. A veces encuentras a una persona que te dice satisfecha que hace poco leyó a Dostoievski. Los lectores asocian estos nombres de siempre – Dostoievski, Tolstoy, Chejov – con la Rusia de hoy. Por lo menos piensan que eso es lo que hay que leer si estudias Rusia.

El arte actual ruso poco a poco ha penetrado en el Occidente pero la literatura actual ha tenido un pequeño parón. Cuando empezó la perestroika, las editores occidentales se lanzaron a Rusia. Pensaban que en cuanto se quitara la tapa de la censura, aparecerían bocanadas de genios. Pero lo que encontraron fueron obras bastante superficiales como “Los hijos del Arbat” de Anatoli Rybakov o “Los vestidos blancos” de Vladimir Dudintsev. Al haber recogido lo que encontraron a finales de los 80 y a principios de los 90, se decepcionaron y dieron la espalda a Rusia. No encontraron obras maestras y es que por aquel entonces tampoco las habíamos encontrado nosotros, los rusos. En los 20 años siguientes fuimos descubriendo poco a poco nombres inestimables, como el de Sigismund Krzhizhanovski –no lo publicaron en los años 20 y 30, no quedó una mujer como la de Bulgákov o la de Mandelshtam que hubiera guardado sus obras, las hubiera promovido e insistido en su valor. Y a finales de los 80 un crítico casualmente encontró sus manuscritos y quedó estupefacto, no pudo creer que aquel tesoro permanecía sin ser demandado. Pero tuvieron que pasar muchos años más antes de que convenciera a otras personas. Y lo mismo pasó con algunos otros escritores.

“Los hijos de Rabat” de Rybakov fue el último libro editado con subvenciones de los sovietólogos. A lo largo de todo el periodo soviético existían esas subvenciones para editar en el extranjero libros supuestamente “antisoviéticos”. Luego se acabó.

Le siguió un periodo totalmente estancado, cuando no se publicaba ni a los viejos ni a los nuevos. Pero más adelante las editoriales que se ocupaban de literatura traducida, empezaron a fijar su mirada en dirección a Rusia. Al fin y al cabo Rusia tiene reputación de ser un país en el que se da un producto intelectual.

En Estados Unidos del 3 a 5% de toda la literatura que se edita cada año son traducciones de otros idiomas. Antes de la Feria de Londres en abril de este año me pidieron que calculara cuantos libros rusos se habían editado en EE UU e Inglaterra en los últimos 5 años. Me refiero a autores actuales porque la clásica se edita constantemente. Se habían editado 15 libros, es decir muy poco. En Europa la situación es algo mejor. No sé las cifras de España pero en Francia y Alemania un 35% es literatura traducida. De ella una pequeña parte es literatura rusa. En cualquier caso hay un cierto número de libros.

La literatura actual rusa es muy poco conocida en el extranjero. En ocasiones son unos nombres pasajeros. Alguien estuvo por allí, entabló amistad con un traductor… Pero otras veces sucede que el autor no encontró mucho reconocimiento en Rusia y sin embargo en el extranjero tiene éxito. Por ejemplo, Arkadi Bábchenko –autor de un libro sobre Chechenia y, de hecho, también ganador del premio “Debut” de hace varios años– fue muy apreciado en el extranjero y particularmente en España.

¿No les interesa porque no la conocen o no la conocen porque no les interesa?
Cuando empezaron a publicarse las obras anteriormente prohibidas –de Platonov, Krzhizhanovski, Grossman, Dombróvski, etc. – me enamoré de ellas y quería que todos las conocieran. Durante muchos años estaba convencida que a gente no le interesa literatura rusa porque no la conocen. Que hay que hablar de ella y dirán: “¡Vaya! ¡Dónde estuvimos hasta entonces?..” En realidad, eso es una utopía. No es que no la conocieran sino que no la quieren conocer, no tienen ningún interés especial.

Pero al decir eso, tengo que añadir que hay personas que a pesar de todo la aprecian y la destacan entre las demás literaturas. Eso es lo que me anima.

Hay personas que están interesadas por la literatura rusa lo mismo que hay quien se interesa por la literatura china o india… Rusia es un país entre otros muchos, a pesar de que todavía guardamos ambiciones imperiales y nos consideramos algo más de lo que somos.

También es verdad que la pregunta “¿Por qué no se lee a autores rusos?” tiene una base razonable. Y es que Rusia es un país muy grande y hay allí más escritores que en cualquier otro país europeo. Asistí a una conferencia organizada por la Unión Europea donde se discutía un programa para traducir a los mejores autores de cada país a los principales idiomas europeos. Y se decía que de cada país había que elegir a dos autores. Naturalmente, me indigné: ¿por qué a dos? ¿Cómo se puede comparar Rusia que tiene 140 millones de habitantes con algún país que tiene dos? Estuve en muchas reuniones de este tipo y siempre todo se reducía a que Rusia es demasiado grande, tiene demasiadas cosas y no se sabe por donde cogerla. Así que por ahora Rusia no se incluye en esos programas de la Unión Europea. No, no tienen intención de dejarla fuera de juego, empiezan a investigar… Pero luego les da vértigo y todo acaba en nada.

Tenía a un conocido que era en su editorial el responsable de toda la Europa Oriental. Decía: vas a Bulgaria, te nombran a los dos mejores autores, vas a Rusia, te nombran 500 y parece que todos son genios… No hay manera de hacerse una composición. Como resultado, dejaron de editar a escritores rusos.

En su tiempo Víctor Pelevin se convirtió en el extranjero en la “cara” de la nueva generación de escritores rusos. Espero que el premio “Debut” dé ahora dos o tres nombres que representarán la “cara” de la siguiente generación. Es que eso funciona así: cada país quiere saber dos o tres nombres de autores de cada país que sean “representativos”. Habitualmente cuando empiezas a proponer otros, dicen: “Ya hemos editado dos libros rusos, no necesitamos más”. Incluso si les dices que el tercero va a ser genial, no lo quieren, ya les sobra. Es un fenómeno contra el que hay que luchar.

No existe una promoción sistemática de la nueva literatura rusa. Este papel lo hubiera podido asumir el Estado. Conocemos el Instituto Británico, el Instituto Goete, el Instituto Cervantes… Por ejemplo, en Moscú existía el Centro de cultura húngara, en un principio existía de tal modo que nadie conocía nada de él, pero luego llegó una directora nueva, muy activa, y se puso en marcha y todos íbamos allí a ver películas, a presentaciones de libros… Todo depende del responsable concreto. Programas de promoción de su literatura en el extranjero los tienen todos los países, grandes y pequeños, pobres y ricos. En cambio Rusia no los tiene.

¿A quién elegir?
Por una parte me ayudan los premios y las revistas literarias, pero no al 100%. Muchas veces ocurre, como en cualquier otro país, que alguien gana un premio pero al cabo de dos o tres años ese nombre ya no dice nada a nadie. Como cualquier agente literario, trabajo mucho con el autor. Especialmente si es joven, suele tener reacciones de incertidumbre: “¿Vale la pena dedicarme a eso si nadie lo necesita?”, etc. Hay que apoyarle en este momento. Trabajo solo con los escritores en los que creo. Si vemos qué autores elegí por aquel entonces, a principios de los 90, se puede decir que en general todos se convirtieron en escritores muy interesantes, salvo los que murieron y no hicieron nada. Pero entonces, recuerdo, tenían sensación de que nadie les prestaba atención. El mismo Víctor Pelevin. Le conocí cuando tenía 24 años y recorría editoriales con su “Omon Ra”, y nadie quería publicarlo. Luego topó con una pequeña editorial “Text” que supo apreciar su talento, lo acogió, edito su colección de relatos… Esta colección todavía sigue allí almacenada. O Ludmila Ulitskaya que por su edad no era joven, empezó a escribir con 50 años y para cuando tenía 60 se convirtió en famosa. Con esos años obtuvo el Premio Booker ruso. Pero aquel entonces también encontró una editorial pequeña que editó su colección de cuentos que hasta ahora sigue sin venderse. Ella la compró y ahora está en su casa, de vez en cuando lo regala a conocidos… Y no es que grandes editoriales no vieran que esos cuentos estaban bien, sino que tenían otras preferencias.

Sobre la literatura “femenina”
El fenómeno de literatura femenina surgió hace muy poco. Recuerdo que cuando nuestra editorial “Glas” editó las primeras dos selecciones de autores actuales (1993) todos los reseñistas en Inglaterra y los Estados Unidos lo primero que comentaron fue: ¿dónde están las mujeres? ¿se les prohibe escribir? Yo hasta tal punto no había tenido en cuenta este aspecto que saqué de la estantería aquellos dos libros y constaté que, en efecto, no había mujeres. Empecé a estudiar qué mujeres tenemos y la tercera selección ya fue “femenina”, la editamos en ruso y en inglés. Por aquel tiempo las mujeres tenían que mantener a sus familias porque muchos hombres quedaron totalmente desorientados, y las mujeres que escribían se vieron obligadas a dedicarse a cierto tipo de literatura que buscaba un éxito comercial y así se perdieron para literatura de calidad. En los tiempos soviéticos no pensábamos en el género del autor.

Qué hay que leer
Ahora en Rusia destacan dos tendencias en literatura.

Una es muy potente, es la literatura tipo Bulgákov, que tiene muchos elementos de fantasía pero en el fondo lleva un mensaje social. El elemento fantástico sirve para dar una descripción más exacta de la sociedad actual rusa. Es la tradición que viene de Gógol, Saltykov-Shedrin, OBERIU (un grupo de escritores de literatura del absurdo que existía a finales de los 20-principios de los 30)… Dentro de esta tendencia escriben Dmitri Bykov, Olga Slávnikova, María Gálina.

La otra tendencia a veces la llaman nuevo realismo, a veces realismo documental. De esta manera escribe Román Sénchin a quien aprecio mucho. Nació en Tuvá que es una pequeña república en el sur de Siberia, cuando les dieron autonomía allí surgió una postura poco amistosa contra los rusos y muchos tuvieron que huir de allí. Román Senchín describe cómo en un abrir y cerrar los ojos perdieron casa, trabajo, bienestar, se mudaron a Minusinsk donde también lo pasaron muy mal, porque era una ciudad formada alrededor de una fabrica que dejó de funcionar a causa de crisis económica general… Esa novela se llama “Minus” – del nombre de la ciudad Minusinsk. Cuando publicamos “Minus” en inglés, la reacción fue la siguiente: qué lento se desarrolla todo esto… y qué suerte de jóvenes son estos que ni siquiera pueden encontrar trabajo… La reacción sobre la novela fue, digamos, negativa lo que no era justo porque el problema no consistía en la novela sino en la vida que se describía. La última novela de Sénchin, “Ýeltyshevy”, según mi opinión también es una obra maestra.

Otro escritor muy interesante de esa tendencia es Alexander Térejov. Su última novela “El puente de Piedra” (“Kamenyi most” en ruso) ha tenido mucha repercusión. Antes escribió la novela “El matador de ratas” (“Krysoboi” en ruso) que describía muy bien los años 90 en Rusia. “El puente de Piedra” es una novela que trata a la vez de la historia y de la actualidad. Según la trama, una persona que vive en nuestros días, un periodista, por casualidad resulta involucrado en la investigación de un misterio: un asesinato en el Puente de Piedra, cerca del Kremlin, de una chica en los tiempos de la II Guerra Mundial (Guerra Patria para los rusos). Esa chica procedía de una familia de altos funcionarios al igual que su asesino. La novela habla sobre la elite del Partido de aquellos tiempos y sobre sus hijos, los cuales durante la guerra –y eso está basado en hechos reales– jugaban a los fascistas, es decir simpatizaban con los fascistas, tenían su propia organización fascista. Y a la vez el autor muestra el poder en la Rusia actual también como un aparato muy parecido al que regía la sociedad en otros tiempos.

Creo que cuando esa época se aleje y la gente empiece a estudiarla, podrá comprenderla por las novelas de Dmitri Bykov, Olga Slávnikova, las de escritores de los que acabo de hablar y de muchos otros.

La generación más joven de escritores
Algunos jóvenes también intentan a fijar ese tiempo. Por ejemplo, la joven escritora Irina Bogatyriova, a quien destaco mucho entre ganadores de “Debut”, escribe novelas sobre unos problemas sociales más intrincados. Su primera novela fue “Autostop” pero un viaje haciendo dedo es, naturalmente, solo un pretexto igual como en “Almas muertas” de Gógol el viaje de Chíchikov fue solo un pretexto para que el escritor describiera Rusia. En Rusia muchos jóvenes durante un tiempo se dedican a viajar haciendo dedo. Irina Bogatyriova también. Así descubrió para sí misma Altai, unas montañas al sur de Siberia muy populares entre juventud informal. Tomó un apego especial, y tiene novelas donde la acción se desarrolla en estas montañas y el conflicto es el choque entre la cultura tradicional y la traída desde fuera. Tiene una novela sobre una secta religiosa. Otra, “La camarada Ana”, que se edita ahora, es sobre los jóvenes que se aficionaron a reconstrucciones históricas, en concreto, a la de la lucha clandestina contra el poder antes del año 1917, y se dejan arrastrar por el juego.

Los escritores que hemos traído a España son de los mejores. Alisa Ganíeva es de Daguestán y aunque vive en Moscú va mucho a Daguestán donde sigue viviendo su familia. Esta república caucásica sale mucho en la prensa porque el conflicto en el Cáucaso también se extiende hacia allá. Pero Alisa describe las capas profundas de la vida de la gente de allí. Utiliza la lengua de manera muy interesante, no simplemente cuenta una historia sino que la representa, moldea, combina un collage de conversaciones, episodios. Le sale un cuadro abigarrado, sugestivo. Naturalmente se pierde mucho en la traducción, ¡quién va a discutir eso! Al inglés la tradujo un corresponsal de guerra que había trabajado mucho en Afganistán, Pakistán, en el Cáucaso, procuró adornar este texto con palabras orientales, crear un colorido local. Pero, claro, si no lo tienes en tu lengua ¿cómo lo vas a crear? Con todo, a los lectores de la selección inglesa, Alisa Ganíeva en seguida les llama la atención.

Ha venido Alexéi Lukiánov, vive en una pequeña ciudad en la parte norte de los Urales, trabaja en una brigada de mantenimiento en el ferrocarril. Cada vez que hablo con él me asombra por su erudición y por conocimientos de la literatura. Incluso le pregunté: “¿Allí donde trabaja todos son así o usted es el único?” Por lo visto, gente que hubiera tenido que ingresar en las universidades, trabajar como ingenieros, al percatarse de la pocas perspectivas que eso conlleva, simplemente deciden trabajar como simples obreros. Y como ventaja, tienen tiempo libre para sus aficiones intelectuales. Alexéi escribe sátira social, digamos, “bulgakoviana”.

También ha venido Ígor Savéliev, que escribe más bien siguiendo la tradición de literatura del siglo XIX pero enriquecida con todas las tendencias posteriores más importantes. Vive en Bashkiria, una república entre el Volga y los Urales, trabaja en un periódico. Muchos escritores ya no van a Moscú como ocurría antes, porque incluso si quedan en casa, tienen contacto con todo el mundo a través del Internet. Ya no tienen necesidad de desplazarse a ningún sitio, se quedan en su lugar donde conocen muy bien el ambiente y a la gente que vive allí y la describen. Internet produjo una revolución en nuestra vida, además mientras el Occidente igual se toma como algo muy normal, en Rusia, donde hay largas distancias y malas comunicaciones, Internet ha cambiado muchísimo nuestra consciencia y nuestra vida. Pronto saldrá una selección de obras de Ígor Savéliev en ruso; en Francia publicaron su novela corta “Ciudad pálida”, sobre su ciudad nativa, Ufá, y también sobre un viaje en autostop.

También hay experimentos formales en literatura, pero ya han ocupado su sitio exacto, porque a principios de los 90 el así llamado “postmodernismo” inundó todo. En la literatura de los que tienen 20 años no hay muchos experimentos formales, cosa que sin embargo sí que existe en la poesía.

Me asombra descubrir que a los jóvenes les interesan los temas sociales. No les da igual cómo será su país, la humanidad en general, su ciudad, su familia. Se encuentra compasión con los pobres, los infelices, lo que dio fama a la literatura rusa del siglo XIX. Parecía que eso se había acabado, pero sigue, resucita.

Huecos entre culturas
No se puede decir que haya un país donde se observe un interés especial por la cultura rusa. En ninguno. Pero si comparamos, podemos ver que Alemania y Francia prestan más atención a literatura rusa y a literatura traducida en general. Las relaciones históricas con esos países siempre han sido muy estrechas. Con los países angloparlantes no hubo relaciones tan estrechas, nos conocemos mal unos a otros y eso se refleja en la traducción (creo que lo mismo también ocurre con España).  Muchas cosas que existen en Rusia, allí no se conocen. Por eso hay que inventar algo. A veces incluso suprimo párrafos enteros en una traducción para no distraer la atención del lector. Bueno, si hubiera sido literatura clásica no lo haría, pero como lo que pretendo es enganchar al lector, a veces es más fácil quitar varias líneas que hacer pies de página y explicar a qué se refiere el autor.

Claro que hay autores complicadísimos desde el punto de vista de su estilo. Por ejemplo, uno de mis escritores más queridos Asar Éppel. Editamos un libro suyo en inglés, su traductora es una virtuosa y sin embargo ni siquiera ella consiguió traducir todo. Pedimos al autor permiso para excluir algunas cosas. No se nos permitió. Entonces tuvimos que ofrecer al final una lista entera de conceptos con explicaciones. Pero no solemos hacer esto. El libro no funcionó bien aunque es un escritor muy bueno. Él me decía por aquel entonces que en cada pueblo hay escritores que escriben sobre unos fenómenos profundos de su cultura; naturalmente, no les entienden fuera de esta cultura pero dentro de ella son apreciados.

Somos afines a la idea de que entre culturas existen unos huecos culturales. Está claro que si algo existe en una cultura y no existe en otra ¿cómo vas a traducirlo? Creo que cuánto más puentes construyamos por encima de estos huecos, mejor. Y para eso lo que es necesario es la así llamada traducción interpretativa. Ya sé que hay gente que considera esta idea incorrecta.

Por otra parte, gracias al mismo Internet, se forma una especie de la conciencia global. Cada vez más palabras y conceptos son comunes para todo el mundo. Creo que es más fácil traducir literatura joven que a escritores que crecieron en su mundo cerrado y elaboraron en él su propia lengua.

En España
En España yo personalmente como agente literaria conseguí “colocar” a Arkadi Bábchenko, a Sigismund Krzhizhanovski… Tuvo éxito el Diario de Nina Lugovskaya, es verdad que no se trata de ficción, es un diario que se había encontrado en el expediente de una victima de las represalias políticas de los años 30. Nina era su hija, les detuvieron toda la familia. Es una especie de Ana Frank rusa, aunque en sus diarios describe la vida antes del arresto. En veinte países se ha editado este libro. También facilité la edición del libro de Yulia Latýnina. Escribe sobre empresarios rusos contemporáneos basándose en los hechos reales, en unos hechos en mayoría sangrientos.

Intenté promover a Andréi Volos, no me ha salido nada. Luego me relevó la agente literaria Yulia Dobrovólskaya, que por ahora tampoco ha conseguido nada. Recomiendo mucho a este autor, por lo menos a los que puedan leerlo en ruso.

En total, los éxitos de gente que intenta a promover literatura rusa contemporánea en el extranjero son modestos, pero suficientes para mantener cierto interés hacia ella. Estoy segura que hay que desarrollar los contactos. Porque el desconocimiento genera el miedo, y el miedo, la agresividad.

Entrevista: Galina Lukiánina