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SEGUNDO ACTO
31 de diciembre. Tarde, son cerca de las 8 h.
En la habitación algo ha cambiado. Aunque todas las cosas permanecen en el mismo sitio. No, el armario ahora no divide la habitación, está junto a la pared. Se nota algo más de limpieza. No está Lanka ni los cachorros.
Hay un árbol de Navidad en la habitación. De él cuelgan tres adornos navideños, lucecitas. Se encienden y se apagan.
En el sofá, acurrucada en una esquina, está Rimma. Envuelta en una manta, mira como hipnotizada el abeto, mira las lucecitas. En la mano tiene una botella de vodka. De vez en cuando se la lleva a los labios, da uno o dos tragos y sigue mirando fijamente al abeto. Asiente automáticamente con la cabeza.
Con el retumbar de tambores se adivina una marcha de soldados. Vienen de lejos. Se acercan más… y más…
Rimma salta del sofá, se dirige corriendo hacia la puerta negra, la abre. Rimma lleva un vestido con lentejuelas largo hasta los pies, y calza zapatillas de deporte. Abre la puerta de par en par. La nieve penetra en la habitación.
Aprieta la mejilla contra el quicio de la puerta y grita a pleno pulmón:
RIMMA. ¡Feliz Año Nuevo! ¡¡Soldados!! ¡¡¡Feliz Año Nuevo!!! ¡¡Año Nuevo…!!
Borracha, agita la cabeza de un lado a otro. Cierra la puerta, se dirige hacia el sofá temblando de frío. Se envuelve en la manta y musita algo. Bebe de la botella.
¡¡Año Nuevo…. El Año Nuevo… Feliz… Feliz Año Nuevo… Viva el Año Nuevo…!!
Golpean la puerta.
(con voz ronca.) ¿Quién es? ¿Eh?
Vuelven a golpear la puerta.
Está abierto ¿Eh? ¡Entra! ¿Quién es?
Coge de la mesa un tenedor y lo sujeta con la mano.
La puerta negra se abre.
En el umbral aparece Maxím. Lleva un abrigo y se cubre la cabeza con un gorro de piel. Está cubierto de nieve.
MAXÍM. Hola…
RIMMA. ¿Qué quieres?
MAXÍM. Pasaba por aquí, oigo un grito. ¿Eras tú o quién era? ¿Estás viva?
RIMMA. ¿Quién eres?
MAXÍM. ¿No te acuerdas de mí?
RIMMA. No me acuerdo.
MAXÍM. Estuve una vez aquí con un colega. ¿No recuerdas?
RIMMA. No recuerdo.
MAXÍM. Estabas aquí con una amiga, Nina. Yo vine con un amigo, Vitali. ¿Recuerdas?
RIMMA. Es la primera noticia que tengo. ¿Qué más quieres?
MAXÍM. ¿Cómo has podido olvidarlo? Empezaste una pelea. ¿No te acuerdas? ¿No?
RIMMA. Siempre acabo pegándome con alguien. ¿Acaso tengo que recordar todas mis peleas?
MAXÍM. Vale. Ya veo, no te acuerdas y basta. Mejor.
RIMMA. ¿Qué buscas?
MAXÍM. Me llamo Maxím. ¿No, de verdad no te acuerdas?
RIMMA. Mucho canalla pasa por aquí.
MAXÍM. No, creo que incluso no te caí demasiado mal… ¿No te suena?
RIMMA. Largo de aquí. ¿Tú, de qué vas? Vete a tu casa, es Año Nuevo, te tendrán preparada la cena.
MAXÍM. Me caliento aquí un rato. ¿No te importa?
RIMMA. Aquí hace tanto frío como en la calle. Te va a dar igual…
MAXÍM. Por lo menos no hay viento. Estaré sólo dos minutos ¿de acuerdo? Yo husmeaba por la entrada principal, llamaba, llamaba y nadie me oía. Pensaba que tú te habías ido… Luego me acordé de esta puerta y decidí llamar… Me acerqué y en ese momento oí tus gritos.
RIMMA. ¿Pero no dijiste que sólo pasabas por aquí?
MAXÍM. No. La verdad es que he venido a propósito. Por un asunto. Tienes un bonito abeto. Se enciende, se apaga. ¿Estás sola?
RIMMA. ¿Buscas a alguien?
MAXÍM. ¿Será posible que no me recuerdes?
RIMMA. Qué pesado.
MAXÍM. Cuando vinimos aquí, estabas con una amiga. Nos diste un perro. Yo necesitaba un perro para la dacha. ¿Lo recuerdas? ¿No?
RIMMA. (Enfurecida.) ¡No recuerdo nada!
MAXÍM. Y Nina… ¿Nina no ha aparecido hoy por aquí? ¿O ayer? ¿No? ¿No ha aparecido?
RIMMA. No conozco a ninguna Nina… Ni a ti tampoco… Largo de aquí…
MAXÍM. ¿De veras?
RIMMA. Largo, he dicho.
MAXÍM. (Después de una pausa.) Me parece que por aquí tenías una perra… ¿Dónde está?
RIMMA. La reciclé para jabón. ¡Largo, he dicho!
MAXÍM. No, en serio, ¿qué le pasó? Recuerdo que tenía cachorros ¿no? El armario estaba así…
RIMMA. ¿Pero tú… de qué vas? ¿Eres policía?
MAXÍM. No, quiero que recuerdes…
RIMMA. No he olvidado…
MAXÍM. (Alegre.) ¡Ves! ¡Me estabas tomando el pelo!
RIMMA. El armario estaba en medio. Ahora, al lado de la pared. Y a ti ¿qué más te da? ¿Acaso eres de la inspección contra incendios?
MAXÍM. No, recuerda otra cosa, recuerda…
RIMMA. Sabes, amigo, en la vida no he tenido ningún anhelo. Y ahora lo tengo.
MAXÍM. ¿Qué anhelo?
RIMMA. Que te esfumes de mi vista ¡ya!
Le amenaza con el tenedor, le mira con rabia, con odio.
MAXÍM. Deja eso ¿por qué te comportas como una cría? Voy con buenas intenciones…
RIMMA. ¿Quién te pide que tengas buenas intenciones? Soy un ser amorfo, soy una alcohólica, soy un animal. ¿Para qué quieres tener buenas intenciones conmigo?
MAXÍM. Mira, veo que recuerdas todo. No entiendo por qué mentías.
RIMMA. No recuerdo nada.
MAXÍM. Perdóname por aquello. (Pausa.) Escucha, me abandonó Dódik.
RIMMA. Enhorabuena. ¿Quién es Dódik?
MAXÍM. Pues aquel perro que me diste… Le llamé Dódik.
RIMMA. Recuerdo que me lo robasteis. Y a mí me pegasteis. Lo recuerdo bien.
MAXÍM. No te ofendas… Tuvimos que defendernos, te pusiste como una fiera, nos amenazaste con una botella, podías habernos matado.
RIMMA. Eso sí que no lo recuerdo.
MAXÍM. No lo robamos, simplemente nos lo llevamos. Tú lo hubieras matado. En cambio nosotros nos portamos bien con él. Ahora Dódik se ha marchado de la dacha… Puede ser que rompiera la cuerda con la que estaba atado con los dientes…
RIMMA. Teniendo hambre se puede romper hasta una cadena… ¿Y para qué me lo cuentas?
MAXÍM. (Permanece en silencio durante un rato y dice) ¿No volvió por aquí?
RIMMA. Igual volvió. Pero yo todos los perros abandonados los liquido… en seguida.
SILENCIO.
MAXÍM. ¿Dónde pudo meterse?
RIMMA. Venga, vete…
Maxím se levanta, se dirige a la puerta y se detiene.
MAXÍM. Y tú ¿qué? ¿Vas a pasar aquí el Año Nuevo? ¿No tienes dónde ir? ¿A casa de alguien? ¿A una mesa decente?
Rimma permanece en silencio.
Tienes que perdonarme por aquella conversación. Yo no tenía razón… Hay que ser más tolerante con la gente. Pero tú también tenías lo tuyo. No sabes beber…
Rimma permanece en silencio.
¿Puedo quedarme un rato contigo? ¿Estarás aburrida aquí tú sola? Además, igual viene…
RIMMA. Pero ya te he dicho que liquido a todos los perros. No va a venir.
MAXÍM. No, me refiero a otra cosa…
RIMMA. Yo también me refiero a otra cosa.
MAXÍM. (Pausa.) Entonces ¿me quedo un rato?
RIMMA. En las casas como es debido dicen: “¿Me permite quedarme un rato?”
MAXÍM. Vale. ¿Me permites?
RIMMA. (Tras un momento de silencio.) ¿No has venido a por el perro, verdad?
MAXÍM. No. Tienes razón. No por el perro.
RIMMA. (Tras un momento de silencio.) ¿Y cómo te has dado cuenta? ¿Has sentido algo? ¿Verdad? ¿Será posible?
MAXÍM. Darme cuenta ¿de qué? ¿Qué tenía que sentir?
RIMMA. Pues eso: que hoy voy a morir.
MAXÍM. Ya empezamos… Tu famoso humor negro. Déjalo. Hace dos meses sólo hablábamos de eso, y ahora otra vez… Déjalo. ¿No estás harta tú misma?
RIMMA. No. Hoy, seguro. En el Año Nuevo. Como si estuviera escrito. Ni antes ni después. A las 12 en punto. ¿Lo has sentido? ¿De verdad lo has sentido?
MAXÍM. Pero sentir… ¿qué?
RIMMA. (Tras un momento de silencio.) Rogaba a Dios todo el tiempo: que venga, que venga… Y de repente, como en una fábula: se abre la puerta. Me asusté tanto… Me aterroricé… ¿Lo has sentido?
MAXÍM. Sí, sí, sí. Lo he sentido. Lo he sentido. ¿Ya estás tranquila? Claro que lo he sentido. Sí. ¿Tienes algo de beber? Dame algo, para calentarme…
RIMMA. Toma.
Pasa a Maxím la botella. Le mira fijamente.
MAXÍM. (Encuentra un vaso, bebe rápidamente, derrama algo de vodka en el abrigo.) Hostias… Así está mejor. Esto me deja más tranquilo.
RIMMA. ¿Te duele?
MAXÍM. Me duele… Me duele… (permanece en silencio un rato.) Dime, tú lo sabes todo… Dime, eso es de verdad ¿no?
RIMMA. ¿Qué?
MAXÍM. Lo que nos ocurre a todos nosotros. ¿Eso es para lo que hemos nacido? ¿Ya nada va a ser de otra manera, no? Toda esta tontería, todo este vaivén, ir de un lado para otro, todo esto ¿es de verdad? ¿Esto es lo que tenemos que vivir? ¿Es eso? ¿Es eso?
RIMMA. No sé, no entiendo de qué estás hablando.
MAXÍM. Pues que ya no tendremos ninguna otra vida. ¿Ya está? ¿Sólo esta y ninguna más? (pausa.) Sabes, lo que nos ocurre es un absurdo inimaginable. Siempre pienso que en algún lugar, en el otro extremo del mundo, en un país caluroso o frío, hay una persona a quien siempre he querido, a quien he querido toda mi vida… La persona verdadera, no la que tengo a mi lado que parece que está a mi lado sólo de manera provisional, simplemente para que no me aburra mientras tanto, no sé… Pero llegará nuestra hora, nuestros caminos se juntarán y entonces seremos felices. Y así tiene que ocurrirnos a todos, a todos… si no, ¿para qué vivir? Y lo que me ocurre ahora a mí, y a todos, no es vida de verdad, la verdadera será luego, cuando nos crucemos con esa persona… ¿Y si no nos cruzamos? ¿Habrá otra vida? No, no habrá. No. No. Esta asquerosa vida mía, será la verdadera. ¡Para arrastrar una carga! Para eso es para lo que he nacido… Ahora vuelvo de la dacha, en tren y miro por la ventana: abetos, nieve, vagones parados en otras vías, miro los rieles y todo pasa, pasa, pasa… así transcurren los días, uno tras otro corren, y no hay nada detrás, un vacío… Y no hay nada delante… no veo nada… sólo el asco de la vida, de mi vida.
RIMMA. ¿Lo sientes por el perro? ¿Te habías acostumbrado a él?
MAXÍM. ¿Por el perro? (pausa.) Lo siento por mi. (pausa.) ¿No te llamó? ¿No vino? Es que desapareció…
RIMMA. ¿Quién?
MAXÍM. Nina, tu amiga. Hace tres días que desapareció.
RIMMA. No. No. (Permanece un rato en silencio.) Frío, frío, frío…
SILENCIO.
MAXÍM. Sabes, a mi mujer, la odio. La mataría. Es el mayor desproposito de mi vida. Todo es por culpa de ella… es insípida, tonta, grasienta… La odio, la odio, la odio.
RIMMA. Bebe más.
MAXÍM. Dame. Me calienta. Hace frío en la calle. Aquí también hace frío. Como en una nevera. Como en el congelador. Estoy congelado.
RIMMA. En la morgue también dicen que se siente lo mismo…
MAXÍM. Otra vez empiezas… (pausa.) No he probado esa experiencia… ¿Cómo puedes soportar esto? Hace un frío de perros.
RIMMA. Tengo la sangre ardiente. Tócame las manos. Están calientes.
Sacó la mano de la manta y tocó a Maxím. Este se apartó dando un respingo. Bebió de prisa.
MAXÍM. Calientes, calientes…
SILENCIO.
RIMMA. Murió mi Lanka.
MAXÍM. (dando un respingo.) ¿Quién?
RIMMA. Tenía una perra. Se murió.
Se apartó la manta y se puso de pie en el sofá. Zapatillas deporte, vestido largo con lentejuelas.
Esto es de ella, su vestido. ¿Te gusta?
MAXÍM. ¿De ella?.. Es como de mercado ambulante… Así van las gitanas.
RIMMA. ¿Está mal? ¿Me lo quito?
MAXÍM. ¿Para qué? Déjalo. Es fiesta. Parece un disfraz. (Bebe mucho y rápidamente, se emborracha en seguida.)
RIMMA. Lo compré ayer. Gracias a Lanka. Precisamente ayer vendí el último cachorro. Saldé todas mis deudas. No debo nada a nadie. Saqué adelante a los cachorros. Lanka no se ofenderá cuando nos encontremos allí. Pensé: ¿acaso voy a estar en ataúd con calcetines y pantalones? Lo cogí y lo compré. Así voy a estar con un vestido brillante, bonito… Como la bella de la fábula… Que todos me envidien…
MAXÍM. Ya empiezas otra vez. ¡Déjalo, te lo ruego! Me siento fatal y tú encima empiezas otra vez…
RIMMA. Todo está en orden. Tú viniste. Me oíste. Entonces todo está en orden… Ya está… (se ríe.) Venga, ya que has venido, hagamos un ensayo.
Se tumba en el sofá con las manos sobre el pecho.
¡Mira! ¿Me oyes lo que te digo? ¡Mírame!
MAXÍM. Mirar ¿qué?
RIMMA. Anda, venga, mira.
MAXÍM. Bueno. Miro. ¿Y qué?
RIMMA. Cuéntame ¿qué ves?
MAXÍM. No veo nada. Déjame en paz…
RIMMA. Venga, mira más atentamente.
MAXÍM. Estoy mirando ¿y qué?
RIMMA. Imagínate que estoy en el ataúd y te acercas a mirar. ¿Te lo imaginas, eh?
MAXÍM. ¡Basta ya! ¡Estoy harto de eso! ¿Me oyes?
RIMMA. (Se sienta en el sofá.) ¡Cariño! ¡Te lo pido por favor! ¡Cariño! ¡No te voy a pedir nada nunca más! ¡Te lo pido, por favor!
SILENCIO.
Maxím aparta la vista.
MAXÍM. Bueno, vale. Como es Año Nuevo, juguemos como en un jardín de infancia… Como estoy en tu casa, tengo que cumplir tus antojos. O más bien tus manías. ¡Vale, empezamos!
RIMMA. (Se tumba.) Dime lo que ves… (pausa.) Imagínate que ya estoy muerta y que has venido al entierro. Porque… ¿vendrás? Dime sinceramente: ¿vendrás?
MAXÍM. Iré. Iré. Déjame en paz. (bebe vodka.)
RIMMA. Vamos, será entretenido, juguemos. ¿No has dicho tú mismo que juguemos? Entonces has venido… Todos miran. Todos están de pie. Miras. Dime ¿qué es lo que ves?
MAXÍM. (Mirando al abeto.) Pues, he venido… Todos están de pie. Miro. Rimma está en el ataúd. Lleva un vestido brillante… Sus manos reposan en el pecho. Todos están de pie. Todos están en silencio. Nadie llora…
RIMMA. (Apaga la lámpara de la mesilla.) Espera, apago la luz… (vuelve a tumbarse, pone de nuevo las manos sobre el pecho. Las luces del abeto se encienden y se apagan intermitentemente.) ¿Mi madre, mi madre qué hace? Mira atentamente lo que hace. A ver ¿qué hace?
MAXÍM. (Permanece callado durante un buen rato. Mira al abeto.) Está al lado del ataúd tu madre… Tu madre… lleva un abrigo gris viejo y en la cabeza, un gorro de punto rojo. Está al lado del ataúd tu madre, te acaricia la mejilla y mientras lo hace, se lamenta: “Rimma hija mía, qué pelo más tupido tienes, qué negro, qué brillante…” Aúlla, aúlla, dice tonterías, lo que se le ocurre… Y tú en un lado de la cabeza, en la sien tienes una marca roja. Tus ojos están cerrados. No sonríes. Pareces enfadada. Todos están de pie. Hace muchísimo frío. Todos están abrigados. Enero. Acabo de llegar. Aparté a todos. Coloqué encima de ti, encima de tu vientre cuatro flores blancas. Invierno, un frío de perros. Llevaba las flores envueltas en un papel grueso de color gris y te las traje a ti… ¿Qué eras para mí? Nadie. Nadie… Nos vimos dos veces en la vida. Tan sólo. Pero no sé por qué, te recordaré hasta el final de mis días… Recordaré tu vida malograda y tu terrible final… Y sin duda recordaré tu funeral… Las flores blancas son un símbolo de inocencia. Rimma fue virgen. Ahora, después de su muerte, lo sé con seguridad… Cogí las flores del invernadero de mi fábrica, allí trabaja una conocida mía… Me las dio gratis. Así fue. Incluso para tu funeral no gasté nada, como si no quisiera gastarme nada en ti. Así es como fue. Vine, coloqué las flores y arrojé a la basura el papel donde estaban envueltas. Vino Vitali. Este te recordará siempre. Cuando se emborrache empezará a llorar y a pedir a todo el mundo que escriba una novela sobre cómo viviste y cómo moriste… Cada vez que Vitali pase cerca de esta clínica, apartará la vista y llorará recordándote. Y yo te voy a recordar… Cuando vea en la calle un perro abandonado o un piojoso gato arrastrándose, en seguida te recordaré. No porque liquidaras mil bichos como estos sino porque tienen los mismos ojos que tenías tú… Y tu padre está detrás de tu madre. Bajito, enjuto, empapado en alcohol. Agarra su carpeta porque en ella lleva dos garrafas, de tres litros cada uno, de vodka casero. Tu padre se acerca a los presentes y les ofrece un vaso sucio de vodka para que beban en tu memoria… No hay dinero en casa para comprar vodka, hicieron vodka casero a escondidas. Durante las noches oscuras bebiendo, llorando, destilaban vodka tu padre y tu madre … No hay dinero. Ni siquiera para pagar a los que llevan el ataúd… Pero tú pesas. Veo dos coronas. Cintas negras. Llegaron varias mujeres. Cuatro. Y no vino nadie más… Vuelvo a casa y me encuentro en la puerta una frase esculpida con un clavo: “Eres tonto…” Durante años trataré de borrar con pintura estas palabras pero seguirán apareciendo por debajo de la pintura. Seguirán notándose…
SILENCIO.
Maxím saltó, movió bruscamente la cabeza como despejándose y encendió la luz.
(Asustado.) ¿Qué era eso? ¿Qué era? ¿Qué era? ¿Estaba delirando?
RIMMA. (Se sienta en el sofá.) Todo está bien, cariño. (Se ríe feliz.) Pues sí, ya he visto cómo va a suceder todo. Así sucederá… No podría ser de otra manera. Te lo agradezco. ¿Vas a compadecerte de mí, no?
MAXÍM. (Confuso se frota la frente.) Probablemente sí. Fuiste una persona, no un bicho…
RIMMA. (En voz baja.) Entonces acércate, bésame para despedirme.
MAXÍM. No, no, no hace falta… Nos hemos pasado en este juego… No hace falta… No puedo…
RIMMA. (Susurrando.) Pero si ya estoy muerta… ¡¡¡No existo!!! Ahora aprietan un botón y el ataúd se arrastra hacia abajo, al crematorio, sólo queda un segundo y nunca volverás a verme ¡¡¡nunca, nunca!!!
MAXÍM. No… No… No puedo… No… No…
SILENCIO.
Rimma mira a Maxím.
RIMMA. Entonces no te compadeces de mí. Sólo te compadeces de ti mismo. No eres feliz… Aunque tengas dos remolinos en el pelo. Eres tonto, tonto…
MAXÍM. Dime ¿qué fue eso que me ocurrió hace un momento?
RIMMA. (sonríe.) A veces ocurre. A veces te imaginas algo como si ya hubiera ocurrido… A veces ocurre. No pasa nada.
MAXÍM. Entonces ¿eras tú?
RIMMA. Era yo ¿qué?
MAXÍM. En la puerta de mi casa alguien escribió con un clavo: “Eres tonto”… ¿Fuiste tú, no? ¿Por qué?
RIMMA. Para dejar memoria.
MAXÍM. ¿Qué memoria?
RIMMA. Eterna. Memoria eterna. Para que no me olvides. Para que cuentes a algún escritor acerca e mí. Para que él escriba. Si no, nada quedará de mí ni de Lanka. Hasta que no lo cuentes vas a estar inquieto, te va a doler aquí…
Se tumbó en el sofá.
Y ya está… Ya está.
Apretó el interruptor de la lámpara de la mesa.
Fíjate… A veces da luz, a veces mata… Mata hasta la muerte…
MAXÍM. (Está sentado en el suelo.) Otra vez hablas de la muerte, de la muerte, de la muerte, de la muerte… ¡Qué harto estoy! ¡Basta ya!
RIMMA. Y tú ¿nunca piensas en ella?
MAXÍM. ¿En qué?
RIMMA. En la muerte. ¿Nunca?
MAXÍM. No tengo tiempo para pensar. Yo vivo. Mal o bien ¡vivo!
RIMMA. En cambio yo, desde la infancia, pienso sólo en la muerte. ¿Qué es la muerte? Recuerdo, recojo una mariquita, y digo: “¡Mariquita, mariquita, vuela al cielo, allí están tus crías comiendo caramelos, cada una come el suyo y para ti no hay ninguno! ¡Mariquita, mariquita, vuela al cielo, tráeme suerte!” Pero alguna no quiere volar. Entonces me enfado y la aplasto. Sólo queda una mancha. Estaba, y ya no está. Tenía lunares negros y alitas marrones, transparentes… y ahora ya no hay nada… ¿Dónde fue? ¿De dónde vino? Y ahora por la noche se me aparecen perros despellejados y personas desnudas, como muñecos de juguete… Les pongo en la cabeza un “menos” y en la espalda un “más” y… en seguida se convierten en cadáveres… Cadáveres…
MAXÍM. ¿A personas?
RIMMA. A personas.
MAXÍM. ¿No te da miedo?
RIMMA. Ni el más mínimo… Ni el más mínimo… Ni el más mínimo…
MAXÍM. Viejos, niños ¿también? ¡Contesta!
RIMMA. Todos tienen la misma cara.
SILENCIO.
Todos se parecen a ti. Esas personas todas tienen la misma cara. La tuya.
MAXÍM. (Permanece en silencio, bebe de la botella.) ¿Me odias, verdad? ¿Por aquel día me odias? ¿No puedes olvidar?
RIMMA. Te quiero.
MAXÍM. (pausa.) ¿Y qué es lo que te hice para que quieras matarme como un perro?
RIMMA. A la persona que quieres… Te entran ganas de matarla… Yo quería a los perros… Les libraba del sufrimiento…
MAXÍM. ¿Qué tipo de amor es ese?
Pausa.
RIMMA. Vives en un bajo.
MAXÍM. ¿Por?
RIMMA. Os he estado observando. Varias veces. A ti y a tu mujer. ¿Acaso se puede vivir así, odiándose uno a otro? Intenta volver a quererla… ¡Quiérela! Por eso eché a Nina… La encontré y la eché, la eché de tu dacha… Toma, tus llaves, que no se me olvide devolvértelas… Ahora no tendré que escribir una nota para que te las devuelvan… Y ninguna otra nota. Voy a morir sin notas… Mejor. Nada quedará después de mí. Existía y no existo. Ya está. Luego algún escritor escribirá… Si tu le hablas de mí… ¡Háblale de mí!.. Pero a esta mujer no la busques… Voló. Mariquita, vuela al cielo… Traje aquí al perro. Lo liquidé. Porque en la dacha él solo hubiera acabado congelado.
Arrojó a Maxím un manojo de llaves.
MAXÍM. (Permanece un rato en silencio.) ¿Quién te pidió que hicieras eso? (en voz baja.) Eres una hija puta. ¿Por qué metes las narices en la vida de los demás? ¿Quién te dio permiso, quién?
RIMMA. Te deseo felicidad. Felicidad. Como tienes dos “remolinos” en la cabeza… Ya está. Ya he contado todo. Ahora puedo… Dentro de media hora… No, queda un poco más. Una hora. A las 12 en punto, para que todo suceda a su hora exacta…
MAXÍM.¿Quién te dio permiso?¿Quién te dio permiso?¿Quién te dio permiso?
Llora.
RIMMA. Queda una hora… Una hora entera…
Marchan soldados y se oye rítmico retumbar de las botas en el asfalto helado.
Los soldados. Los soldados marchan… Vuelven de los baños públicos, vienen de lavarse en la víspera de las fiestas… Vuelven los soldaditos. Van a estar limpios en el año nuevo…
Se desprende de la manta, corre hacia la puerta, la abre de par en par, grita allí, a la calle, en medio de la ventisca.
¡¡¡E-e-h!!! ¡¡¡Soldados!!! ¡¡¡Feliz Año!!! ¡¡¡Feliz Año!!!
Las casas silenciosas devuelven el eco del sonido: “Feliz”…
Pasó una unidad.
SILENCIO.
Rimma tiembla de frío. Se sienta en el sofá envolviéndose en la manta. Le rechinan los dientes. Bebe de la botella.
(Susurra.) Voy a estar en un ataúd de cristal, de cristal… En un ataúd colgado con cadenas de oro. Será un ataúd como el de la fábula sobre la princesa muerta. Voy a dormir, dormir mucho, mucho tiempo… Y luego vendrá un príncipe, me besará y yo sin duda resucitaré, sin falta resucitaré… “y meciéndose en las cadenas de oro suspira diciendo: ¡cuánto tiempo dormí! Y se levanta del ataúd… Y lloran ambos… Y él la recoge en sus brazos y la lleva de la oscuridad a la luz… a la luz…” Y vamos a vivir… Entonces sí que vamos a vivir…
Bebe de la botella.
(susurra.) Lanka… mi Lanka… Te has congelado en la tierra, pobre… ¿Qué tal estás allí, Lanka?.. ¿Me esperas, Lanka?.. Voy pronto… Ya queda muy poquito, Lanka… No es fácil, Lanka… Es difícil, Lanka… Lanka, Lanka, mi Lanka… Mi Lanka…
SILENCIO.
Tú ¿qué estás haciendo aquí? Venga, vete… ¿Qué haces aquí?
MAXÍM. (llora.) ¿Por qué lo has hecho? ¿Quién te pidió que lo hicieras? ¿Quién?.
RIMMA. Vete, vete… Tu mujer espera… Tienes tu propia vida… Vete… Es Año Nuevo… La mesa está preparada… Está colocado el abeto, las lucecitas se iluminan… Tu hija te espera, la llevarás algún regalo… Vete… Vete…
Maxím está borracho. Se levanta tambaleándose. Cae, se levanta.
MAXÍM. Me espera mi mujer… La quiero… La quiero mucho… La quiero mucho, mucho… Esa se ha ido… Qué se vaya… Es lo que debe ser… Que todo eso quede en este año… Yo mismo no hubiera podido… Es lo que debe ser… ¿Para qué nos mentimos uno a otro?.. Yo quiero a mi mujer… mi mujer… la quiero… Mientes, tu no sabes nada sobre el amor, el amor no es ¡ay! ¡ay!.. el amor es costumbre. Tú nunca lo entenderás… Tú odias, no puedes querer… Matar, sí… Querer, no… No… No…
Se dirige a la salida.
Vuelvo después de las fiestas. Me llevaré otro perro. ¿Me oyes? ¡A ver si te atreves a negármelo! ¡A ver si te atreves!
RIMMA. (Se tumba en el sofá, se envuelve en la manta.) Ven… Ven el día 2… No voy a cerrar la puerta con llave… No llames… Abre la puerta, empuja y entra… Ven de madrugada… Ven…
MAXÍM. Ya está bien. Ya está bien. Ya está bien. Me voy. Me voy…
Se para junto a la puerta.
Has hecho bien… Has hecho lo que se debía hacer… Gracias… Te lo agradezco.
Abre la puerta. Vuelve sobre sus pasos.
¿Por qué me comporto como un cerdo? Eres buena. Me has quitado un peso de encima. Has cortado el nudo. Gracias. Déjame que te bese. De hermano a hermana…
Se dirige hacia el sofá.
RIMMA. (Se contrae, grita) No… No… no…. no… Más adelante… ¡¡¡El día dos!!!¡No ahora! ¡¡¡No ahora!!!
MAXÍM. ¡No seas tonta! ¡Venga!
Besa a Rimma y se dirige hacia la puerta.
Adiós. Hasta después de las fiestas… Has hecho todo bien… Adiós.
Maxím se va.
RIMMA. (Susurra.) Voy a estar tumbada como la princesa durmiente… Voy a estar dentro del ataúd de cristal, colgado de cadenas de oro. Vendrá un príncipe, me besará… Vendrá… Vendrá…
Rimma se levanta, abre la puerta negra.
Ventisca, nieve, estrellas.
Se dirige al armario.
Cae, se golpea en la sien, se tapa la sangre con la mano. Llega hasta el armario. Tira de la puerta. Encuentra en el armario un cable.
Se dirige hacia la mesa. Cae, se levanta. Vuelve a caer y vuelve a levantase. La ventisca la hace caer, el viento con nieve azota la habitación.
Lanka… Mi Lanka… Sólo quiero que estés allí conmigo… No necesito a nadie más, no necesito a nadie… Tienes que estar allí conmigo… Lanka… Mi Lanka… No me falles… Lanka…
Se enrolla el cable en la mano.
Arranca el cable de la lámpara del enchufe.
OSCURIDAD
Sólo las luces del abeto se encienden y apagan intermitentemente.
En la lejanía se oye el sonido fantasmal de un reloj marcando las 12.
***
LUZ
De repente desaparecieron las paredes.
Desapareció la habitación, el sofá, la puerta, el armario.
No hay nada.
Y detrás de las paredes, el cielo. El cielo estrellado.
Con un vestido blanco y resplandeciente camina por las estrellas IRKA LÁPTEVA.
Es ella quien murió, hace muchos años.
Es ella quien quería que yo escribiera sobre ella.
Es sobre ella sobre quien escribí esta historia.
Observé por detrás a Irka caminando.
Volvió la cabeza y me saludó, alegre y feliz, agitando la mano.
Se rió de algo y, apresurada, siguió su camino.
Junto a ella, sacando fuera su ardiente lengua roja, corre la perra Lanka de la constelación Can Mayor.
Van juntas, Irka y Lanka.
Cada vez más pequeñas…
Sólo queda de ellas un punto luminoso en el horizonte.
Como si fueran dos diminutas estrellas juntas.
Se difuminaron totalmente.
Desaparecieron.
Ya no están.
OSCURIDAD.
Final.
Junio 1990
* La despedida de la eslava = Popular marcha militar rusa
© Traducción: Estación Mir, 2006
Solicite permiso para cualquier utilización comercial del texto.