logo Estacion Mir

Начало
Культура
История
Путешествия
Переводы
Книги

Entrada
Cultura
Historia
Viajes
Traducciones
Libros

 

 

 

Para los españoles sobre Rusia, para los rusos sobre España

En el año 2007 Cristian ganó en España el primer premio en un concurso de redacción entre gente que estudia el idioma ruso. El resultado fue este viaje de una semana a Moscú.

 

Diario de un privilegiado

por Cristian Mediavilla

13 diciembre 2007

Todo un día de viaje. El día ha sido un viaje. Todo viaje. Todo el día. ¡Qué agotamiento!

Cristian en la Exposición VDNJ en Moscú


Afortunadamente todo ha ido bien. El metro hasta el aeropuerto, la facturación, la espera, el desayuno… El vuelo a Moscú se me ha hecho largo pero lo he aprovechado reestudiando palabras y giros idiomáticos que apunté en una libreta durante mi último año de carrera.


Al llegar a Moscú me he encontrado todo con el aire de cansancio de última hora de la tarde. Indulgente con los viajeros que van llegando. Sin la más mínima señal de provocar al viajero con sus tradicionales e insidiosas paradas para registrar todo lo que trae consigo antes de dejarle pasar.


Me encuentro, a juzgar por las caras de la gente, tan cansado como ellos al volver a casa después del trabajo, agotados del insoportable tráfico. Yo, hipocondríaco en ocasiones, me alegro de no haberme encontrado ninguna de las dificultades que esperaba en el camino. Y me alegro porque veo que debería romper las barreras psicológicas que me aumentan las pulsaciones y me crean un malvivir temporal sin razón. He de superar las dificultades y hacerlas nimias y resolubles. Falta de práctica. Hace tiempo que no viajo solo: llamar a España y pelearme con los códigos de teléfono que no consigo acertar a marcar; el hambre que tengo por haber llegado tarde a la cena, que supuestamente me correspondía a las siete de la tarde de acuerdo con el programa organizado por la empresa turística por excelencia en toda Rusia, pero que no parece tener demasiado efecto en los empleados del restaurante del céntrico hotel Pekín. Gracias a mis escasas dotes de negociación que he adquirido con los años en contacto con los eslavo-orientales, les conseguí una manzana. Sí, formaba parte del grupo… debí haber llegado tres horas y media antes, pero los atascos ya se sabe, todo es comprensible pero no se han dignado a trabajar más por un ingenuo extranjero con cara de no haber comido en un mes. Les he dicho que era tarde, que tenía hambre y ésta me hace regurgitar el estómago… En fin, una manzana es todo lo que he recibido y probablemente sea la única fruta que vea por aquí. Y ahora he de escribir algo pero no sé si es el hambre o es el diario éste que no sabe qué contar…


Aprovecho para estrenarme con mi cámara digital y grabar todo lo que se me antoja: el pasillo, la cara del guarda de seguridad que me mira con recelo, el ascensor sin el botón “0” que te lleva a la primera planta, el largo pasillo que se asemeja a aquellos que salen en los sueños a cuyo final nunca parecemos poder llegar por mucho que corramos (ahora estoy tan agotado que siento que mi número no va a llegar nunca); la habitación que no tiene nada de china (en las fotos de publicidad que vi en internet salía una habitación amueblada al estilo oriental, con el colchón en el suelo y las puertas correderas como si de ellas fuera a aparecer una del servicio en kimono para ofrecerme un té) pero sí que  tiene televisión y nevera que para el caso me vale. Aquí en la intimidad grabo todo y cuento lo que veo, hablando solo como un idiota, pero, eso sí, un idiota feliz, privilegiado y con suerte. Se huele la intimidad, y tras dejar la cámara y notar que nadie irrumpe en la tardía soledad de la noche, me preparo un baño caliente y me despojo de todo lo que llevo para sumergirme bajo el agua, en el silencio metálico de la bañera que  poco a poco se va llenando de espuma.


Y ¿es esto realmente Moscú? No. Moscú es una gran ciudad que me espera estos días para sorprenderme. O al menos eso espero. Espero y pienso, metido en la cama oyendo la televisión que suena de fondo, en lo que me contaba Evgueny, el conductor del monovolumen en el que he venido hasta aquí.


El conductor que me ha traído hasta el hotel, parece vivir con los ojos cerrados. No sabe nada de nada. Vive en su pequeña bola de cristal. Trabaja, le pagan, sobrevive...


Recuerdo la primera vez que entablé una conversación con un ruso, el siglo pasado, allá por el noventa y dos, y me sentí el hombre más inútil de la historia de la humanidad al darme cuenta de que era incapaz de responderle a todo tipo de preguntas como: ¿Cuánto cuesta un kilo de carne? o ¿cuál es el sueldo medio en mi país? u otra serie de cosas de lógico interés para un visitante que se las veía y se las deseaba para salir adelante en su país y por lo tanto sabía lo que costaba la vida. Luego se percató de que yo no era más que un niñato que no había salido aún del cascarón. Tras todo este tiempo me sorprende que un hombre, supuestamente curtido, como este conductor no tenga ni la menor idea de todas aquellas cuestiones que en su día me hizo mi ruso amigo.


Pero este tal Evgueni  parece no saber ni cómo ni porqué. Me responde vagamente:  "¿Quién sabe? Mejor tirar pa´lante y no meterse donde a uno no le llaman…es mi señora la que hace la compra, así que yo… ¿la mejor cerveza?, a saber…

¿Acaso hay muchos como este?


Por alguna extraña razón sigo oyendo en mi cabeza el pesado ruido de los coches que circulan por Moscú y que constantemente se topan con atascos, atascos y más atascos. Pero desde mi ventana solo veo un aparcamiento interior donde todo parece estar en quietud bajo la nieve que lleva un rato cayendo suavemente. Me estaré volviendo loco. Mañana será otro día.

1 2 3 4