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Para los españoles sobre Rusia, para los rusos sobre España

fecha: 14/10/2008

Kiev y Odesa en verano

El nombre de Ucrania proviene de la palabra “extremo” en relación con Rusia, con lo que sería algo parecido a “extremadura”. Sin embargo siempre ha sido un cruce de civilizaciones y su historia se deriva de ese carácter. Por un lado es considerada como la cuna de Rusia a la que estuvo unido una buena parte de su territorio a lo largo de los siglos. En la Ucrania oriental se habla ruso e incluso parte de su población es de esta nacionalidad. Por otro lado, la zona occidental históricamente ha estado más unida a Europa central y formó parte de Polonia, Lituania e incluso durante un tiempo del efímero Imperio Austro-Húngaro. En esta parte se habla el idioma ucraniano y es donde existe un sentimiento de nación más arraigado.

Un caso peculiar es la península de Crimea que perteneció históricamente a Rusia y Jrushchov decidió en 1954 asignarla a Ucrania cuando ambos países formaban parte de la Unión Soviética. Otra característica de esta zona es la existencia de una minoría tártara. Actualmente es zona de controversia entre Ucrania y Rusia entre otras cosas por la existencia en la actual Crimea de soberania ucraniana de una base de la flota rusa en régimen de alquiler en la ciudad de Sebastopol.

Monumento de Bogdan Jmelnitski y el conjunto eclesiástico de Sofía

Cuando existía la Unión Soviética había tres ciudades que siempre estaban presentes en los circuitos turísticos españoles: Moscú, San Petersburgo y Kiev. Desde que Ucrania se independizó en 1991 con motivo de la descomposición de la Unión Soviética, parece que esta última ciudad, hoy capital de Ucrania, ha desaparecido de estos circuitos. De hecho excepto algunos turistas americanos descendientes o parientes de la diáspora ucraniana en América, no se veían por Kiev demasiados turistas occidentales y cosa insólita últimamente ante la fiebre viajera de nuestro país, tampoco se veía ningún español. Sin embargo la entrada en Ucrania es mucho más fácil que por ejemplo en la vecina Rusia donde se exige una invitación o entrar obligatoriamente formando parte de un viaje organizado, además de sacar el correspondiente visado. En Ucrania, han adoptado otra política, se puede entrar libremente en el país y no se exige ese visado lo cuál es de agradecer. Como contrapartida hay una carencia de infraestructura turística, los pocos hoteles que hay son caros y la alternativa son alojamientos poco preparados para las comodidades a las que está acostumbrado el turista occidental. En uno de los periódicos de Kiev se quejaban de esto comentando con preocupación ante las escasas visitas recibidas este año que resultaba más barato visitar España que Ucrania.

En mi caso tuve la ventaja de contar con un contacto en Kiev. La llegada al país fue a principios del mes de agosto y el intenso calor fue uno de los protagonistas de toda la estancia. Como suele ser habitual una de las maletas no apareció en el aeropuerto. Un triste consuelo fue que lo mismo le ocurrió a la mitad de los pasajeros del avión de Alitalia que me condujo a la capital, circunstancia que quizá se pudiera achacar a la crisis por la que atravesaba la compañía italiana. Afortunadamente días después apareció la maleta sin más consecuencias que un candado roto.

Las dos almas de Ucrania, la europea en la zona occidental y la rusa en la zona oriental tienen como frontera el río Dnieper. Y Kiev, situada a las orillas de este río, se puede considerar el crisol de estas dos almas. Se habla casi al 50% los dos idiomas, el ucraniano y el ruso y también hay prensa y televisión en las dos lenguas. Para entendernos, el ucraniano es al ruso como el catalán es al castellano, son dos idiomas de origen eslavo emparentados y con muchos términos y estructuras comunes. Como ocurre en Cataluña conviven los dos idiomas sin muchos problemas aunque tanto en la enseñanza como en la administración el ucraniano, el idioma del nuevo país independiente, es el que tiene prioridad. Estando en Kiev cuando se desató la guerra este verano entre Georgia y Rusia se apreciaban dos visiones diferentes del conflicto entre la población, la nacionalista alineada desde el principio con Georgia y la que podríamos llamar paneslavista apoyando la postura rusa. Esto se reflejaba sobre todo en los medios de comunicación ya que no se notaba en las calles ningún tipo de tensión política y la gran mayoría optaba simplemente por buscar los medios de escapar a la ola de calor.

La moneda del país es la grivna, al principio del viaje daban 7,80 grivnas por un euro mientras que al final nuestra presuntamente fuerte divisa fue depreciándose hasta las 6,50 grivnas.

Kiev como capital de Ucrania, del mismo modo que Moscú para Rusia, es el escaparate del país y es donde se acumula gran parte del dinero. En las grandes avenidas están presentes, como en cualquier capital europea, las grandes firmas comerciales de carácter internacional. Una cosa que llama la atención es la presencia de un gran número de vehículos todo terreno 4x4, la mayoría de color negro, que se hacen notar de forma ostentosa ocupando las aceras. Da la impresión que una parte de la población ha hecho rápidamente la transición del socialismo al consumismo y asume sin complejos el reto no tanto de ser ricos, como de mostrar su riqueza a los demás. A pesar de esta invasión consumista que se aprecia también, como en otras ciudades del antiguo bloque del Este, en la toma de los espacios públicos por la publicidad, Kiev es una ciudad labrada por siglos de historia. Como ciudad antigua conserva un fuerte carácter propio que se puede apreciar en sus plazas y en sus parques llenos de estatuas conmemorativas. Visita obligada para cualquier viajero es el complejo eclesiástico de Sofia, situado en el primitivo núcleo de la ciudad, con sus antiguas iglesias ortodoxas en las que se puede contemplar iconos del siglo XI.

Una calle de Kiev

“Padol” (falda de montaña en ruso) donde viví durante una semana con una familia, es un barrio tranquilo de edificios antiguos donde el silencio sólo se rompe por el estruendo que produce el paso de ruidosos tranvías por sus calles. Fue en tiempos un barrio judío y posteriormente se convirtió en un barrio de artesanos, ahora en proceso de remodelación se está convirtiendo en el barrio de moda. Para llegar al centro desde este barrio hay que atravesar la llamada Cuesta de San Andrés, una calle peatonal adoquinada digna de ser recorrida donde se aloja una especie de rastro permanente con numerosos puestos de ropa, recuerdos y pinturas.

La excelente cerveza del país y el kvas: una bebida muy refrescante parecida al agua de cebada considerada como la bebida nacional, resultaron vitales para combatir el calor en las caminatas por las numerosas plazas y parques de la ciudad. Hasta caí en la tentación, como muchos habitantes de Kiev, de bañarme en las aguas no demasiado cristalinas del Dniéper, un río que deja a nuestro río más caudaloso, el Ebro, relegado a la categoría de pequeño afluente.

Tras una semana en la capital llegó la hora de partir a Odesa, una ciudad situada a las orillas del mar Negro, famosa por su gran puerto comercial. En el trayecto en autobús, se atraviesa un paisaje de interminables llanuras con campos de trigo y me acordé de aquel dicho que definía a Ucrania como el granero de Rusia. El titular de uno de los periódicos de la capital corroboraba este aserto, hablando de que faltaban lugares para almacenar la excelente cosecha de trigo del año. Odesa, a orillas del mar Negro tiene algo que la asemeja a Barcelona. No solo es el puerto comercial sino el ambiente cosmopolita y un calor húmedo y pegajoso característico de las ciudades costeras. Posee un atractivo aunque poco cuidado centro histórico. Parece que el dinero que fluye por la capital llega con cuentagotas a Odesa. Un dato curioso es que uno de sus fundadores a finales del siglo XVIII fue José de Ribas, un general ruso de origen catalán nacido en Nápoles, la calle principal de la ciudad, “Deribásovskaya”, lleva su nombre. Durante siglos esta ciudad fue considerada como la ciudad judía rusa por excelencia ya que a principios del siglo XX los judios representaban aproximadamente un tercio de la población. Una proporción que tras los diversos progroms, las matanzas que provocó la invasión alemana y la posterior emigración a Israel en la época de la perestroika, ha disminuido mucho en nuestros días. Odesa estaba considerada en la Unión Soviética como la capital del humor, el espíritu festivo de los odesitas está reflejado en los Cuentos de Odesa del escritor nativo Issac Bábel en los que da su visión de una población en la que convivían judios y rusos compuesta por artesanos y pequeños delincuentes habituada a la picaresca para sobrevivir.

El Teatro de öpera de Odesa

El lugar donde se puede respirar el espíritu comercial de la ciudad es un gran mercado situado en el centro de la ciudad llamado “Privoz”, término derivado del verbo ruso “traer”. La ciudad es agradable para pasear, pero para moverse fuera del centro hay que sufrir los atestados medios de transporte, a caballo entre el autobus y el taxi colectivo, denominados “marshrutkas”, convertidos en verdaderas saunas en verano, incómodos pero imprescindibles para moverse por una ciudad que se alarga a orillas del Mar Negro. La zona costera, considerado un centro de turismo interior en la época soviética, carece de comodidades pero en cambio se puede vivir algo parecido al ambiente que se respira en las ciudades de Marruecos, una vida diferente en la que las cosas y los lugares son precarias y donde se improvisa continuamente. Los alojamientos son pequeñas habitaciones que se pueden alquilar en una mezcla de granjas y dachas precariamente construidas con varios niveles a las orillas del mar. Allí se alojan sobre todo rusos o ucranianos de la capital que quieren pasar unos días de descanso en el mar más cercano. La cocina y el comedor de estos lugares es común y los servicios, tanto el baño como la ducha, bastante primitivos. Junto a las habitaciones hay corrales con gallinas y conejos así como pequeños huertos de hortalizas y frutas.

Una playa en Odesa

El Mar Negro y su entorno costero resulta familiar y se asemeja, tanto por la temperatura como por el paisaje, al mediterráneo. Un aspecto que me pareció chocante es la suciedad acumulada que se podía apreciar en las playas y la aparente indiferencia de los bañistas ante ella. Parece que no hay dinero o instituciones que se ocupen de recoger la basura y lo que, en teoría es de todos, se convierte aquí en algo de lo que nadie se preocupa. ¿Una herencia de cuando todo era colectivo o por el contrario algo derivado del reciente proceso de privatización?

Pese a todas las incomodidades propias de un país en el que el turismo aún no se ha convertido en un negocio, la inmersión de quince días en Kiev y Odesa sometido a los rigores del estío, resultó una experiencia estimulante y enriquecedora.

Jose Mª Cañadas