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SEGUNDO ACTO
TERCERA ESCENA
LA HABITACIÓN DE DIMA
Ha pasado una semana. El mismo piso. Por la tarde. Nada ha cambiado. El espejo está en el mismo lugar donde estaba en medio del pasillo cubierto por una tela oscura. El ganso está sentado al lado de la entrada.
Tania está en el baño, canta. Viene de fuera Ludmila que entra por el pasillo. Se quita el abrigo y lo cuelga en el perchero. Ludmila lleva un vestido nuevo.
Sin llamar, abre la puerta y entra en la habitación de Dima. Dima está limpiando el suelo.
DIMA. ¿Qué?
LUDMILA. Nada. ¿Dónde está esa?
DIMA. Allí. ¿Dónde has estado?
LUDMILA. Dónde estuve. Dónde iba a estar. Vengo de controlar a Serguei. Oye, hoy mismo la llevamos a los loqueros. Está trastornada, ¿no te has dado cuenta? Llamo ahora mismo al hospital. Y su amiguete ese travestón seguro que también se escapó de un manicomio americano. La KGB, la KGB, me tiene harta con eso de la KGB. Hoy ya he soñado que mi Serguei trabaja en la KGB, con ella aquí nosotros también acabaremos trastornados. ¿Te das cuenta? Venga, llama. Tú eres aquí el jefe. Que se lleven a esa zorra con lazos. ¿Qué hace a todas horas sentada en el trono? ¿Diarrea? ¿Estreñimiento?
DIMA. Márchate.
LUDMILA. ¡No me das miedo! ¡Mírale! ¡Un ojo hacia aquí y otro hacia Tahití! ¡Míra como la defiende! ¡Míra como friega el suelo! ¡Ahora le da al guarro por la limpieza! ¿Nos hicieron mucho bien para que ahora les defiendas? Nos tenían como putas por rastrojo, currábamos como animales para ellos, para toda la familia. ¡¿Y tú por qué les defiendes?!
DIMA. ¿Qué quieres? ¿Qué te falta?
LUDMILA. Quiero olvidarme y dormir, eso es lo que quiero. Ella y ese David en esta semana han acabado con mis nervios. Se han zampado todo, no me dejaron nada. Yo ya perdí tres mil de los míos echándoles de comer. Esta historia me está cargando. Esa no nos trajo prácticamente nada. ¡Una birria de rosa con agua que compró con tres rublos! ¡Y además la rompió y para colmo te la regaló a ti y no a mí! ¡No hay por donde cogerla! ¡Yo no estoy en un campo de trabajo obligada a alimentarles! ¡Ya no hay esclavos! ¡Nosotros hicimos la perestroika! Como dijo Lenin ¡la cocinera tiene que gobernar el Estado!
DIMA. Venga, cocinera, vete a la cocina, prepara la bazofia para tu querido.
LUDMILA. Respóndeme a la pregunta: ¿Qué hace ella en el retrete? ¿Se mama? ¿Tiene en la cisterna una botella, no? ¿o marihuana? ¿hachis? ¿Qué hace ahí?
David sale de la cocina y va por el pasillo, viste frac y pajarita. Lleva el pelo peinado para atrás y con brillantina. Ludmila da un chillido.
¡¿Que coño es eso?! ¡¿Un fantasma?!
DAVID. (pronunciando mal y con un fuerte acento americano) Buenos días. Coño es eso, coño es eso. (Sonríe.)
LUDMILA. ¡Hola, hola, caracola! ¿Qué coño hace danzando todo el día por aquí? Un carnaval, un manicomio. Necesitas un peine, lavarte la cabeza. También va flotando como ella. Cabrón aquí hay que esquilarte. ¿Entiendes? Este no entiende ni hostias.
DAVID. Okey, okey…
LUDMILA. Va de un lado para otro, ni chico ni chica, una cosa sucia. Poco a poco me va sacando de quicio. Creo que es un mangante y quiere sisarme mi oro.
DAVID. (Toca suavemente a Dima en la mejilla.) ¡Buenos días!
LUDMILA. El jodido mariconcete. Al manicomio le falta alguien. ¿Entiendes?
DAVID. Okey, okey.
LUDMILA. Okey. No entiendes una jodida palabra y nunca entrará en tu mollera el alma profunda de la gente rusa, nunca lograreis entendernos vosotros en Occidente, so cabrón. ¡Cara de castrado! Me da mucho gusto decirle a los ojos a ese hijo puta todo lo que pienso sobre su Occidente podrido. ¿Qué tal, te leyeron la cartilla nuestros chicos en la calle? ¿Ahora no te asomas? ¿Estás metido en casa? Ya lo sabes, esto no es América. (a Dima) Duerme en tu habitación, ¿no te mete mano por las noches?
David se sienta al lado del ganso. Desde el retrete aparece Tania, está escuchando.
DIMA. (Limpia el suelo. Dirigiéndose a Ludmila) ¡Vete de aquí!
LUDMILA. Estaría bien si te hubiera metido mano. Hubieras mirado lo que tiene entre las piernas. Luego nos lo hubieras contado. Simplemente, es interesante saberlo para nuestro desarrollo personal. Se afeita por la mañana, lo he visto pero me interesa saber lo que tiene en los pantalones. Es un castrado. Mamá y papá le cortaron todo lo que tenía. Tiene el careto blanco de un castrado…
TANIA. Existen palabras en Occidente que no existen en ruso. Esas palabras son “mentalidad”, “tolerancia” y otras por el estilo. Vuestra mentalidad, la de la gente rusa, es la de subnormales. No sois tolerantes. Sois unos cerdos. No se puede insultar a una persona en su cara si no entiende ni una palabra del idioma. ¡No sois tolerantes los rusos! ¡Sois unos zafios, unos paletos! ¡Fuera, largaos a vuestra aldea si no sabéis que significa “tolerancia”!
LUDMILA. (Se dirige a su habitación, en la puerta dice) Por cierto, hay que apagar la luz del baño. Es verdad que pagamos la electricidad no con dólares sino con rublos pero para nosotros aquí los rublos también son dinero. Sólo para algunos los rublos no son dinero, pero nosotros estamos orgullosos de nuestra gran patria y de que nuestros rublos sean dinero. Hay que apagar, apretar con un dedito el interruptor, aquí no tenemos criados.
TANIA. Te volviste a poner un vestido de mamá. ¿Cuántos has robado?
LUDMILA. ¡¿Tú quien eres aquí?! ¿Tienes algún papel? ¿Estás registrada en este piso? Yo si que lo estoy aunque de manera temporal. ¡En cambio tú no eres nadie! ¡Demuestra que el piso es tuyo! ¡Yo te mando al manicomio, estás trastornada! ¡Llegó aquí esa chusma pintarrajeada, chulos malolientes, América, América! ¡Me cago en tu América! ¡No podrás echarme! ¡Que te jodan!
TANIA. ¡Cierra el pico! ¡Criada! ¡Cállate! ¿Cómo te permites hablar así a la dueña?
LUDMILA. ¡Me cago en la dueña!
TANIA. ¡Estúpida!
LUDMILA. ¡Estúpida lo serás tú!
TANIA. ¡Asquerosa!
LUDMILA. ¡Eso lo serás tú!
Chillan, se lanzan una hacia otra y se enzarzan en una pelea.
Dima sentado junto al balcón en su habitación, no se mueve. David sentado al lado de la entrada, acaricia al ganso, tampoco se mueve. Grita el cuco, se oye el sonido de la sirena.
Termina la pelea, Ludmila se dirige a su habitación llorando. Tania está sentada en el suelo del pasillo, también llora.
TANIA. Qué gente con tan poca vergüenza… no pasaban del umbral de la puerta, no se oían, no se veían, nadie los conocía por su nombre pero se han vuelto descarados y ahora se creen dueños de la casa… Aquí estaba nuestro mundo, había tranquilidad, era una casa moscovita hospitalaria, limpia, rica, vivía gente educada y ahora todo se ha convertido en una cueva de ladrones. Nosotros teníamos de todo: riqueza, dinero, respeto y ahora estoy en la calle, sin nada, nadie me necesita, ellos han pisoteado mi mundo…
Se dirige a la habitación de Dima.
¿Y tú no eres capaz de defenderme? ¡Y he querido a este hombre! ¡Diez años me he pasado pensando en este animal!
DIMA. Ella tiene razón, hay que apagar la luz del retrete.
TANIA. (con ironía) Gracias. Gracias, Dima.
DIMA. Ya es hora de que te acostumbres. En una semana os habéis peleado siete veces.
TANIA. Y tú las has contado. Gracias. Así es la famosa hospitalidad rusa. ¡Mira a David! Me avergüenzo de vosotros ante él. ¡Le asustasteis, le pegasteis, le torturasteis, le pisoteasteis, aniquilasteis al pobre chico! ¡Él sueña con América!
DIMA. Qué se vuelva. Nadie le retiene.
TANIA. ¡No tenemos ni un céntimo! ¡Nos robasteis! ¡Regalé todo a los criados! ¡Les di todo mi dinero!
DIMA. Para otras cosas sí tenéis dinero.
TANIA. ¿A qué te refieres? ¡Eso es asunto mío y de David! Vuestro país es bárbaro, tenéis otra mentalidad. ¡Lo que nos metemos es algo tonificante, no hay nada malo en ello! ¡Y yo no me marcho de aquí! ¡He venido para construir una nueva vida y la construiré! ¡Si no, diréis que he perdido, que me vencisteis con vuestra vulgaridad! Me esperaste. ¡Qué va! ¡Esperabas una invitación a América, que te invitara para comprar allí ropa barata! ¡Yo os conozco a vosotros los rusos! Me esperaste ¡Qué va!
SILENCIO.
Dima está sentado junto al balcón y mira al techo.
Tania entra en el pasillo, se sienta al lado de David, pone la cabeza en sus rodillas.
Una fiera… Mira con su ojo como si te taladrara… Un monstruo, un cíclope… (Susurra). David ¿ves allí en el techo micrófonos? Es la KGB. Nos vigilan constantemente y toda esta gentuza también trabaja para ellos. Ves, el teléfono no suena en toda la semana, antes no paraba de sonar, tenía un millón de conocidos, de amigos, me llamaba gente y ¡ahora el teléfono calla! ¡Es porque en el teléfono hay micrófonos ocultos y nos escuchan! ¡¡¡Quieren que yo desaparezca, quieren matarme, pisotearme!!! ¡No me voy a rendir!
Coge el teléfono, lo tira al suelo y lo pisotea. Se oye la sirena, el cuco.
¡¡¡Ahí también hay micrófonos, también hay cámaras, también!!! ¡No se saldrán con la suya!
Coge el reloj de la pared, lo tira y le da patadas. Ludmila llora en la cama de su habitación. Dima no se mueve en su habitación. David acaricia al ganso, sonríe. Tania coge su bolso, abre la puerta del baño bruscamente y se encierra dentro. Llora.
DAVID. Crazy… crazy… (canturrea en voz baja) “Ochi chornie, ochi chornie…”
David coge un cristal del espejo roto que estaba junto a la entrada, se mira en él, se toca el moratón que tiene debajo del ojo y levanta y baja las cejas. La puerta del baño se abre. Tania se dirige a David como flotando y con una sonrisa.
TANIA. No te mires en el espejo roto David. Trae mala suerte… (Se sienta en el suelo, pone la cabeza en las rodillas de David.) David, en Moscú no hay nada de nieve. Salí a la calle pero no puedo alejarme del portal. Todo cambió tanto. En este edificio vivían los hijos de los embajadores, de los secretarios del comité central. Había un conserje. Ahora todo está sucio, lleno de vomitados y cagadas. El portal está oscuro, se metieron algunos perros, andan algunas viejecitas con sacos, las paredes están llenas de palabras obscenas, todos los pisos están ocupados por cocineras…
David acaricia la cabeza a Tania, sonríe.
DAVID. Crazy, crazy…
TANIA. (Se tumba en el suelo, sonríe.) Qué manos más agradables tienes, David… Mi tata contaba los meses con los nudillos de los dedos, enero, febrero, marzo, abril… los nudillos son los meses de 31 días y los hoyos que hay entre ellos los de 30 días… ¡Qué gracioso! David, qué importante es tener manos bonitas. Las manos y los ojos, eso es la cara de la persona. Hay manos duras llenas de pellejos con uñas cortas redondeadas y que la gente se muerde, esas son manos de asesinos, de estranguladores nerviosos. Ya en sus dedos empiezan los pelos, cortos y negros, y a veces, lo que es más asqueroso todavía, rubios o rojizos… Tantas veces he encontrado estas manos, son tan ásperas, te aprietan, no saben acariciar, tocar, ser tiernas. Casi todas las personas en el mundo tienen manos así… Tres veces en la vida he encontrado otras manos: las tuyas, las de Nikolai, el secretario de embajada y las de una persona más. Estas manos tienen dedos finos y largos, muy largos, son rosados y tienen largas las palmas y con profundos surcos y en las uñas hay pequeñas manchitas blancas… (Se ríe en voz baja.)¿Sabes que significa una manchita blanca en la uña? La tata me dijo que eso es como un regalo, dan suerte, cuando al cortar las uñas llegas a la manchita blanca, ese día te sucederá algo bueno… Yo ya desde hace muchos años no tengo manchitas blancas… Le conté eso a un yanqui y él se rió mucho y dijo que si tienes manchas blancas en las uñas es síntoma de que te falta magnesio, y nada más. Un estúpido yanqui, tenía manos cortas torpes como tablas…
DAVID. (Acaricia la cabeza a Tania, sonríe.) Crazy, crazy…
TANIA. Si no me interesan las manos de una persona, no me interesa la persona… Cuando vi sus manos y luego sus ojos no pude pensar ya en nadie más, sólo en él. Me dio su foto, la tenía en la palma de la mano y de repente, la foto empezó a desvanecerse. La cara se borró, desapareció y entonces yo me desperté. Y no pude recordar su cara pero las manos, las manos yo las veo hasta hoy mismo. Estas buenas y tiernas manos… Me gusta fijarme en las manos ajenas. Uno puede estar enfurruñado, de mal humor pero si me atraen sus manos, quiere decir que en esta persona hay algo. En el autobús, en el restaurante, en la calle miro a las manos y pienso: ¿Qué hacía esta persona con esas manos? Cogía un vaso de vino apartando el dedo meñique, cuanto más apartado más provinciano era –¡ah, esos chicos provincianos, cómo los conozco! – se lavaba el pelo con esas manos, cogía el peine, se miraba al espejo, se tocaba un grano en la frente –¡un simpático grano! –, marcaba un número de teléfono, sujetaba el auricular hablando con alguien, abría la puerta, iba por la calle con las manos en los bolsillos de sus viejos vaqueros, luego se quitaba la ropa con esas manos, se acostaba con un ser querido, abrazaba y acariciaba el cuerpo, un cuerpo tierno, el cálido cuerpo de una persona querida…
Dima sale al pasillo, se sienta a la entrada. Mira a Tania.
DIMA. Hoy tampoco fuiste al cementerio.
TANIA. Tonto, has interrumpido la canción… No, tampoco he ido hoy. Ya te he dicho que no puedo ir en metro. Aquí no tengo coche. ¡Los criados se han encabritado, nuestro viejo chofer se niega llevarme a mí, a su dueña, al cementerio! ¿Y que voy a ver ahí, mi nombre en la tumba? ¡Gracias! ¡Me han enterrado! ¡Dinero para taxi no tengo, mi viejo jardinero arrampló con el dinero! ¡El servicio se ha hecho descarado!
DIMA. Yo te desentierro el dinero ahora mismo.
TANIA. ¡Ni se te ocurra arrebatar las últimas migajas a un mendigo! ¡Yo no necesito nada!
DIMA. Te doy algo para el metro.
TANIA. Yo no soy capaz de ir en metro.
DIMA. Millones de persona van en metro cada día.
TANIA. ¡Yo no soy millones de personas! ¡Soy única! ¡Soy el ombligo del universo! ¡Soy tierna! ¡Soy un ser tierno! ¡Soy un tierno y sensible animal, una gansa! ¡Ni siquiera en América cojo el metro! ¡Esas escaleras mecánicas cuando rechinan tengo la impresión de que eso es el infierno, es la escalera que lleva del cielo al infierno donde los huesos como fósforos, como palillos, crujen, se mueven rasgando mi piel y mis tímpanos! David, dile que esos vidrios, esos trenes, esos rieles, esas baldosas, ese hedor subterráneo… dile que yo no soy capaz de soportarlo, que en seguida empiezo a morirme… Y además, Dima, allí a cada paso, la KGB, tres letras, televisores por todas partes…
DAVID. Ti-vi… ti-vi… (Se ríe.)
TANIA. No, perdona, David, no son televisores, me expresé mal, son cámaras, telecámaras, y ellos están sentados en grandes salas blancas vigilándonos a todos nosotros. Escudriñándonos como si fuéramos moscas, gusanos, insectos bajo el microscopio ¡yo no quiero ser un insecto de indias! ¡No soy capaz de ir en metro!
DIMA. Tania… Escúchame Tania… estás totalmente enferma…
TANIA. ¡Tú estás muy sano! ¡Espantapájaros descerebrado! ¡Tienes sogas en vez de nervios! ¡Qué puedes entender tú de mi delicada y sensible alma! ¡Ni se te ocurra volverme a decir que estoy enferma! ¡Tú eres un cadáver, un cadáver en descomposición! Tú mancillaste mi mundo, aquí estaba mi mundo, mi infancia y ahora solo existe muerte, este montón de papeles. De todo el mundo solo me pertenecía este trocito, el pequeño territorio de mi infancia y tú lo allanaste y lo pisoteaste con tus botas ¡botas, botas! Queréis mandarme al manicomio, ya les habéis llamado, dentro de unos momentos vendrá un coche a por mí, pero yo no me entrego viva, para que lo sepas ¡antes me tomo una pastilla o me clavo un cuchillo y me mato! ¡Sólo una tonta como yo os soportaría a todos vosotros en mi mundo! ¡A ti, a esa subnormal de Ludmila, al cretino de su marido, al idiota de la palmera, ahora os echo a todos, a dormir al metro! Vosotros vais en metro, vosotros estáis hechos a eso, os entrego a la KGB y este piso lo voy a vender a los amarillos, a los yanquis, a los teutones, a quien sea: ¡no estaréis aquí!
Agita a David cogiéndole por los hombros, lo levanta. David se ríe.
David, ¡mi querido chiquillo! Eres un hombre, diles a este nido de serpientes con toda tu autoridad: “¡Fuera, cerdos, aquí no tenéis nada que hacer, fuera! ¡¡¡Largaros de aquí!!!”.
Dima coge a Tania de las manos, la arrastra a su habitación, la empuja hasta hacerla caer al suelo.
SILENCIO.
David, ayúdame… unas manos atraviesan la pared y me tocan. David… manos por todas partes…
DIMA. Tranquilízate, tranquila, todo está bien.
TANIA. ¿Eres tú, David?
DIMA. Soy yo.
TANIA. Aquí todo está oscuro, tengo miedo.
DIMA. No temas, no pasa nada.
TANIA. Dame la mano… Qué bien… Qué calma… David, que bien que te tengo a ti… Empezaste a hablar en ruso… Sabía que ibas a hablar en ruso… Eres mi única salvación, David… Si tus manos cogen mis manos estoy tranquila…
DIMA. Tranquila, cálmate… Estoy junto a ti… Lo he decidido: nos casaremos… Te curaré, conseguiré que te pongas bien… Tengo que estarte agradecido… Me has dado muchos años de tranquilidad, muchos años de amor, y no importa que todo tuviera lugar sólo aquí, en mi propio mundo, en esta habitación, en mi cabeza. Te quiero. Empezaremos todo de nuevo, todavía no es tarde, todavía tenemos tiempo, todavía no es tarde, mi querida, mi cariño, nosotros empezaremos de nuevo…
Tania enciende el mechero, mira a la cara de Dima.
TANIA. ¿Tú quién eres?
DIMA. Soy Dima, soy tu Dima…
TANIA. Tú lo que quieres es violarme… Noto como tiemblan tus manos de deseo… Inventaste una chica bonita, durante diez años la escribiste cartas y ahora yo soy culpable de ser otra… No me toques… Manos por todas partes… me rodean las manos…
Tania se arrastra por el suelo a un rincón. Otra vez enciende el mechero. Mira al montón de papeles. Permanece en silencio.
Para que están estos papelitos en mi mundo… Quiero prenderles fuego… Quisiste violarme… (Prende fuego a las cartas.) ¡Sé que querías violarme! ¡Todos sois iguales! ¡Socorro! ¡Fuego! ¡Socorro!
Tania se levanta del suelo de un salto, corre al pasillo, se lanza hacia David, se arrima a él. Dima también se levanta, pisotea el fuego y con el chaquetón trata de apagarlo.
¡Fuego! ¡Socorro! ¡Nos quemamos!
DAVID. (Sonríe, acaricia la cabeza de Tania.) Crazy, crazy…
Las líneas de las hojas densamente escritas se retuercen y se descomponen en el fuego.
OSCURIDAD.
CUARTA ESCENA
COCINA.
El día siguiente por la noche. En el piso hay oscuridad, sólo en la cocina hay una bombilla roja que cuelga del techo. Bien arreglados, tranquilos, limpios, están alrededor de la mesa Ludmila, Tania, Serguei, Dima, David. Toman sopa. Ya no hay luces navideñas en el pasillo. No está el cuco, tampoco el ganso. Detrás de la ventana las sirenas como antes, de vez en cuando, suenan de manera estridente. En el piso todos están en calma y algo asustados.
LUDMILA. (Come sopa.). No, yo desde luego estoy encantada, Tanichka, de que la gente hable en extranjero, no en ruso pero con la condición de que lleven pantalones, pantalones, ¿entiende? Así que, David, bienvenido pero la próxima vez, con pantalones, porque nuestra mentalidad rusa no está demasiado predispuesta para la tolerancia. ¡Cuánto fumo! Es por mi nerviosismo ante vuestra partida. ¡Que se repita la visita! Nosotros seguiremos vigilando su piso. Estaremos encantados con su visita. (Come y fuma.)
Serguei tiene un ataque de hipo.
Llueve en la calle. Incluso la naturaleza llora, Tanichka, ante su partida. Coman por favor, coman que el viaje será largo.
TANIA. Perdóneme, me siento muy mal, tengo que curarme los nervios. Qué bien se está aquí, que tranquilidad, en casa, en la patria. Ninguna guerra, ninguna masacre. Un rincón tranquilo en la mitad de Rusia. Mi casa, pacífica y acogedora. Allí en América yo siempre recordaré que mi mundo es tranquilo y acogedor. Y cuando necesite huir de todos, del ruido y del fragor, vendré aquí. Aquí entre ustedes me calmaré los nervios. Ludmila, ¿que tienen aquí en la pared? siempre quise preguntárselo.
LUDMILA. Serguei y yo tenemos esta tradición familiar: pegamos las etiquetas de las botellas en las paredes.
TANIA. Bonito. Pronto toda la cocina estará cubierta hasta el techo de etiquetas.
LUDMILA. No, no somos alcohólicos, a veces, en las fiestas… no hay que hacer reformas, sirve de papel pintado. Es práctico y bonito. Cuando vienen invitados les digo con orgullo: “Todo eso lo hemos bebido Serguei y yo”. Coman… coman.
TANIA. David, a nosotros los rusos nos gustan mucho los cumpleaños. El cumpleaños y el Año Nuevo son las fiestas más celebradas del año. Dentro de unos trescientos años la gente celebrará cada día cumpleaños o años nuevos, entonces todos estarán felices. Durante algún tiempo seguirán enfadándose y luchando unos con otros pero luego todo se calmará y vendrá el gran amor a la tierra y todos serán felices. Creo que será así. Toda Rusia se convertirá en un jardín…
LUDMILA. ¿De los cerezos?
TANIA. No, ¿por qué? De manzanos. Y los rusos de todo el mundo regresarán a casa, a la patria. Porque la mejor vida y la mejor gente estará aquí en Rusia. David, para vosotros es muy importante la Navidad pero para nosotros, la fiesta de cumpleaños y el Año Nuevo. Feliz cumpleaños, Dima… Que tranquilo está todo. Me imagino que ahora se abre la puerta y entra mamá, y pregunto: “¿Mamá, qué tal estás? A mi me gusta mucho este vestido azul tuyo, te sienta muy bien… ¿Y papá está en el trabajo? Bueno… bien”.
LUDMILA. ¿Cómo todavía no ha empezado a darme la lata con los vestidos?
TANIA. ¿Qué?
LUDMILA. Coman, coman, que el viaje será largo.
TANIA. Tengo la impresión de que falta algo, no sé el qué.
LUDMILA. El cuco.
TANIA. Ah, sí. Dima, quise contarte que cuando murió la tata, ese mismo día lo sentí. Era invierno, por la noche y de repente por mi cuchitril en el tercer piso –era un sucio cuchitril– de repente vuela una mariquita. Se posó en mi mano y se quedó tranquila, sus alas vibraban. Siempre cierro las ventanas porque en Nueva York como aquí suenan las sirenas de la mañana a la noche. Y de repente aparece una mariquita. Yo en seguida pensé: es que ha muerto la tata y su alma voló hacia mí para despedirse. Su gran alma ocupó toda mi pequeña habitación y yo abrí la ventana para que saliera la mariquita y la dije: “Perdóname tata, perdóname…” Y me metí en la cama y me puse a llorar…
LUDMILA. Coman, coman…
Serguei continúa con su hipo.
TANIA. ¿David, entiendes de lo que estoy hablando?
DAVID. Okey…
LUDMILA. Entiende. Como un perro. Pero no puede hablar. Coman…
TANIA. Qué bien que he comprado un billete de ida y vuelta. Algo me decía que debía comprar este billete. Era más barato y por eso lo compré.
DAVID. Okey.
TANIA. Dima, no tengo nada que regalarte. ¿Hacemos un trueque? Me das tu chaquetón de marino con botones brillantes y yo te doy mi abrigo. Es de cuero y no tendrás frío cuando toques en el paso subterráneo… Yo me pongo tu chaquetón, llegó con él a América, me lo quito y lo cuelgo en el perchero. Por las noches lo acariciaré, abrazaré las mangas vacías, miraré al lado izquierdo donde estaba tu corazón y pensaré que hay en el mundo un hombre que me quiere y que me apetecería arrimarme a ese hombre, pero entre nosotros se interpone el océano… Arrimarme a ti, a alguien imaginado por mí, vivido en mi mundo imaginado, en el Moscú imaginado, en el país imaginado… Echo de menos el ganso. Voló. Para que no se me olvide aquí está la llave del piso, toma, Dima, yo ya no la necesitaré. Pobre ganso, vuela por encima de los mares, de los océanos, hacia los países cálidos. Los pájaros marchan en invierno allí donde hace calor. (Canturrea:) “Vuelan los pájaros otoñales en la lejanía azul del cielo pero yo me quedo contigo…” De repente me han venido a la cabeza unos versos escolares… “Pero yo me quedo contigo”…
LUDMILA. ¡Sí, sí! “¡Pero yo me quedo contigo, mi querida tierra! ¡No necesito la costa turca! ¡La tierra ajena, no la necesito!” (Llora.) ¡Perdónenos pobre Tania, perdónenos!
TANIA. Perdonar ¿por qué?
LUDMILA. Porque sí, perdónenos…
TANIA. (Sonríe.) Si es porque sí, de acuerdo, perdono. Y vosotros a mí. Voy a recordar esta ciudad como un inmenso piso compartido, sin calles ni avenidas, un inmenso piso compartido. Donde vive el ganso, un cuco en la pared, centellean los adornos de navidad, las paredes están cubiertas por etiquetas de vodka; en esta ciudad no paran de sonar las sirenas porque la ciudad está abrasada por incendios, todos mueren a cada segundo, todos tienen ataques y convulsiones y en este inmenso manicomio un loco está encima de una montaña de cartas. El loco tiene un solo ojo, lleva un chaquetón marino con botones brillantes y está tocando la polonesa de Oguinsky “La despedida de la patria”… Perdonadme. Voy a despedirme de las habitaciones.
LUDMILA. Iván vendrá tarde. Coma, Tanichka, aquí hay hidratos de carbono, proteínas, grasas…
TANIA. Luzmila, usted no parece una persona que se preocupe mucho por su salud, yo sí que tengo que preocuparme por ella. Viajar para una semanita a las Bahamas, descansar, curarme los nervios…
LUDMILA. Yo le despediré por usted. Le doy un beso de su parte. Le diré que es su beso. También la beso a usted y le diré que es el beso de Iván. Lástima que me precipitara, llamé al taxi para las nueve, hubiera podido ser algo más tarde…
TANIA. Sí, sí, a las Bahamas. Palmeras, sol, gente guapa, despreocupada… Si me patria hubiera sido las islas Bahamas yo hubiera sido bahámica y mi padre hubiera sido bahámico. Hubiera pasado media vida sentada debajo de una palmera con una vela en las manos. Hubiera comido sólo plátanos y bebido sólo zumo de piña… Voy a despedirme de las habitaciones, me pongo el chaquetón…
LUDMILA. Claro, vaya.
Tania sale al pasillo. Entra en la habitación de Iván, se queda en medio mirando las paredes.
Come, come querido David. No te atragantes. Fíjate como toma nuestra sopa rusa el alemán.
DAVID. Tomo por el culo. Okey.
LUDMILA. (dirigiéndose a Serguei) ¿Fuiste tú quien le enseñaste eso? Muy bonito, Serguei, que se marche con ilustración. Cosas buenas no se aprenden en Moscú pero lo malo en seguida se pega.
TANIA. (Va por la habitación de Iván.) “Buenas noches, buenas noches, mis amigos…” (llama en voz baja) ¡Dima! ¡Ven aquí un momento!
Dima se dirige al pasillo, se para en la puerta de la habitación de Ivan.
LA HABITACIÓN DE IVÁN
Dima, me asusto tanto cuando por la calle pasan coches con sirena. Siempre pienso que viene una ambulancia para llevarme al manicomio por órdenes de la KGB. Dímelo sinceramente a la cara, ¿ella llamó de verdad a un taxi?
DIMA. Sí.
TANIA. Mientes. ¿Queréis mandarme al manicomio?
DIMA. Estás trastornada.
TANIA. (Pausa.) Dame un cigarrillo…
DIMA. Toma el paquete. Como recuerdo.
TANIA. (Coge el paquete, lo manosea, se sienta en el suelo debajo de la palmera.) El paquete con la cifra 14… Es acogedor estar aquí. Él se sienta aquí y sueña… Mira, ahora veo en esta pared una imagen; siempre me persiguen imágenes. Aparece poco a poco y luego igual de lentamente se desvanece empapando mi piel, mi conciencia, mi corazón y yo la veo completa, absolutamente clara, con todos los colores y todos los sonidos… Luego aparece otra, bonita, algo cursi pero bonita, algo de esta imagen he visto en sueños, algo he visto en la realidad… Miro tu cinta negra en el ojo y de repente recuerdo una cinta negra de bigotes de un comerciante de una calle en Oriente. Voy por la calle con pantalones cortos, con un bolso rojo al hombro y a mi encuentro corren cuatro niños, van vestidos con un traje negro de lino, me ven, asombrados miran mi piel blanca, y de asombro, sus ojos se agrandan como bolas de Navidad. Uno de ellos me mira intensamente con sus negros ojos, ese pequeño niño, y en ese instante, de pronto, me parece que yo no soy yo sino ese niño y que en alguna parte de esta calle hay una grieta, no, no es grieta sino un pequeño callejón que lleva a mi casa, a mi mundo, a mi vida. Hay una pequeña puerta de latón y madera y detrás de esta puerta vive mi mamá, mis hermanos y hermanas, vivo yo, y voy corriendo a casa, abro la crujiente puerta y allí, en un rincón, están amontonados, sucios y cubiertos de polvo, mis viejos juguetes artesanales; es mi polvoriento y espinoso mundo. Mi madre está junto al fuego en medio de la habitación preparando la cena, me voy al rincón, cojo unos juguetes y espero la cena, tengo hambre, manoseo una muñeca de trapo. Sé que pronto, de su tiendecilla, viene mi padre. Su tiendecilla está frente a nuestra casa. Padre está allí, contando el dinero y frunciendo el ceño. Junto a la tienda, en una bandeja de hierro o algo parecido hay brasas y un sucio artesano da golpes con un martillo para hacer adornos de metal: unos largos pendientes orientales o unos brazaletes poco sofisticados, y el sudor recorre su rostro; está pensando en su casa, en que el día ha terminado y empieza el crepúsculo gris, que él termina el adorno, que se lo da a los niños y estos van a venderlo a los estúpidos turistas… (Pausa.) Lo cuento durante mucho tiempo pero esta imagen, como tantas otras, pasa por mí en un segundo. Veo todo, incluso puedo tocarlo, hasta tal punto todo está vivo… Y así cualquier detalle puede provocarme unas imágenes como esas… Dima, tu tienes unas manos muy bonitas, hace tiempo que quería decírtelo, hace mucho, mucho tiempo. Las miro y pienso que tú tocas el violín en el subsuelo, en los pasos subterráneos de la ciudad. En seguida recuerdo como una vez me encontré en el metro, –odio el metro pero una vez me encontré en él– cómo ocurrió no lo sé, pero estoy allí. Encima de mi baldosas de mármol, se oye el trombón, pienso que ya estoy en el paraíso pero entonces ¿por qué alrededor de mi veo el infierno? ¿Por qué el metro? Tocaban el trombón y pensaba que eran ángeles, arcángeles, pero resulta que era el sonido de “Tulipanes de Ámsterdam”. ¿Recuerdas? (canturrea) Ta-ri-ro-ri-ro-rá… Miro a un lado y a otro: ¿Por qué estoy aquí? ¿Dónde está el trombón? Y resulta que es un músico negro, muy tarde por la noche, llama la atención de la gente, pide una limosna. O igual toca porque no tiene donde ensayar y no quiere para nada nuestra limosna. Es él quien nos da una limosna, su música, y gotas de sudor recorren su negra y brillante frente, se deslizan por sus orejas, luego van a los surcos de los labios y caen en el cuello de la ajada camisa blanca, está totalmente mojada. El pobre no tiene donde tocar, no tiene casa, sólo tiene su trombón y una bolsa negra que está abierta junto a sus manos, la bolsa pide limosna para sí, no para su dueño: él no necesita nada, está en el paraíso. Sólo necesita aire, aspirar y respirar aire, para que nazca la música. Este pasaje en el metro no es su mundo, su mundo es la música: de ella están hechos los edificios, las calles, está cosido el cielo, está moldeado el sol, de la música están hechos los hombres, para él ellos cantan no hablan… Un trombón en el metro pulido hasta que brilla, nadie, sólo las ratas, las descaradas ratas, en la oscuridad corren y escuchan la música… Perdóname Dima, soy culpable, pasé de largo de ti, pensaba que todo era broma, no creía que fuera verdad, ahora no me quieres, sólo me compadeces, bueno, vale, sabré allí en América que alguien me recuerda y me compadece…
Iván entra en el piso y luego en su habitación.
IVÁN. Buenas noches.
TANIA. Ah, perdone Iván… Entré aquí en su habitación, le molesté… Quería despedirme. Perdone y adiós. Adiós. Es usted una persona simpática.
En silencio, mira a Iván. Iván baja los ojos, se pone nervioso.
IVÁN. Pero, qué es eso… Como en un entierro… Como con los muertos… Pero qué ocurre… Usted no es ajena en esta fiesta de la vida, usted no es ajena… Espere…
Se lanza hacia el tiesto donde está la palmera, busca allí, saca una lata, el dinero. Se lo tiende a Tania.
Tome. Tome Tatiana Danilovna… es para usted. Lo necesitará usted allí más. Tome, tome, yo no lo necesito…
Tania confusa sujeta el dinero en sus manos.
TANIA. Te lo agradezco Iván… Pero tú mismo lo necesitas, toma…
IVÁN. (Agita asustado las manos.) ¡Lo que me faltaba! ¡Para qué voy a necesitarlo! ¡No soy ni Johan ni Abraham, ni Barenboim! Tú lo necesitas. Toma. ¡Toma!
Se pone a llorar, besa a Tania, se sienta bajo la palmera. Tania permanece en silencio.
TANIA. Estos rusos son imprevisibles. Ya no estaba acostumbrada. No sé ni que decir. De repente el odio, luego el amor, luego no se sabe qué… Gracias, Iván. Eres una buena persona. Gracias.
IVÁN. (Llora.) ¡Iros, iros! ¡Ya estoy llorando, iros! Tú lo necesitas más. Tú, eso, vive. ¡No tendrás una vida fácil allí, en América! ¡Nosotros aquí nos apañamos! ¡Iros los dos!
TANIA. Adiós, Iván. (Mira atentamente la habitación.) Gracias. Durante toda mi vida he dependido de la bondad de la primera persona que aparecía en el camino… De la primera persona que aparecía en el camino… Me parece que he leído eso en alguna parte… Adiós.
Sale al pasillo. Coge el chaquetón del perchero. Lentamente, como si se pusiera la piel de alguien, se viste con él. No dice nada. Se sienta encima de la maleta. Dima está junto a la puerta de la habitación de Iván, apoya la cabeza en la puerta y fuma.
EL PASILLO.
TANIA. Adiós, adiós, adiós… Adiós-adiós-adiós… Adiós, adiós, adiós… “Moscú, cuánto dice esta palabra al corazón ruso, cuánto reverbera en ella…” Adiós, adiós, adiós… “El enemigo nunca logrará que agaches la cabeza, mi querida capital, mi Moscú dorada…” Adiós, adiós, adiós…
Desde la cocina vienen Ludmila y Serguei. Se paran y miran a Tania.
David está en la cocina comiendo.
(Susurra). Adiós, adiós, adiós… Adiós-adiós-adiós… Buenas noches mis amigos.
Se levanta de la maleta, abre cautelosamente la puerta de la habitación de Dima. Entra en la oscuridad, se para en medio de la habitación.
LA HABITACÓN DE DIMA.
La tata está sentada en una silla junto a la ventana haciendo punto. Levanta la cabeza, mira a Tania por encima de las gafas, le dirige una sonrisa. Está callada esperando.
Adiós tata… adiós. (canturrea en voz baja una canción de campamento infantil) “Encrespad hogueras en las azules noches, somos pioneros, hijos de obreros, se acerca una era de luminosos años…” (Pausa.) Adiós.
Sale al pasillo, se dirige a la habitación de Ludmila y Serguei.
(susurra) “Uno, dos, tres… te toca a ti…”
LA HABITACIÓN DE LUDMILA Y SERGUÉI.
El padre y la madre están sentados en diferentes rincones de la habitación oscura. Miran sonriendo a Tania.
Adiós mamá, adiós papá. (Pausa.) Buenas noches… mis amigos.
Sale al pasillo cerrando cautelosamente la puerta tras de sí.
EL PASILLO.
Se sienta encima de la maleta. Sonríe y mira a Serguei, Ludmila y Dima.
Bueno, ya está. Me he despedido. Adiós a todos.
LUDMILA. (Llora.) Hasta la próxima, cariño, hasta la próxima.
TANIA. Esperamos el taxi. Viene pronto. Dima, no me olvides. Yo no te voy a olvidar. Ven a América a verme si quieres. Si tienes tiempo libre. Sé que tienes mucho trabajo, cada día en el subsuelo, en el paso subterráneo tocas la polonesa de Oguinsky… Puede ser que un día vuelva y tú vas a tocar el violín y yo al lado voy a bailar un cisne… (Se ríe.) Igual alguien tendrá compasión de nosotros, payasos, y nos echa una limosna… (en voz alta) ¡David! ¡Ya es la hora!
Desde la cocina viene David, coge un trozo del espejo, se mira y se pinta los labios. Se sienta en el suelo junto a la maleta y reposa la cabeza en las rodillas de Tania. Parece un perro al lado de sus pies.
Tania acerca a David hacia sí, sonríe.
Sale Iván de su habitación.
Todos miran a Tania y a David. No dicen nada.
¡Querido David! ¡Mi chico! ¡Mi tesoro! ¡Cómo te quiero! ¿A casa, David? ¿A casa? A casa… A casa… Adiós. Nosotros nos vamos a casa.
DAVID. (Sonríe y mira a Tania buscando su aprobación.) A casa… a ca-sa… adiós, adiós.
IVÁN. Pobre… Tan lejos… Y para qué…
SERGUEI. Hasta la vista.
DIMA. Adiós.
LUDMILA. (Se seca las lágrimas.) No pasa nada… Pronto llegará el taxi… No os preocupéis… todo se arreglará… todo irá bien… Si aquí no fuera bien nos iremos más allá del Baikal, donde está mi hija, ahí dicen que la aorta es diferente… Nada, sobreviviremos. No nos hundiremos…
Tania está sentada encima de la maleta, con la espalda recta, con David a sus pies.
La oscuridad se hace más densa. Suena una sirena tras la ventana.
De las habitaciones salen la tata, el padre, la madre, miran a Tania.
Detrás de la ventana, más alto que el sonido de la sirena, suena una orquesta de instrumentos de viento interpretando, de una manera festiva pero algo triste, una marcha basada en la polonesa de Oguinsky.
OSCURIDAD.
Telón.
Febrero de 1993, Hamburgo
© Traducción: Estación Mir, 2006
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