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Notas de invierno
Registro
Se sabe que un español que llega a Rusia invitado por un particular, debe registrarse al llegar allí (a pesar de que nuestros parientes y amigos rusos que vienen a España, no necesitan hacerlo). Siempre es un momento poco agradable porque tienes que hacer primero una cola en la misma oficina que se dedica al registro (previamente pasando por allí para ver su horario) y otra en la caja, siempre rebosante de gente, para pagar el impuesto. Y he aquí que recibí una noticia: una amiga me dijo que ahora era posible registrarse en… las oficinas de correos y que ella misma ya había estrenado (en la ciudad de Tver) este nuevo método y había quedado satisfecha. Vale, me alegré de saberlo, vamos a registrarnos a correos…
Me surgió otra duda: ¿en qué ciudad tiene que registrarse mi compañero de viaje español, si la invitación viene de Yekaterinburg pero en un primer momento nos dirigíamos a San Petersburgo (coloquialmente, Piter)? Es que la regla es la siguiente: tienes que registrarte en los tres primeros días laborales allí donde te han invitado. En nuestro caso, eso suponía una contradicción. Llamé al consulado ruso en Madrid y me contestaron, muy seguros, que hay que registrarse en cada ciudad. Pero en momento de recibir el visado, el empleado del consulado nos aconsejó que preguntáramos en el control de pasaporte al llegar al aeropuerto de Sheremetievo en Moscú. Allí nos dijeron que había que registrarse sólo una vez.
En Piter nos dirigimos a la oficina de correos más cercana a nuestra casa. Entramos y en seguida nos pareció que “algo olía a podrido”. Estaba lleno de gente de la tercera edad, con caras hoscas y desconfiadas, que habían acudido allí a por su pensión que reciben por correo. A nosotros, al resultar un elemento heterogéneo con intenciones evidentemente distintas, nos permitieron acercarnos a la ventanilla. A nuestra pregunta sobre el registro, la empleada respondió con desgana que no disponía de formularios. Nos asombramos de que el fatal obstáculo (aunque ya habíamos esperado obstáculos) resultara ser tan primitivo como una simple ausencia de formularios. Pero cuando una mujer que, a nuestra estela, se acercó a la ventanilla para comprar sobres recibió la respuesta que tampoco había, ya dejamos de asombrarnos. Partimos en busca de otra oficina de correos. La que encontramos se diferenciaba radicalmente de la primera. No había tanta gente presente, en cambio, había mesas con expositores, y en estos, los modelos de formularios rellenados, en particular, el que nos correspondía. Pero la empleada, al escuchar nuestra historia, nos dijo que no hiciéramos cosas raras y que nos registrásemos en Yekaterinburg. “¿Y si nos para policía?”, la pregunté. Se asomó desde la ventanilla con el fin de valorar la apariencia del “ciudadano español” (todos sabemos según qué criterios) y sentenció: “Pues se lo explicáis”. Con esto nos tranquilizamos hasta Yekaterinburg.
En Yekaterinburg tenemos una oficina de correos junto a nuestra casa, y pensé que allí todo sería fácil. Sin embargo, resultó que todo se había transformado en nuestras oficinas de correos, antes había mostradores detrás de los cuáles se encontraban unas mujeres bastante atentas y agradables, ahora los mostradores se han trocado en tabiques con pequeñas ventanillas con cristal. El estado de ánimo del personal también ha cambiado. Una chica enfadada por alguna razón desconocida, nos dijo a regañadientes que allí no se prestaba ese servicio y que no sabía el lugar donde se atendían esas cuestiones, “sólo puedo hablar de los asuntos de mi oficina”. Nos fuimos a la central de correos. Cómo buscábamos la ventanilla correspondiente, como atravesábamos las muchedumbres irritadas justificándonos con timidez que “sólo queremos preguntar”, cómo se asombraban las empleadas al oír por primera vez en su vida que “parece que aquí en correos se puede registrar la llegada del extranjero”, tardaría demasiado en describirlo. Cómo dimos al final con el mostrador (detrás de cual no había nadie) y en vano intentamos encontrar a alguien relacionado con él; cómo, por casualidad pura, topamos con una funcionaria que nos explicó que aquel mostrador funciona sólo los jueves y seguimos a su consejo “salir a la calle y entrar en otra puerta” para comprar, por dos rublos, la fotocopia del formulario; cómo, después de una serie de las escenas pintorescas, exigimos la hoja de reclamaciones y nos la arrojaron con las palabras “por lo visto no tenéis nada que hacer, en cambio, aquí estamos trabajando”, tardaría mucho más en describirlo.

En fin. Al día siguiente nos dirigimos a la oficina de migraciones y allí hicimos ese registro sin necesidad de colas e incluso gratis. Y nadie hizo caso a que llevábamos en Rusia mucho más que tres días. No pude contenerme y dije a aquella mujer atenta con la que traté lo agradable que era toparse con una persona amable. Aunque, en principio, sé que no debería mostrar mi agradecimiento, que ser amable es simplemente una cualidad necesaria de cualquier funcionario apto.
Me vais a decir: ¿para qué entonces te buscaste todas estas dificultades? Pues, por pura curiosidad: para probar el nuevo método de registro en las oficinas de correo e informar sobre el resultado.
En aquellos mismos días una conocida mía quiso saber el destino de una carta enviada por ella dentro de la misma ciudad, que llevaba más de dos semanas sin llegar a su destinatario. La impresionaron mucho los sacos con el correo navideño amontonados en una de las oficinas de correos. “No tenemos gente para clasificarlo”, le explicaron. Dijo que su sueldo era de 5.000 rublos (unos 150 euros), ¿quién va a trabajar allí por ese dinero?
Sobre las elecciones
Llegué a Rusia una semana después de las elecciones parlamentarias de 2 de diciembre. Y fui preguntando a muchos conocidos míos a quién habían votado y por qué. Internet tiene su utilidad pero quise saber la realidad de primera mano. Parece que en Rusia la pregunta “¿A quién has votado?” ha empezado a considerarse igual de descarada que la de “¿Cuánto ganas al mes?”. Resulta interesante intentar entender esto puesto que unos pocos años atrás esto no era así, al contrario, todo el mundo discutía con viveza defendiendo sus candidaturas favoritas. Puede ser que se ha asimilado la norma de conducta occidental de no meterse en el alma de otra persona. O que decir que votas a un partido determinado puede atraer consecuencias desagradables. O que no existan ganas hablar de política. O que se tema mostrarse diferente a los demás, evidenciar una “orientación política no tradicional”… No lo sé. Pero en los encuentros con amigos a mí me contestaban. Y se escuchaban unos a otros con interés. Me di cuenta de que si no les hubiera preguntado alguien como yo desde fuera, hubieran seguido en una ignorancia total sobre lo que voto cada uno.
Quisiera poner énfasis en que pregunté sólo a mis amigos y conocidos y, naturalmente, tampoco a todos. La mayoría de mis conocidos es gente entre 35 y 45 años y a sus padres, hay gente de ciencias y de letras, empleados y empresarios, hay también jubilados. Pero a pesar de la diversidad de profesiones y edades, como cualquiera, me muevo en un círculo determinado. Y por eso no puedo ni pretendo generalizar.
Y sin embargo me sorprendió encontrar tan solo a dos personas que habían votado a “Rusia Unida”, el partido gubernamental. Una era jubilada que toda su vida había trabajado en una gran fábrica militar que se cerró (cuando ella todavía estaba en activo). Pero ahora se han consolidado económicamente sus hijos, uno trabaja como especialista en una distribuidora farmacéutica y otro, en una empresa de teléfonos móviles. Ambos la ayudan. “Nunca he vivido tan bien como con Putin”, me dijo.
La otra es funcionaria de la administración. ¿Por qué votó a “Rusia Unida”? “Pue-e-es… es que trabajando en este sitio…”
¿A quién votaron los demás? Tengo la impresión que, en cualquier caso, votaron no “a quien” sino “contra quien” (la casilla “contra todos” que existía antes, ha sido suprimida). “Imagínate, por primera vez en mi vida voté a los comunistas”, me dijo uno de mis conocidos. Otro, también por primera vez en su vida votó por “Yábloko” (un partido liberal que no pasó el umbral exigido para entrar en el parlamento), sobre el que anteriormente siempre ironizaba. Votaban a cualquier cosa, a los agrarios, a la “Fuerza civil”… Explicaban su decisión de manera bastante confusa y a menudo añadían: “a “Rusia Unida” no quise votar…” Incluso un ingeniero de 70 años que sigue en activo, explicó su votación “en contra” con un argumento bastante raro de mi punto de vista: “Me gusta Putin pero no me gusta “Rusia Unida”, su política es contra el pueblo”. Mucha gente votó de forma diferente a como les “sugerían por televisión” precisamente porque ven en lo que pasa en Rusia una vuelta a un partido único y a un caudillo único, y eso les provoca rechazo.
Las elecciones fueron un ejemplo de intento de imponer el “pensamiento único”. Tres personas, que no tienen nada que ver entre sí, me contaban cosas sobre las “listas”: me refiero a que a los empleados municipales (desde profesores de colegios hasta fontaneros) sus jefes les hacían componer una lista de diez conocidos a los que se comprometían a convencer para que votaran y a controlar que efectivamente lo hicieran. Una de mis amigas se encontró en dos “listas” a la vez, y desde las primeras horas del día de elecciones la empezaron a llamar desde los dos lados cada hora y solo la dejaron en paz después de que hubiera votado. Sin embargo, es curioso que no se dieran instrucciones sobre la candidatura a votar. Probablemente, el objetivo era la participación como tal. O tal vez se suponía que uno es suficientemente listo para adivinar a quien debía votar. Sin embargo, en algunos casos, por lo menos a sus subordinados directos, los jefes daban instrucciones muy concretas y severas. No voy a dar datos concretos (mis amigos me pidieron no hacerlo) pero lo que me asombra que eso ocurría en las entidades donde los trabajadores se aprecian precisamente por su capacidad de trabajar con su propia cabeza. De hecho lo demostraron al haber votado sin tomar en cuenta las sugerencias.
Por cierto, hablando de cabezas. Un chico de 15 años, conocido mío, en el momento de las elecciones se encontraba en un hospital con una herida en la cabeza (se cayó en la bañera). Les trajeron en la habitación del hospital una urna y le ofrecieron (o más bien los adultos le dijeron) que votara. Votó. Ahora no dice a quien lo hizo. De hecho el chico se declara anarquista y lleva en la manga de su cazadora una tira con el lema “La anarquía es la madre del orden”. Pero si no me equivoco no había ningún anarquista en la lista de los partidos.
Pues haces bien, chaval, sigue callado. A los adultos les dio por ponerse francos. ¿Pero para qué tanto bla-bla-bla? La votación es un acto íntimo. ¿Acaso a alguien le importa saber a quien votamos?
Aglaia
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