Cesta de la compra

Su cesta de la compra esta vacía

"Polonesa del subsuelo"

Nikolái Kolyadá

Polonesa del subsuelo
Drama en dos actos

Personajes:
Tania, 30 años
Dima, 30 años
Iván, 40 años
Ludmila, 40 años
Serguéi, marido de Ludmila, 45 años
David, 30 años

Invierno, enero, transcurre en nuestros días.
Un piso de tres habitaciones en el centro de Moscú, en un edificio antiguo.
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PRIMER ACTO

Por la calle, por la calle, por la calle. Voy. Miro el asfalto. Es de día, viento, sol, frío. Puedo mirar al asfalto, no a los rostros. En esta ciudad nadie me conoce y yo no conozco a nadie. A na-die. No puedo encontrarme con nadie, no puedo saludar, no puedo besar a nadie (“Hola ¿qué tal, cariño, todo bien?”). No, no me encontraré con nadie. No necesito a nadie. Porque llevo dentro de mí a mi mundo, donde hay mucha gente con los que me encuentro, a los que saludo y a los que beso (“Hola ¿qué tal, cariño, todo bien?”).
Me da igual si a ustedes les gusta o no les gusta mi mundo. Porque a mí sí que me gusta. Es el mío y lo quiero.
Mi mundo, mi mundo. MI MUNDO.
No es ni ciudad ni pueblo, ni mar ni tierra, ni bosque ni páramo, porque mi mundo contiene todo a la vez: ciudad, pueblo, mar, tierra, bosque, páramo.
En este mundo mío hay calles que conozco como la palma de mi mano, caminos y senderos por los que he andado cientos de veces, hay pequeños callejones recoletos, hay ventanas, casas, existe el día y la noche; está mi pasado, mi futuro y mi presente, todo junto, mezclado. Estás también tú. Tú.
En mi mundo hay invierno, verano, primavera, otoño. Sí, sí, mi entrañable otoño, mi llovioso otoño, el que nadie quiere: con hojas amarillentas, congeladas en negros charcos. El otoño en mi vida ocupa mucho sitio, mucho más que en el vuestro, en el vuestro, en el vuestro...
Hay en este mundo mío mucha gente: mi gente querida, mi gente amada, los más próximos. Viven en mi mundo porque aparecieron aquí. A todos los encontré por casualidad, pero sé que tenía que haberme topado con ellos para acogerles en mi mundo. De no haber sido así, en mi mundo habría huecos: pisos sin habitar, calles vacías, sobres de cartas sin nada adentro, llamadas telefónicas sin voces.
Hay en mi mundo gente que parecen gatos y gatos que parecen gente. Los gatos se llaman Vasia, Baguira, Shnurok, Shishok y Maniura. Hay también perros que recogí en la calle, en vuestra calle, en vuestra puta calle... Los recogí y los llevé a mi mundo. Hay un perro y una gata que vivían en la casa de una conocida mía y se murieron; y les traje a mi mundo. Hay también mucha gente que murió y a los que también les traje aquí; todos les han olvidado pero ellos siguen viviendo en mi mundo ¡que vivan! Tengo también dos tortugas en mi mundo (una de mi infancia, sin nombre, olvidé su nombre, y otra, Mania, la pobre Mania). También de la infancia tengo a la vaca Alba, es grande, buena, con grandes ojos negros, tiene el cuerno derecho roto...
Hay un lago enorme que en los inviernos se congela hasta lo más profundo. En mi infancia –que también se encuentra en mi mundo- me desplazo por el hielo del lago a través de la ventisca hacia la escuela, muchas veces, muchas veces, cada noche, cada noche, cada noche, cada... Hay una pequeña casa en el extremo de un pueblo, un tejado metálico de color rojo, desde el tejado veo el bosque, campos, un camino, el cielo; mientras lo miro, sueño con países lejanos. Hay países lejanos en mi mundo: con palmeras y con mar, con aviones, hoteles, con idiomas extranjeros cantarines.
Existe en mi mundo Dios, mi Dios, no el vuestro, el que yo mismo he inventado y con el que hablo siempre, cada minuto. Hay una iglesia, mi iglesia, allí celebra misas el padre Gleb. Hay un cementerio que crece cada día. Está mi madre, mi padre, están Nadia, Viera, Andréi y Vovka, está Serguéi, él está con todos, no está sólo, está la abuela Shura (hoy por la noche la encontré, yo llevaba con harina que acababa de comprar, ella me dijo sonriéndome por debajo de las gafas: “Por lo menos tú, tráeme tú unas cinco botellas de cerveza...” – me miró atentamente y cerró detrás de sí la puerta de la residencia de estudiantes, se fue silenciosamente y yo vi: detrás de la puerta roja había una noche oscura...)
¡Qué grande eres tú, mi mundo! Vives porque vivo yo y morirás conmigo.
Y tú, perdóname: a ti no te encontré sitio en mi mundo. Tus rasgos van desvaneciéndose, la distancia y el tiempo (el tiempo es la medicina en mi mundo) barren de esta foto de color la sonrisa y ojos, sólo quedan las manos; a veces las veo en sueños, sus siluetas, pero tú... tú no estás aquí. Todos los lugares están ocupados, y hay muchas personas que quieren entrar aquí, en mi mundo, y tal vez les voy a dejar que entren, pero tú no vas a pasar por mis caminos, no quiero, sólo por eso y por nada más. No se puede mentir, es un pecado... Pero bueno, no vamos a recordar todo esto.
Ahora, ahora... Queda tan sólo un poco más... Una calcomanía en un viejo y agrietado muro, en mi mundo, va desprendiéndose de su papel blanco humedecido, los colores se vuelven más brillantes, todo adquiere forma, color y luz, y esta luz de repente penetra en mi mundo: el espacio vacío se llena, todo se coloca en su lugar, y ahora –tan sólo ahora- me doy cuenta de que todo este cuadro, todas estas personas siempre han estado conmigo pero no se han apresurado a abordarme con sus conversaciones, sino que esperaban una oportunidad para hacerlo, y ahora ha llegado la hora y ellos han cobrado vida, circulan por las calles de mi mundo imaginado, por mi mundo...

PRIMERA ESCENA

EL PISO
Un piso de tres habitaciones en el centro de Moscú con huellas de su riqueza pasada: molduras de yeso en los techos, puertas altas con picaportes antiguos; una lujosa lámpara con la pantalla verde en el salón; un espejo alto en el pasillo; un sillón de piel antiguo y pesado junto a la mesa de la cocina; un perchero con las patas junto a la entrada.
Con los muebles antiguos se entremezclan mesas y sillas baratas y sencillas. Hay mucho espacio y es difícil llenarlo de trastos aunque los que habitan la vivienda emplean todas sus fuerzas en ello.
A la izquierda de la entrada se encuentra la habitación de Dima, allí hay una suciedad y un polvo imposibles. Junto al balcón cuatro montones de libros sostienen un somier. Un rincón está repleto de hojas de papel amontonadas directamente en el suelo. El balcón es ancho, con la barandilla antigua de hierro. Se hace de noche y en la lejanía se atisban las luces rojas de la torre de telecomunicaciones de Moscú.
A la derecha de la entrada se encuentra la habitación de Iván. Hay una mesa, un sofá, un televisor, un armario. En el rincón al lado de la ventana hay una palmera en un tiesto azul de plástico.
El pasillo lleva directamente a la habitación de Ludmila y Serguéi. Es aquí donde se encuentra la lámpara verde, y hay allí mucho mobiliario inútil: sillas, armarios pequeños de todo tipo, un buró, un enorme ropero. Hay una cama amplia en medio de habitación, situada debajo de la lámpara.
Tres puertas del pasillo dan al baño, al retrete (en las casas rusas el retrete está separado del cuarto de baño) y a la cocina. La cocina tiene una gran ventana y hay una cocina de gas. Todo está lleno de recipientes, latas, sacos, botellas vacíos. Una pared de la cocina está prácticamente forrada con etiquetas de vino y de vodka. En la entrada de la cocina hay una cortina hecha de corchos de botellas.
En el pasillo, a la derecha, hay un reloj de cuco. En las paredes y en el techo hay colgada una gran banda con motivos navideños y lucecitas que centellean. En el suelo hay un ganso. A su lado hay un plato con pan mojado y una lata con agua. El ganso de vez en cuando se levanta y respondiendo al sonido del cuco grazna y bate las alas como si pretendiera volar. Luego vuelve a su postura habitual y permanece en silencio.
Debido a que el piso está en el mismo centro de Moscú, a cada instante se escuchan los ruidos inquietantes de la vida nocturna: la música de los restaurantes, el murmullo de la televisión y el ruido apagado del tráfico. A veces se oye, acercándose o alejándose, el sonido de las sirenas de las ambulancias de urgencias.

EL PASILLO
Junto ganso está sentado Iván con las piernas recogidas. Serguéi está sentado en un taburete al lado del espejo. Viste pantalones de chándal, una camiseta blanca sin mangas, zapatillas de casa. Saborea una sopa sujetando el plato con las manos. Frente a él, como si fuera su reflejo, también en un taburete y con un plato, está sentada su mujer, Ludmila. Come y a la vez fuma, aspirando profundamente el humo.
Las caras de los que están en el pasillo se iluminan por las luces de los adornos navideños a intervalos de color verde, rojo, azul. Ludmila y Serguéi permanecen en silencio, Iván parece que llora.
IVÁN. (Se pone el dedo en la frente e imita el sonido de un disparo.) ¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!
LUDMILA. (Deja el plato encima de sus rodillas, fuma.) No sé a cuenta de qué se colgó de la astrología. Hubiera podido vivir con nosotros, pero no, se tuvo que colgar. Y eso que escribía novelas, cuentos. Aunque nunca me quiso enseñar lo que escribía. Lo ocultaba. También tocaba. Música seria, clásica. Aprendió. Ella sola. Mi hija es un tesoro. Lo era. Escribía. Pero de repente se colgó de la astrología. También dibujaba. Los alemanes decían que era genial. Nuestros conocidos de Dresde, los alemanes, ambos eran ingenieros, el y ella, pero entendían de arte. Repetían: “Genial, genial, genial...”
SERGUEI. (comiendo) Genital.
LUDMILA. No es hija tuya, por eso te molesta. (Se calla, come la sopa, fuma.) Genial, dicen. Bueno... decían. Pero se colgó de la astrología. Por qué razón, por qué causa, no lo sé. Se colgó y punto. Y se dedica sólo a eso, a la astrología. Yo también creo que algo existe. Incluso llevo una cruz. Por si acaso. Mi mamá siempre me decía y yo lo repito: exista o no exista Dios, no te metas con él. En nuestra aldea había una iglesia y yo iba de pequeña... Eso decían exactamente: genial, genial, genial. Así era. (Pausa.) Y me abandonó y se fue más allá del Baikal. Porque, según me dijo, por allí la aorta era diferente. Sí, sí, había otra aorta o aurta... aura... algo así, y ella se colgó más todavía de la astrología.
SERGEI. De cabrología. Tu hija está un poco trastornada. Huyó de ti.
LUDMILA. En boca cerrada no entran moscas. Se te va a ir la comida por el otro lado y la vas a palmar. Come y calla. ¿Está sabroso?
SERGUEI. Sarnoso. Me gustan las moscas fritas y los gusanos asados. Y de beber, meada de gata. (Se muere de risa.)
LUDMILA. Si no me hubiera dedicado a trabajar en la fábrica de prensadora yo también hubiera escrito novelas y sería escritora o pintora. Sí, sí, escritora. Y luego hubiera querido publicar en algún sitio algunas de mis obras, por ejemplo en Dresde o en otro lugar en Occidente, está claro. Siempre pensé que yo valía. El capataz nos pregunta a todos en la asamblea: “En Navidades ¿quién va a hacer de Papá Noel en la guardería?” Y todos, de manera unánime, me señalan con el dedo: “¡Ella, ella!” Y cuántas veces me ha pasado: me tomo 300 gramos de vodka para animarme y ¡hala! A hacer de Papá Noel. ¡Y lo hago tan contenta, con tanto sentido de humor, con tanta gracia! ¡Los niños se mueren de risa conmigo! Cuando me retire quiero escribir una novela sobre mis experiencias tristes, sobre los malos tragos que me he tenido que pasar en mis andanzas, sobre todos los sucesos negativos de mi vida.
SILENCIO.
IVÁN. (Se pone el dedo en la frente.) ¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!... (Pausa.) ¿El avión ya ha aterrizado?
Pausa. Se oye una sirena tras la ventana. El cuco se asoma haciendo sonar el reloj ocho veces. El ganso se espabila y grazna a su vez dos veces.
(Para sí mismo) Quizá ya ha aterrizado o estará a punto de hacerlo.
LUDMILA. ¿O igual se ha estrellado?
IVÁN. ¿Eh?
Ludmila deja el plato en el suelo, se acerca al teléfono, se limpia las manos en el vestido y mordiéndose los labios, marca un número.
LUDMILA. ¿Señorita? ¿Señorita, el avión Nueva York-Moscú se ha estrellado o ha conseguido llegar? (Pausa. Está escuchando.) Estúpida. (Arroja el auricular, anda por el pasillo con nerviosismo, enciende un nuevo cigarrillo.)
IVÁN. Se acabó el chollo. ¡Qué va a estrellarse!.. Serguei y tú queréis que siempre os toque la lotería. (“Se dispara” a la frente.) ¡Bang, bang, bang!
SILENCIO.
Ludmila, préstame algo de dinero.
LUDMILA. No tengo dinero para prestar. No presto dinero a nadie. A ti especialmente no te presto dinero. ¡Porque tú no lo devuelves!
SILENCIO.
IVÁN. (“Se dispara” a la frente.) ¡Bang, bang, bang! (Pausa.) Serguei no fuma pero tiene pinta de ser un fumador y siempre apetece pedirle un cigarrillo. Tu Ludmila pareces el tipo de persona que presta dinero pero ni lo tienes ni lo das.
LUDMILA. Sí, sí, soy más pobre que una rata. Así es. (Pausa.) Ya me gustaría ser como la perra de alguna millonaria extranjera. Imaginaros, se pone el abrigo de visón y se va a pasear a la calle y yo corro detrás de ella por las escaleras de mármol. Meo y cago en la calle, luego mi ama me acaricia con sus manos, ambas estamos contentas. En casa me atiborro de comida y me voy a mi cesta a dormir. Dormir, dormir, dormir. Duermo y sueño con un hueso y me relamo. Yo me muero de envidia de estas putas perras de las millonarias de la televisión. ¿Por qué no he nacido perra en el hogar de una millonaria? ¿Por qué? ¿Dime por qué, Serguei? Ya estás satisfecho, come un pastel más y bebe té.
SERGUEI. Bebe un pastel y come té. Te como, te como… (Se ríe.) No me siento bien. Lenin murió, Stalin murió y yo no me siento bien. (Se ríe.). Quiero comer algo que pique ¿por qué será?
LUDMILA. ¡Cierra el pico! (Se sienta. Come la sopa y fuma.) Ya estamos cayendo en picado. Ahora por esta puerta entrará ella y pondrá los ojos en blanco al vernos a todos. Entonces si que nos va a picar algo…
SERGUEI. ¡Vuelven las aves migratorias!
IVÁN. ¡Bang, bang, bang!
LUDMILA. Llevamos toda la vida como pájaros, con las maletas a punto. Pensando como aferrarnos como sea a Moscú para no volver a donde nacimos. Toda la vida asustados. Pensando, que ahora mismo va a entrar, que ahora mismo nos va a echar…
IVÁN. ¿Y en qué estaba pensando? ¿Por qué no volvía?
LUDMILA. No tenía suficiente pasta para volver. Sería por eso por lo que no volvía. Pero ahora se le encendió la bombilla de que puede vender el piso. Y echarnos a nosotros. Y eso es lo que ocurre, nada más que eso.
IVÁN. Al final nos tiene que tocar la negra a nosotros. ¡Bang!
SERGUEI. La negra más negra de todas… (Se ríe.)
IVÁN. Haced lo que queráis pero yo no pienso dormir en el pasillo. ¿A santo de qué? Se empieza por el pasillo y se acaba en la calle. Me diréis: “tu acaso Iván ¿eres un privilegiado? Puedes dormir tranquilamente en la calle.” Sí, lo sé, los rusos somos unos parias en todo el mundo. A ti Ludmila te conozco muy bien, en seguida te entenderás con ella porque tú siempre sabes caer de pie. Vosotros, Serguei y tú ocupáis la habitación más grande por eso os toca iros al pasillo. O si no, que ella misma duerma en el pasillo. A mi me da igual. Si viene para dos semanas que duerma en el pasillo. Y que no meta la nariz en las vidas ajenas. ¡Esta es nuestra patria! ¡Esta es nuestra vida!
SERGUEI. (comiendo) ¡Nuestra jodida vida! No viene para dos semanas, sino que dijo para siempre. Dijo que iba a empezar desde cero.
LUDMILA. ¡Llevamos aquí diez años y ahora vamos a dormir en el pasillo! ¡Vete a tomar por culo, Iván, vete a tomar por culo!
IVÁN. ¡Yo también llevo aquí diez años y qué!
SILENCIO.
Centellea el adorno de Navidad, las caras se iluminan de azul, rojo y amarillo. Suena la sirena detrás de la ventana. A ella le contesta el cuco. Al cuco al ganso.
LUDMILA. (Anda por el pasillo agitando sus manos y canta en voz baja de forma enérgica: “¡No entendiste mi amo-o-or!..”, etc. Pausa.) Eso si que es ser caradura, qué rostro, qué rostro. ¡Vida nueva! ¡A nosotros nos iba bien con la vida vieja! Menudo rostro. ¡La que nos ha caído! Nosotros que hemos vendido sus muebles y sus trapos especialmente para que nada nos recuerde a su familia. ¡Y de repente aparece ella dándonos los buenos días! Y ahora nos montará el número. Empezará a gritar, se cabreará, nos insultará.
SERGUEI. ¡Un huésped inesperado es peor que un tártaro! (Se ríe.)
LUDMILA. Para ti Serguei todo es ji-ji-ji y ja-ja-ja. Yo llevo toda la vida a nuestra familia sobre mis frágiles hombros y para ti todo es una broma. Mira, tú y yo no tenemos nada. Estamos desnudos y descalzos. En cambio ella anda siempre con pieles, ahora, cuando entre verás como viene vestida. Y si a ella se le ocurre regalarnos su abrigo más viejo verás como yo y mi hija lo llevaremos en las grandes fiestas. Así es Serguei.
IVÁN. (“Se dispara”.) ¡Bang, bang, bang!
LUDMILA. (A Serguei) ¡No hagas ruidos al comer!
El ganso se levanta y grazna tres veces.
IVAN. Hoy soñé con una sopa de remolacha. Estoy comiendo. Roja. Y de repente veo que la sopa está llena de pelos. Pequeños pelos negros. Los saco de uno en uno del plato, de la cuchara. Uno, otro, otro más… Me recordó a mi aldea natal.
SERGUEI. ¡A mi aldea parietal! ¡Mees como mees siempre mearás la última gota en los calzoncillos! (Se ríe.)
LUDMILA. ¡Aldea, aldea! Eres como un disco rayado. Una balalaika sin cuerdas. ¡Siempre igual, siempre igual! ¡Llevas diez años machacándonos el cerebro con tu aldea! Yo también soy de una aldea pero hago todo lo posible para olvidar, para olvidar, estos años negros de mi vida. Vete a tu aldea si tanto echas de menos los pelos en la sopa. ¡Vete! ¡Vete! Así ella tendrá una habitación libre. ¡Vete!
IVÁN. (grita) ¡No tengo la culpa de vivir aquí! ¡No tengo la culpa de que se me hayan torcido las cosas! ¡No me toques la aldea! ¡Acaso tengo la culpa de llamarme Iván y no Johan o Abraham! ¡Serguei y tú sois dos parias! ¡Os desprendisteis de vuestras raíces, olvidasteis la patria! ¡No te metas en mi vida privada! ¡Me oyes!
Llora inclinándose hacia sus rodillas y ocultando la cara con las manos. Permanecen en silencio un largo rato. Serguei come. Ludmila anda por el pasillo.
LUDMILA. ¿Por qué se colgó de la astrología? no lo sé.
IVÁN. Allí había muchos pelos, demasiados pelos. ¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!
SERGUEI. (Se ríe.) En el extranjero hay tiendas en las que existen reclamos en ruso para emigrantes y turistas rusos. Ponen: tenemos todo tipo de chorradas a la venta. No miento, mi jefe nos lo contó ayer. Viaja con frecuencia al extranjero. Y de verdad dice que en esas tiendas hay baratijas de todas las clases. Y además los precios están por los suelos. Y hay de todo. (Le entra un ataque de hipo.)
LUDMILA. Allí hay cosas muy sabrosas. Igual nos traerá algo.
SERGUEI. Nos traerá algo de cicuta. ¡No salives antes de tiempo, sécate las babas! Traerá chorradas.
LUDMILA. Tienes razón, exagero la calidad de los productos en occidente. Hace un par de meses compré cinco prendas de interior de ocasión en una oferta. Eran curiosas, Serguei las ha visto, venían con el dibujo de un tipo en un barquito. ¿Y qué? Una vez me las puse y kaput. Ahora las utilizo como bayetas en la cocina.
IVÁN. ¿Y que eran, bragas?
LUDMILA. ¿Y que pensabas? ¿Acaso piensas que llevo calzoncillos?
IVÁN. ¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!
Otra vez la sirena, el cuco y el ganso. Todos hacen sonidos al tiempo. Pausa. Serguei sigue con su hipo.
LUDMILA. Y a este ganso yo llevo ya mucho tiempo queriendo arrancarle la cabeza. “Adiós indolente Rusia, país de señores y siervos, tarará, tarará, de uniformes azules, tarará, tarará…”
SERGUEI. ¿Eh?
LUDMILA. Eso es de Esenin. “Adiós indolente Rusia, país de señores y siervos” Me sé de memoria muchos versos desde la infancia. En nuestra aldea tuvimos una buena profesora de literatura. Un verso más a propósito del mismo tema… Aunque recuerdo sólo las últimas líneas. “¡¡No mires con tanta ansiedad el camino!! ¡¡¡Quisiera olvidarme y dormirme!!!”
SERGUEI. (Se ríe.) Eso no rima para nada.
IVÁN. Adiós indolente Rusia…
SERGUEI. Adiós indolente Rusia…
IVÁN. (Llora.) Adiós indolente Rusia…
LUDMILA. Adiós indolente Rusia… (Pausa.) Donde nos vamos todos ¿Por qué nos despedimos tanto? Aquí, aquí la vamos a palmar.
IVÁN. ¿Para qué quiere ella sola todo el piso? ¿Para qué coño lo quiere? Cabrá perfectamente en el pasillo. Era delgadita, recuerdo.
LUDMILA. Era. Igual engordó. Allí los embutidos les caen del cielo.
Serguei sigue con su hipo.
IVÁN. Y si ella habla en serio sobre la vida nueva, entonces ¿qué va a pasar?
SERGUEI. (Se ríe.) Entonces se nos ha caído el pelo.
IVÁN. (Permanece en silencio durante un rato.) ¿Y dónde nos iremos?
LUDMILA. Nos iremos a tomar por culo.
SERGUEI. Ella venderá el piso a algunos amarillos; chinos o japoneses. Eso es lo que ahora hacen todos. (Se ríe.) Venden y se van, venden y se van, venden y se van…
LUDMILA. (con mala leche) Tú nos cuentas historias como un presentador de televisión. Mi querido Serguei, exactamente como un jodido presentador. No piensas que al final vamos acabar como aquel perro, meando en la calle y durmiendo bajo un puente. ¡Bajo un puente! Así será.
IVÁN. Como se suele decir, somos ajenos a esta fiesta de la vida.
LUDMILA. Está bien dicho. Adiós indolente Rusia… ay ay ay adiós…
IVÁN. Adiós indolente Rusia…
SERGUEI. (como un eco) Adiós indolente Rusia.
LUDMILA. Las navidades terminaron hace mil años. Estamos a finales de enero pero él no quita estas jodidas bombillas. Centellean y centellean. Me ponen de los nervios.
SERGUEI. Maravilloso. Como un culo poroso.
LUDMILA. ¡Me duelen los ojos!
SERGUEI. Los tienes estreñidos.
LUDMILA. ¡Cállate la boca! Muy chistoso estás hoy, a ver si al final la vamos a fastidiar.
SERGUEI. ¡Nunca acierto contigo!
IVÁN. Dima cumple años dentro de una semana y quiere dejar las luces para su fiesta. Para que sea más alegre.
LUDMILA. ¡Qué alegría! ¡Nuestro cíclope cumple años! ¡Enhorabuena! ¡Que cumpla muchos! Toda la vida cociéndose sin ningún motivo y de repente: ¡toma cumpleaños! Un perfecto pretexto. ¡Vosotros le incitáis para poder beber gratis! ¡Tú Iván y tú Serguei!.. Cuando ella llamó ¿por qué Serguei no le dijiste a ella?: “La casa se quemó después del terremoto de Moscú. El tejado se lo llevó un viento huracanado. No hay sitio donde estar. Nosotros mismos estamos en la calle. ¡Ayúdanos con dinero!”. ¿Por qué no le dijiste eso? ¿Eh, Serguei? Es una pena que yo no hubiera estado en casa, yo se lo habría dicho. Tú eres un inútil. ¡Yo hubiera escrito un telegrama con eso y se lo hubiera mandado por fax a su América podrida y maloliente! ¡Por fax, por fax, por fax!
SERGUEI. No tenemos fax.
LUDMILA. ¡Cállate inútil! Para esta ocasión lo hubiéramos encontrado. ¿Por qué no se me ocurrió antes?
SERGUEI. ¿Por qué no llevas tirantes? A buenas horas…
SILENCIO.
IVÁN. Si tuviera dinero me compraría un piso en Moscú y viviría tranquilamente.
LUDMILA. Yo si tuviera dinero sería rica.
IVÁN. ¿Por qué tengo que ser Iván y no Johan o Abraham?
LUDMILA. Ahora entrará y nos preguntará: “¿Dónde está todo?”
SERGUEI. Nosotros la contestamos: “Nos lo hemos comido”.
IVÁN. Es verdad, ¿dónde está todo? ¡Cuántos muebles, sofás, alfombras, camas había! Y ahora nada.
LUDMILA. Había… pero ya no hay.
SERGUEI. ¿Y que hacía ella allí durante diez años?
LUDMILA. ¿Qué iba a hacer? Es nuestro destino de mujer. La mujer en el extranjero sigue siendo mujer. Se enrollaba con tipos. ¿Qué otra cosa podía hacer allí? Serguei ¿qué coño estabas pensando al decirla que viniera? Hubieras podido decir: “Aquí no hay nada que rascar. Ya te hemos enterrado”. ¿Eh? ¡Qué poco seso tienes! Voy mañana a la Iglesia, cojo una vela y se la pongo al revés, ¡al revés! Para que a los dos días se largue de aquí hacia su América. Qué tonta fui de no hacerlo antes. ¡Qué tonta! ¡Qué tonta! Ahora nos va a echar. ¿Me oyes Serguei?
Llora, el ganso grazna.
SERGUEI. ¡Que no cunda el pánico en el Titanic!
IVÁN. ¡Cierra el pico, Serguei!
LUDMILA. ¡Cierra el pico, Serguei!
SERGUEI. (De repente se levanta, golpea la pared con la cuchara diciendo con mala leche.) ¡Serguei, Serguei! ¡Basta ya! ¡Nada os parece bien! O el culo demasiado frío o el radiador demasiado caliente. ¡Basta! Llevo toda la tarde tratando de animaros, de levantaros la moral, haciendo las bromas que puedo pero vosotros… ¡Serguei, Serguei! ¡Estoy harto! ¡Vosotros mismos carecéis de cerebro! No me dejáis decir ni una palabra. No pensáis que yo también… yo también… yo… yo…
De repente se echa a llorar, se va al servicio cerrando ruidosamente la puerta.
Ludmila rompe a llorar de manera histérica, se va a la cocina, se sienta a la mesa y esconde la cabeza entre sus manos.
Iván se levanta del suelo de un salto, se dirige al cuarto de baño, se da un chapuzón y llora.
SILENCIO.
En la cerradura de la puerta de entrada se mueve una llave. La puerta se abre. Entra Tania. Lleva un vestido con una falda corta parecida a las de las bailarinas. De gasa y de color rojo. Encima lleva un abrigo largo de cuero. Muy largo. Calza zapatillas de deporte, lleva un pequeño bolso, va tocada con una gorra de estilo masculino.
Tania anda de puntillas por el pasillo, contiene la respiración, con las yemas de los dedos toca el adorno navideño. Entra en el salón, tantea con la mano la pared buscando el interruptor de luz.
La lámpara se enciende y la habitación se llena de una luz verdosa suave.
Tania permanece un minuto sin moverse, escudriñando paredes y techo, se sienta en el suelo junto a la entrada, se tapa la cara con las manos y llora.

EL SALÓN (LA HABITACIÓN DE LUDMILA Y SERGUEI).
TANIA. (tatarea bajito) “Buenas noches… buenas noches… buenas noches...”
Ludmila se dirige de la cocina a su habitación. Se seca las lágrimas. Solloza. Se para en la puerta. Estupefacta mira a Tania.
LUDMILA. (en voz alta). ¿Cuántas veces he dicho que se ponga cerradura en todas las habitaciones? ¡El comunismo! ¡Una cueva de ladrones! El idiota de Iván deja las llaves a cualquiera. Se las da cada vez a su pareja de turno. ¿O es que esa viene a visitar al cíclope? ¿Esto es una casa o una distribuidora central de fulanas? ¡Se cree que es el dueño de la casa y que puede imponer sus normas! Le he dicho mil veces: “Dima, ¡tu no eres el dueño, los dueños somos todos!” ¡La puerta abierta de par en par! ¡Cualquiera puede entrar y arramplar con lo que quiera! ¡Un manicomio! (Pausa.) Gansos… (Pausa). Han colgado bombillas… (Pausa.) ¡Serguei, Iván! (Pausa.) Buenas tardes.
SILENCIO.
TANIA. (vuelve a tatarear) “Buenas noches… buenas noches… buenas noches...” (Pausa.) “Buenas noches… mis amigos”.
En la habitación entran Iván y Serguei. Permanecen en silencio. Miran a Tania.
SILENCIO.
SERGUEI. ¡Viva! ¡Viva! ¡El culo en carne viva!
TANIA. (en voz baja, con lágrimas) “Buenas noches… buenas noches…”
IVÁN. (rompiendo el silencio) Buenas noches.
Tania se cubre la cara con las manos y rompe en lágrimas. Iván, Ludmila y Serguei están como petrificados. No se mueven.
TANIA. Pero el abeto… ¿Dónde está? Están las luces pero… ¿y el árbol?
LUDMILA. ¿El abeto?
TANIA. Tiene que haber un abeto. Siempre me imaginé que entro aquí… y encuentro un abeto en el salón. Un abeto, mamá, papá, la tata y Dima. El pequeño Dima tocando su pequeño violín amarillo…
SILENCIO.
LUDMILA. (No se mueve.) Tanichka… cómo ha crecido. Cómo ha cambiado. Cómo ha ensanchado. (Pausa.) ¿Recuerda como yo jugueteaba con usted?
TANIA. (La mira en silencio.) ¿Jugueteaba?
LUDMILA. ¿No me recuerda?
TANIA. ¿A quién?
LUDMILA. A mí. ¿No se acuerda de mí?
TANIA. Es la primera vez que la veo…
LUDMILA. Tanichka…
TANIA. ¿Por qué me mira de esa manera?
LUDMILA. Tanichka… Todo se borró de su cabeza en estos diez años. Nos ha olvidado a nosotros, ha olvidado su patria, hemos envejecido, hemos cambiado, ¡Iván! ¡Serguei! ¡¡¡Tatiana Danilovna ha venido, nuestra Tanichka, nuestro tesoro!!!
Los tres se arrojan al suelo, sollozan, se abrazan a Tania.
TANIA. “Buenas noches… buenas noches” Por favor, todos juntos ¿vale?
Todos a coro cantan en voz baja: “Buenas noches… buenas noches… mis amigos”.
Pausa.
Siempre soñé que llego a mi casa y canto esta canción… Pero ¿Dónde está mamá y papá? ¿Dónde? ¿Dónde está la tata? ¿Dónde está el pequeño Dima?
SILENCIO.
LUDMILA. ¿Qué tata? ¿Qué papá? ¿Qué mamá? Todos murieron Tanichka.
TANIA. ¿Y Dima también murió?
IVÁN. ¡No, por el momento no! ¡Por ahora vive! ¡No se preocupe! ¡Ahora viene! La estaba esperando. Pero se fue.
TANIA. (En silencio, escudriña a Ludmila, Serguei e Iván.) Pero… ustedes ¿de dónde han salido?
LUDMILA. Ha olvidado todo. En su memoria debido al nerviosismo todo se confundió. Tanichka ¡somos nosotros! ¡nosotros! ¡Todos juntos: “Buenas noches… buenas noches…”
Iván, Ludmila y Serguei cantan para Tania. Les mira con los ojos a cuadros.
Pausa.
Nosotros la esperábamos tanto, tanto, tanto. Ni siquiera notamos su entrada.
TANIA. Es que guardo la de papá. La llave de papá. La llave dorada de mi infancia… Aquí está. Siempre la llevo colgada del cuello. Cuando me quitaba la ropa y alguien me preguntaba que era esto, les decía con orgullo, la llave de mi piso de Moscú.
Pausa. Iván y Serguei cantan “Buenas noches, buenas noches…”
LUDMILA. ¡Qué hacéis! Correr a la cocina y traer agua. ¿No veis que está nerviosa? ¡Rápido, venga!
Serguei y Iván al unísono corren a la cocina tropezando en el pasillo.
TANIA. (en voz baja a Ludmila) ¿Quiénes son esos?
LUDMILA. ¿Qué le ocurre, Tanichka? ¿Ha olvidado? No recuerda… Serguei es mi marido aunque no hemos pasado por el registro pero eso es lo de menos ¿verdad? Serguei fue el chofer de su difunto papá que en paz descanse. Era una buena persona, le gustaba coger gente sencilla, del pueblo. Seguimos igual de sencillos. Serguei sigue de chofer, ahora de uno de los nuevos empresarios. Iván era el jardinero de vuestra dacha, vivía allí, cuando su papá murió le quitaron la dacha a su familia, Iván se tuvo que venir aquí. Serguei y yo también acabamos aquí. Quisimos guardar las cosas de su familia. Y aquí estamos, lo guardamos todo hasta su llegada. ¿Recuerda cuántos éramos? Al morir su papá todos huyeron, los muy desagradecidos. Sólo nosotros nos quedamos y llevamos diez años guardándolo todo…
TANIA. Sí, sí, tuvimos una dacha enorme cerca de Moscú, tenía tres pisos… ¡y teníamos una cuadra!
LUDMILA. ¡Ay! ¡Para que recordar, en seguida la requisaron, en seguida! Pudimos traer algunas cosas de allí. El pobre Iván perdió el trabajo y tuvo que reciclarse y ahora trabaja en un cine proyectando películas, yo estoy en una fábrica. Y en lo que toca a la dacha, para qué hablar. La quitaron en seguida, en el mismo día en que murió su papá, se fue al otro mundo. Antes de la perestroika los tiempos eran muy duros…
TANIA. ¡Cállese! ¡Con qué poca delicadeza habla usted!
LUDMILA. Pero si es verdad lo que digo, antes de la perestroika la vida era más dura, ahora es algo más llevadera con la libertad de expresión y todo eso…
TANIA. Me refiero a que no repita continuamente eso de que mi padre murió, cómo murió. No estoy loca. ¡Basta ya!
LUDMILA. ¡Huy! ¡Perdonéme tesoro, mi querida!
Vienen corriendo Iván y Serguei cada uno con un vaso de agua en sus manos.
TANIA. (Bebe agua, le suenan los dientes al tocar el vaso.) ¡Dios mío! ¡Hace mil años que no veía un vaso ruso!
IVÁN. ¿Allí no hay vasos como estos?
TANIA. No. No. Allí no existen. (Lloriquea.) “Buenas noches… buenas noches…”
IVÁN, LUDMILA, SERGUEI. (a coro, rodeando a Tania) “Buenas noches… buenas noches…”
SILENCIO.
LUDMILA. ¿Y dónde están…?
TANIA. ¿Qué? ¿Qué ha dicho?
LUDMILA. ¿Y dónde están sus cosas, Tanichka? ¿Su equipaje? ¿O ha venido con lo puesto? ¿Sólo con un bolso de mano? ¿No?
TANIA. ¿El equipaje?
LUDMILA. Sí, equipaje, una maleta, un baúl o por lo menos algún bolso…
TANIA. (Rebusca en su bolso de mano.) El dinero lo llevo conmigo, pero la maleta… creo que he olvidado todo en el aeropuerto.
IVÁN. ¿Cómo?
TANIA. Pues… no lo perdí, sino que lo olvidé aposta. No lo recogí. En primer lugar, me puse tan nerviosa que cuando llegamos que tuve que tomar unas pastillas, era un vuelo tan largo, con dos escalas… En segundo lugar, en el aeropuerto en seguida me di cuenta que estaba rodeada por tres letras, que me perseguían, que siempre estaban detrás de mí…
IVÁN. (tras unos instantes de silencio) ¿Qué tres letras?
TANIA. (en voz baja) KGB. Al final conseguí despistarles: Cogí un taxi sin mis cosas y rápidamente me dirigí aquí. Me espera el abeto, me espera mi casa… David paró el taxi aquí al lado, en la calle Gorki, está deslumbrado, en seguida se fue a pasear por Moscú, nieva y para él eso es algo exótico. En cambio yo a casa, a casa, empuñando mi llave mágica…
SILENCIO.
LUDMILA. ¿La KGB? Hace mucho que la disolvieron.
TANIA. Ya… no me contéis cuentos. La estructura permanece. (Pausa.) ¿Por qué me miráis de esta manera?
SERGUEI. ¿Quién es David?
TANIA. Un joven, es amigo mío, venimos juntos. Sólo va a dar una vuelta por Gorki, sabe la dirección, nos encontrará. Todo aquí es muy exótico para un americano…
SILENCIO.
LUDMILA. Pero Tanichka, ¡las maletas, las maletas!
TANIA. (Se levanta y anda enfadada por la habitación.) Les he dicho que me perseguían tres letras y yo… corriendo. No pasa nada… En la maleta está mi nombre, igual ellos me la traen más adelante…
LUDMILA. ¡Quién se lo va a traer, Tanichka!
TANIA. Pues, no sé, ellos, el personal del aeropuerto de Sheremetievo…
SILENCIO.
LUDMILA. Ya… cómo no, se lo traerán claro. Me figuro que era una maleta grande.
SILENCIO.
SERGUEI. Tranquilas. Llamo, conozco a un mozo de equipaje… No, mejor déme los justificantes que tenga. Tengo coche, voy volando, me entero de todo y vuelvo. Tranquilas.
TANIA. ¿Sí? ¿Va volando? qué detalle por su parte.
SERGUEI. (Tiende la mano.) ¿Los justificantes?
TANIA. ¿Justificantes? Justificantes, justificantes… Tenía por aquí unos papelitos… (Rebusca en el bolso.) Nunca he llevado tantos dólares en efectivo, es un montón. Me dijeron que en Moscú no hay cajeros y hay que llevar dinero en efectivo… (Tiende a Iván un fajo de dólares.) Sujete por favor esto que me molesta en el bolso, no puedo buscar lo que necesitamos…
Tania rebusca en el bolso los justificantes. Iván, con las manos extendidas sujeta el dinero y lo mira.
Lo he encontrado. ¿Es esto? (Le da a Serguei los justificantes, coge el dinero y lo vuelve a meter en el bolso.)
SERGUEI. Es visto y no visto. Voy y vuelvo. Allí y aquí. No problem.
Se dirige rápidamente a la entrada, se pone el abrigo y desaparece.
TANIA. He olvidado. ¿Quién es este hombre? ¿Se puede confiar en él? ¿Cómo se llama? ¿No está vinculado a las tres letras? ¿No? Es que tiene unos ojos que me parece…
LUDMILA. ¡Que va! Tanischka, ¿qué tres letras? ¡Ni por lo más remoto! ¡Es sólo Serguei, mi marido! Y yo fui su asistenta ¿Cómo lo ha olvidado? Aquí limpiaba, pasaba la aspiradora, fregaba el suelo…
TANIA. (Permanece en silencio unos instantes.) Me parece que sí, algo me suena. Pasaba la aspiradora, sí… ¿Y es verdad que murió la tata? ¿La tata, la madre de Dima? ¿Murió o me engaña?
LUDMILA. ¡Claro que murió! Era joven, solo tenía 58. Ya han pasado diez años. Echaba mucho de menos a su papá y a su mamá. ¡Ay, cómo los echaba de menos! Murió ¿Quién va a querer engañarla?
TANIA. (tras un momento de silencio) Usted me va a engañar. Yo no lo sé, es posible que todos ustedes sean de la KGB. Todo es posible…
SILENCIO.
LUDMILA. (con mal humor) De la KGB, sí. Incluso yo diría que de la Stasi. O del Mossad. Todos somos de Tel Aviv. Se lo agradezco mucho Tanichska, ¡diez años esperando! ¡Gracias!
Se pone a llorar volviéndose hacia la pared. Tania permanece en silencio.
TANIA. Bueno, ¿por qué se ofende? Perdóneme. Me puse nerviosa, no pensé lo que decía. Perdone…
LUDMILA. No, no, no pasa nada. No me ofendo. Beba más agua de este bonito vaso. ¿Cómo puede llevar este abrigo sin forro ni nada, con el frío que hace? Debería comprarse un abrigo de piel. Pero usted tiene buen aspecto. No aparenta ni cuarenta años.
TANIA. Tengo treinta. Este cuero da calor.
La puerta de entrada se abre y en el pasillo aparece Dima. Lleva en sus manos la funda negra de un violín. Tiene un parche negro en el ojo izquierdo. Está sin afeitar, desaseado y aparenta más de sus treinta años. Lleva bufanda negra y un chaquetón marinero también negro. Brillan sus botones metálicos con dibujos de anclas. Entra, permanece un rato al lado de la puerta, deja el violín en el suelo, se sienta cerca del ganso, lo acaricia, fuma, mira al techo. El ganso le sisea.
LUDMILA. Perdone, lo dije sin pensar, para hacer una broma.
TANIA. (Anda por la habitación.) “Buenas noches… buenas noches…” Sí, pero esta habitación no es mía, la mía estaba allí, por el pasillo a la izquierda…

EL PASILLO
Se dirige rápidamente al pasillo. Ve a Dima, retrocede lentamente horrorizada. Susurra, arrimándose a la pared:
Ellos me han encontrado… ¿¡Qué quieren de mí!? ¡¡¡Me han encontrado aquí!!! ¡¡¡Están aquí!!!
SILENCIO.
LUDMILA. Dima, Dima. Es Tanichka. Mira, ¡acércate!, ¡bésala!
TANIA. ¿Qué… Dima?
LUDMILA. Este es Dima. Está al lado del patito.
TANIA. Pero… si lleva uniforme de oficial de KGB… Y allí en el rincón sisean serpientes…
LUDMILA. ¿Qué dice de KGB? Es un chaquetón, lo llevan los marinos. Dima lo compró en el mercadillo, de segunda mano, está de moda. ¡Un cha-que-tón!
TANIA. (tras un rato de silencio) ¿Dima? ¿Este hombre es Dima? ¿Dima, eres tú?
DIMA. (Fuma, se ríe.) Creo que sí. Hola, ¡cuánto tiempo!
Tania se acerca a Dima, se pone a su lado de rodillas, teme rozarle con las manos. Permanecen callados.
TANIA. ¿Y quién hay ahí?
DIMA. (Se ríe.) Un ganso.
TANIA. Sisea como una serpiente… (Un momento de silencio.) Dima. Un chico de mi infancia con una camisa blanca, toca el violín, yo llevo una faldita corta como una bailarina, bailo debajo del abeto y él toca y toca… ¿Qué fumas Dima? ¿Marihuana?
DIMA. Tabaco. Un cigarrillo.
TANIA. ¿Un cigarrillo?
DIMA. Un cigarrillo. ¿Te apetece?
TANIA. Me apetece.
Se sienta al lado de Dima. Da vueltas al cigarrillo con los dedos, aspira, mira a Dima.
Compren cigarrillos… compren cigarrillos… Buenas noches… buenas noches amigos…
SILENCIO.
Qué te ha pasado, en qué te has convertido…
Se mira a sí misma y a Dima en el espejo que está en el pasillo. Las bombillas de los adornos navideños centellean y centellean .Todos permanecen en silencio.
Que buenos son los Belomor, los cigarrillos rusos.
IVÁN. (Se seca las lágrimas.) Gracias a Dios que ha venido. Estoy muy pero que muy contento.
SILENCIO.
TANIA. Esta puerta… ¿Mi habitación?
DIMA. Es mi habitación.
TANIA. ¡Mi habitación! ¡Mi habitación! ¡Mi infancia! ¡El abeto! ¡Allí está el abeto! ¡Allí!
Se levanta de un salto desde el suelo, abre la puerta de la habitación de par en par, todo está oscuro allí, por un instante enciende la luz en la habitación, en seguida la apaga y cierra bruscamente la puerta. Mira a Dima.
Qué te ha pasado… todo ha cambiado… Dadme fuego…
Dima no se mueve. Iván de manera servil enciende un fósforo. Durante un tiempo todos permanecen en silencio. Llaman a la puerta.
Es David… claro… se congeló con el frío, yo ya le dije que con ese abrigo iba a tener frío… ¡que gracioso! Mi querido David…
Otra vez llaman a la puerta. Tania no se mueve.
No tengo fuerzas para abrirle. No puedo mover ni un dedo… ¡abridle, por favor!
Ludmila e Iván se lanzan hacia la puerta, la abren. En la puerta aparece un hombre con ropa de mujer: lleva un vestido llamativo, una peluca rubia alta, calza zapatos con tacones de aguja.
Tania, tambaleándose, se acerca a David, se cuelga de su cuello y grita llorando:
¡David! ¡cariño! ¡mira, estoy en casa! ¡nueva vida! ¡estoy en casa! ¡empezamos una nueva vida! ¡aquí no hay peligro! ¡aquí todos son nuestros! ¡No hay nadie de KGB! ¡Esta es mi casa, David! ¡Aquí no hay, no puede haber micrófonos ni cámaras! ¡Todo está limpio, David! ¡Siempre soñé con mi casa y con una nueva vida! ¡La he encontrado! ¡Mi casa! ¡David!
Llora y se arrastra quedando tirada en el suelo.
David pasea por el pasillo con una sonrisa amplia mostrando sus dientes blancos, saluda con la mano a Ludmila, Iván y Dima.
DAVID. Heee-looou-uuu…
Ludmila e Iván permanecen atónitos con las manos colgando. Dima está sentado en el suelo y se ríe. Tania llora junto a la puerta de entrada.
OSCURIDAD.

SEGUNDA ESCENA

Es la misma noche, una hora después. En todas las habitaciones las puertas permanecen abiertas. La luz está encendida en todos los sitios excepto en la habitación de Dima. En la cocina la ventana de ventilación está abierta y el aire frío como un vapor blanco llena el piso. Iván, Ludmila y Serguei (los tres llevan abrigo) están en el pasillo y observan como Tania limpia el suelo. Lleva un vestido ligero y está descalza. En la habitación de Ludmila y Serguei se puede ver una maleta. Dima sigue sentado junto a la entrada, lleva puesta una camisa, acaricia al ganso y fuma un cigarrillo detrás de otro.
EL PASILLO
TANIA. (limpiando el suelo, alegremente) ¡Nueva vida! ¡Empezamos una nueva vida! ¡Dormiré aquí en el pasillo junto al ganso! ¡Es tan romántico! ¡tan bonito! (a Dima) David no te va a molestar, ¿no estarás en contra de que duerma en mi habitación, es decir, en la tuya ahora, no? ¡No sé lo que me impide entrar pero me gustaría que David duerma en la habitación en donde pasé mi infancia! (a Ludmila) Levante los pies por favor, necesito limpiar esa parte.
LUDMILA. Tanichka, ¿no sería mejor que esto lo hiciera yo?
TANIA. No, no. ¡Esto lo tengo que hacer yo misma! ¡Y ustedes también, alcen los pies!
Mira a Iván, a Ludmila y a Serguei.
¿Por qué todos vais con abrigo?
IVÁN. Hace frío.
TANIA. ¿Sí? Pero yo tengo calor. Quiero ventilar el piso, aquí el ambiente está muy cargado. Necesito limpiar esto, por favor, salgan todos de aquí…
Serguei y Ludmila sin pronunciar palabra se dan la vuelta y se dirigen a su habitación. Abren la maleta y comienzan a rebuscar en ella. Iván también se va a su habitación, se sienta bajo la palmera, enciende una vela y sujetándola en sus manos, susurra algo.
(a ellos, en el momento en que se retiran) Cuando haya limpiado esto podréis volver… (exprimiendo el agua del trapo en el cubo) Qué gente más rara… de donde han aterrizado, no lo entiendo… (limpiando el suelo) Sabes Dima, ¡David es tan tierno, tan maravilloso! ¡Hace mucho tiempo que no daba con gente como él! Nos conocimos hace dos años en un hospital. Estuve algo enferma en un hospital, nos encontramos allí y desde entonces somos inseparables. ¡David ama tanto a Rusia, el alma rusa, la idea rusa! ¡Mira, nada más llegar, se abrigó y salió disparado a la calle! ¡Tu chaquetón le sienta muy bien!
DIMA. Mejor habría sido que, en vez de abrigarse, se hubiera cambiado de ropa. Le van a dar una paliza en la calle.
TANIA. ¿Por qué razón? No lo entiendo ¿qué estás diciendo?
DIMA. Nada. ¿Os conocisteis en un manicomio?
TANIA. Por favor, habla más despacio. Yo algunas veces ya entiendo mal el ruso. Nos conocimos en un hospital, yo me trataba de los nervios. ¿Qué más me has preguntado?
DIMA. ¿Es un tío o una tía?
TANIA. ¿Quién?
DIMA. ¿Quién va a ser? Este David tuyo. ¿Es un tío?
TANIA. ¿David? (Permanece callada.) No lo sé. ¿Tiene alguna importancia eso? ¡Qué contenta estoy! ¡Empezamos una nueva vida! ¡En casa, en Rusia, en Moscú, en la patria! ¡Uno de estos días tú y yo vamos a casarnos!
DIMA. ¿Qué?
TANIA. Soy culpable, sí. Me fui para poco tiempo, nos juramos uno al otro que cuando volviera nos casaríamos, pero las circunstancias hicieron que todo resultara de otra manera. Pero aún no es tarde ¡lo haremos en los próximos días! Dime ¿me quieres?
DIMA. Locamente.
TANIA. Yo también. Todos estos años te he seguido queriendo. Soy de una sola persona.
DIMA. ¿Cómo dices?
TANIA. Quiero decir que durante este tiempo solo te he querido a ti, Dima. (Limpia el suelo.) Aunque la verdad es que has cambiado de manera terrible. Te imaginaba otro, totalmente otra persona. Pero da igual, no pasa nada. Nos acostumbraremos. Nueva vida. ¡Nueva vida, Dima!
DIMA. (Se ríe.) ¡Qué he hecho! He tirado diez años de mi vida.
TANIA. (rápidamente) Si tú hubieras sabido Dima, si tú hubieras sabido de todas mis desgracias allí… (Limpia el suelo.) Cuando mamá y papá murieron en el accidente estuve como perdida en una niebla. Incluso ahora estoy segura de que les mataron, les mataron, porque casi al día siguiente en el país comenzó un follón muy salvaje porque en oriente todo eso adquiere formas terribles cuando esa gente, los musulmanes, se pelean entre sí: son tan vengativos, tan taimados y tan bárbaros, la vida humana para ellos no vale nada. Estoy convencida de que el accidente fue provocado, aunque la versión oficial dijo que fue fortuito, los rusos no querían dañar las relaciones con Oriente metiéndose en líos con ellos… Y entonces empezaron los disturbios en el país, al principio solo algunos disparos aislados en las calles, vamos al aeropuerto, recuerdo que llevamos esas terribles cajas de zinc, dentro están mamá y papá, sus cuerpos deformados. Recuerdo ese sucio y maloliente aeropuerto, el vuelo especial, un avión militar para llevar ataúdes, sí, un avión especial porque mi papá no era un cualquiera, era un embajador, un gran hombre, una persona importante... Yo quería ir a Moscú, en seguida quería ir a Moscú pero me retenía un amigo, no es que fuera exactamente un amigo, era un conocido, un empleado de la embajada. Era secretario de la sección del partido, atractivo, joven, teníamos una historia… o era amor, no lo sé. Me retenía pidiéndome que me quedara, que me quería mucho. Yo le decía, “¡no, no, a Moscú!” pero él me lo prohibió. Papá me llevó allí porque quiso, aunque oficialmente iba de traductora pero tú ya sabes que tipo de traductora soy, estaba allí porque sí, al lado de papá y mamá, digamos que como una familia. Llevo solo dos meses en el extranjero, no entiendo nada de nada. Y al día siguiente, tras el accidente, se pone cada vez peor la situación en el país. Al coche de Nikolai le dispararon por la calle y Nikolai murió, él era mi amigo. Malditos musulmanes, ellos le mataron, le mataron con disparos de Kalashnikov, malditos rusos, se han hecho famosos en todo el mundo ¿con qué? ¡con los Kalashnikov! Y yo me quedé sola, totalmente sola en este caos y allí empezó el pánico entre los empleados de la embajada: unos dicen que hay que tratar de llegar en coche hasta la frontera, allí está Rusia, otros dicen diferentes cosas, todos dejan su oro, riquezas y huyen despavoridos como conejos… Un hombre de la embajada al que yo le caía muy bien, era el vicesecretario de la sección del partido -aunque luego resultó ser un cabrón, pero esa es otra historia, ya te contaré- Pues ese hombre me ayudó a salir de todo ese islamismo y a marchar hacia Italia. Porque allí en todo el Oriente comenzó una escabechina, una guerra, ¿quién contra quién? Nadie entiende nada. Todos los de la embajada decían que desde Italia se podría volver a casa pero yo con este hombre, con el vicesecretario, me fui en otra dirección, a Nueva York…
SILENCIO.
DIMA. ¿Y no quisiste venir a Moscú?
TANIA. No lo sé. No lo sé. (En silencio, limpia el suelo.) ¿Qué me esperaba aquí en Moscú? Mamá y papá en la tumba, no tengo ningún oficio, ¿qué podría hacer aquí? ¿Andar por este piso de un lado a otro? ¿Qué me esperaba en Moscú?
DIMA. Yo te esperaba en Moscú. Te esperaba atado por un juramento. (Se ríe.)
TANIA. Déjalo. Son niñerías. Tú mismo te ríes. Yo me lo tomaba todo más en serio.
SILENCIO.
Aquí en el suelo quedan todavía restos de la cera, no lo habéis encerado desde que nosotros vivíamos aquí, yo vivía aquí… (Pausa.) Oye, ¿ella se pone los vestidos de mamá? El vestido que lleva hoy ¿es de mamá? ¿No?
DIMA. Todo se lo quedó ella, todos sus vestidos. Aquí tu madre tenía un cargamento de ropa. ¿O acaso había que haber tirado todo?
TANIA. A mamá le gustaba la ropa bonita. Es verdad que es un poco cursi pero sin embargo… Qué asco. La veo a ella con este vestido de mamá y mi alma se revuelve. ¿Entiendes?
DIMA. No.
SILENCIO.
¿Has trabajado en un burdel?
TANIA. Hace fresco, voy a cerrar la ventana. Ya está ventilado…
Se dirige a la cocina, vuelve y exprime la bayeta.
Me parece que has crecido. Ahora tú estás sentado y yo de pie pero pareces más alto que yo. Parece que tienes una nube en el ojo, como decíamos de pequeños. Tienes una nube en el ojo.
DIMA. ¿Trabajaste?
TANIA. ¿Por qué dices eso?
DIMA. Todas nuestras chicas trabajan allí en burdeles.
TANIA. Eso lo tengo algo turbio.
DIMA. Trabajaste.
TANIA. Eso parece. Parece ser que trabajé. Era al principio, realmente no me acuerdo ni cómo ni con quién vivía. Dónde, cómo, con quién, con qué dinero… Más adelante tuve un amante rico, luego me dejó y hace como dos meses me di cuenta que soy sólo de una persona y que te quiero a ti. Y que tenía que venir a Moscú. Estas bombillas de aquí son un horror, me da grima verlas, voy a apagarlas.
DIMA. No.
TANIA. Te has convertido en un extraño. Te hablo sobre mi amor y a ti parece como que te resbala.
DIMA. ¿Tengo que lanzarme a tu cuello?
TANIA. He estado fuera pero ella, mi casa moscovita, siempre estuvo conmigo. Recuerdo todo hasta los últimos detalles: el edificio, abajo a la izquierda una panadería, a la derecha una librería, allí huele a tinta de imprenta, en la infancia compraba libros…
DIMA. Ahora en el mismo lugar se compra ropa occidental con dólares.
TANIA. ¿Ah sí? Que bien. Yo tengo dólares. Te compraré algo ¿qué necesitas?
DIMA. Nada.
TANIA. (Permanece un rato en silencio.) Dima ¿qué te ha pasado? Yo te quiero tanto pero tú estas frío, como enfadado. ¿Qué he hecho mal? Espera, espera… luego. Hablamos de todo mañana, hoy todos están nerviosos, yo también… ¿Estás seguro que en nuestro piso no hay micrófonos escondidos en las paredes? Tenemos que empezar una nueva vida pero si hay micrófonos…
DIMA. Estás trastornada y tienes que curarte en vez de pensar en una nueva vida.
TANIA. Dima, no nos hemos visto en diez años. ¡Te quería tanto! Y en los primeros momentos te pones borde conmigo.
DIMA. Un teatro para pobres. Siempre te expresas con una nota falsa.
SILENCIO.
TANIA. ¿En qué trabajas?
DIMA. Escribo música para películas porno.
TANIA. ¿Existe esa profesión?
DIMA. Existe.
TANIA. Qué bien.
DIMA. Estoy en el subsuelo, en un paso subterráneo y toco allí el violín.
TANIA. Qué mal me siento. ¿Qué tocas? ¿Algo serio?
DIMA. Todo lo que conozco: diez líneas de la polonesa de Oguinsky. Gracias a tu papá que torturaba al hijo de la criada obligándole a estudiar violín.
TANIA. La tata formaba parte de nuestra familia, no era una criada. ¡Papá quiso hacer de ti un gran violinista!
DIMA. Toco esas diez líneas repitiéndolas trescientas veces al día. Me echan dinero: desafino, me falta un ojo, aquí siempre compadecen a los tontos. Si hubiera podido me habría quedado en casa pero, mientras te esperábamos, hemos ido vendiendo todo poco a poco.
TANIA. La polonesa de Oguinsky. También se conoce como “La despedida de la patria”… Soñaba con hacerme bailarina, llevar una faldita blanca. Tú tocando el violín, yo bailando “la muerte del cisne”.
DIMA. El murmullo de la cisterna.
TANIA. En América muchas veces he soñado esto por las noches: tú y yo en una escena… Tienes una mancha blanca en la mejilla. Es de dentífrico. Eres como un niño: te cepillaste los dientes por la mañana y no te lavaste bien la cara. Llevas todo el día sin mirarte al espejo. Déjame que te la quite…
Saca un pañuelo del bolsillo, le limpia la cara a Dima. En silencio se miran el uno al otro a los ojos.
¿Tienes alguna amiga?
DIMA. No.
TANIA. ¿No vas de mujeres?
DIMA. No.
TANIA. ¿Y de hombres?
DIMA. No.
TANIA. ¿Entonces cómo?
DIMA. Así.
TANIA. ¿Cómo? ¿Con nadie? Tienes treinta años. Tienes que dormir con alguien.
DIMA. ¿Por qué?
TANIA. Por nada. Todos duermen con alguien.
DIMA. Si es por nada, puedo dormir solo.
TANIA. Un hombre tiene que dormir con alguien.
DIMA. Si tiene que dormir que duerma. Yo no soy hombre. Probablemente. Soy un cíclope, un monstruo con un solo ojo. Te esperaba, creí en el juramento que nos hicimos de niños. (Se ríe.) Nueve años esperé. Si hubieras venido hace un año, tal vez… pero ahora ya estoy cansado. Y voy a seguir durmiendo solo. En nueve años me he dado cuenta de que sin amor no se puede dormir.
SILENCIO.
TANIA. (Se levanta, va por el pasillo.) No diga bobadas, joven. Sin amor no se puede. Se puede y mucho. En cambio con pantalones no se puede. Sin pantalones es perfectamente posible. Y deja de echarme la culpa. Deja de exagerar. ¡Quiero! ¡Espero! ¡Nadie vino a buscarme al aeropuerto! ¡Cállate! (Pausa). Perdona, discúlpame, no te he limpiado bien la cara…
Vuelve a ponerse de rodillas y le limpia la cara a Dima.
Tenías unos ojitos azules tan maravillosos y ahora sólo tienes uno, y además opaco, parece falso.
DIMA. El ojo lo perdí en una pelea de borrachos.
TANIA. ¡Por eso no me crees! ¡Ves el mundo de forma torcida, con un solo ojo! ¡Quieto, ni una palabra! ¡No vamos a reñir ahora! Dima, ¡nos casamos! Sin ninguna demora, mañana mismo empezamos una nueva vida. ¡No tengo a nadie en el mundo salvo a ti y a David, a nadie, cariño! ¡No te escribí porque no tenía nada que decirte! No tienes por qué ofenderte. Ves, yo te he contado en unos minutos diez años de mi vida. En un principio recibí de ti una decena de cartas pero luego tú callaste…
DIMA. Pensé que habías muerto, habías desaparecido, que te habías ahogado en el océano…
TANIA. Recibí, las recibí, pero no tenía nada que contestar. Dima, no te pongas nervioso. Tranquilízate, me estalla la cabeza. El primer amor siempre es el más duradero… ¡Cómo has cambiado! ¡Siempre te quise a ti, sólo a ti!
DIMA. Duradero… (Se ríe.) Hace un año me trajeron noticias tuyas.
TANIA. (No le escucha.) ¡Nos casamos! ¡Nos casamos! ¿Cambio de lugar este espejo?
DIMA. Cambia. La casa está ahora a mi nombre. Puedes sacar el espejo al rellano. A veces me apetece romperlo en añicos, estoy harto de él.
TANIA. No se pueden romper espejos, da mala suerte. Yo lo dejo al otro lado del pasillo y de paso miro a ver si hay detrás micrófonos escondidos… Nueva vida y por eso tenemos que…
DIMA. Trastornada.
Tania empuja el espejo que se atasca en la mitad del pasillo. Tania tantea la pared, se sienta en el suelo, jadea. Tras la ventana se oye una sirena, suena el cuco y grazna el ganso.
TANIA. Me estalla la cabeza, la presión, necesito tomar una medicina… En esta pared vamos a colgar una alfombra. Aunque temo a las alfombras porque detrás de ellas siempre es fácil colocar un micrófono y escuchar. Pero vamos a colgar aquí una alfombra, este va a ser mi mundo, como en la infancia. En la infancia, en aquella habitación yo tenía una. Estaba en la pared encima de la cama. En un jardín paradisíaco había pavos reales con las alas abiertas. Entre matorrales oscuros y misteriosos brillaban cuatro ojos de un extraño animal. Y luego, en un segundo plano, en una planicie delante de un palacio corrían varios negritos. Y tengo la impresión de que luego, en Nueva York, me topé con estos mismos negritos, pero ya eran adultos. Eran negros. Muy negros, fuertes. Me topaba con ellos con mucha frecuencia. Vuelvo por la noche a casa en autobús, estoy sentada en el último asiento, muy incómodo, de plástico duro y en la puerta delantera entra un negro, de color muy negro, casi azulado y yo en seguida le reconozco: es el negrito de la infancia, es el negrito de la alfombra, ya crecido, es él. Entra, se sienta junto a mí, y cuando entra, el autobús se llena de olores sabrosos de cocina. Y si cierras los ojos tienes la completa impresión de que no estás en el autobús sino en la pequeña cocina ennegrecida de un restaurante barato. Crepita el aceite de la sartén, hay trozos de carne roja, hay col verde en una fuente… Sonrío a este negro porque él es cercano a mí, porque vino de mi infancia, de mi alfombra. Está sentado, muy cansado, incluso el pendiente de su oreja parece cansado, apoya la sien en la ventana empapada del autobús y de él emana el olor de la cocina, el olor del trabajador de la cocina… La cabeza empieza a calmarse. (Pausa.) Yo miraba esta alfombra cuando estaba en la cama volviendo la cara a la pared. Miraba este jardín paradisíaco, negritos alegres, y quería encontrarme allí en los sueños, ser una princesa y que me quiera un monstruo tuerto que luego por la mañana se convertiría en un hermoso príncipe. Un príncipe de nombre Dima.
DIMA. Soy un monstruo tuerto pero no puedo convertirme en príncipe a pesar de todos mis deseos…
TANIA. No quería ofenderte, perdona. ¿Dónde está mi alfombra?
DIMA. La vendí.
TANIA. Vendiste mi jardín paradisíaco.
DIMA. Por una botella. Teníais muchas alfombras. Las devoraban las polillas. Yo permití a estos que vendieran todo lo que quisieran. Yo mismo también he vendido cosas. Ellos empezaron a vivir aquí un día pero luego cogieron arraigo y ahora yo me aburriría sin este manicomio. A ti te enterramos…
TANIA. Y cuando más tranquilos estabais aparezco yo sobre vuestras cabezas. ¡Estas bombillas me ponen de los nervios! ¡Y este pajarraco, no se cómo se llama, también! ¡No para de chillar!
DIMA. Este pajarraco se llama cuco.
TANIA. Cuco, truco, almendruco… ¡Me pone de los nervios!
DIMA. Canta cada quince minutos. Está programado para ello. Una vez borracho, jugueteando con él, se cayó y se quedó así para los restos.
TANIA. ¡Ah! Ahora sé el truco del almendruco del cuco. Oye, has hecho bien vendiendo todo. No tenías para comer.
DIMA. Tenía algo para comer, no tenía nada para beber.
El ganso grazna.
TANIA. Dame un cigarrillo… (Aspira el humo y mueve el cigarrillo entre los dedos.) Un cigarrillo ruso… Un paquete en Nueva York vale siete dólares. Y es excremento de pájaro secado y molido, y luego liado… ¿El ganso para qué está?
DIMA. Una mujer lo llevaba al mercado bajo el brazo, chillaba a todo Moscú. Yo estaba borracho y sensible y me dio lástima. La mujer dijo que iba a morirse porque había palmado la hembra. Si muere la hembra el macho va detrás. Por añoranza. Son pájaros muy sensibles. Tenía razón, creo que hay que retorcerle el pescuezo. Está muriendo de soledad.
TANIA. Soledad, decepción, añoranza… Voy al servicio.
Coge el bolso y se va al baño. Iván sale al pasillo con mirada escudriñadora.
IVÁN. Dima, préstame algo de dinero hasta mañana.
DIMA. Vete a tomar por culo, Iván.
IVÁN. Siempre pasa lo mismo, Dima. Somos ajenos en esta fiesta de la vida. ¿Crees que ella me dará dinero? ¿Por qué no? Dar prestado. Los ricos tienen que ayudar a los pobres.
DIMA. Pregúntaselo.
IVÁN. Dará. Voy a preguntárselo. Es rica. Tiene un millón en el bolso… o más. Se lo he visto. Dará. Lo importante es aprovechar la ocasión, saber su estado de ánimo. Dará. Yo soy Iván, a mí me dará. ¡No soy ningún Johan o Abraham! (Se dirige a su habitación, se sienta bajo la palmera y hace el gesto de disparar a su frente.) ¡Bang, bang, bang!
Sale Ludmila al pasillo.
LUDMILA. ¿Dónde está? ¿Qué se cuenta?
DIMA. Me pidió que te dijera que te fueras a tomar viento fresco…
LUDMILA. ¡Que gracioso eres, Dima! Te has convertido en un ser cruel y sin alma. Hace tiempo que quería decirte esto. (Se retira a su habitación.)
Serguei y ella, con energías renovadas, rebuscan en la maleta de Tania.
La puerta del baño se abre y aparece Tania. Se ríe eufórica.
TANIA. ¡Moscú! ¡Cuánto dice esta palabra al corazón ruso! ¡Me he dado cuenta de que le echo de menos! (canta) “Buenas noches… buenas noches…” Tengo que dar el primer paso hacia la nueva vida. ¡Tengo que comprar una compañera al pobre ganso! (canturrea) “¡El enemigo nunca logrará que agaches la cabeza, mi querida capital, mi Moscú dorado!” Luego habrá que hacerles aquí un pequeño establo, una cuadra, un cobertizo… no recuerdo como se llama, lo he olvidado… ¡Para que vivan aquí! ¡Ella pondrá huevos y tendrán gansitos, pequeños polluelos, patitos feos que luego se convertirán en cisnes! ¡El lago de los cisnes! ¡El teatro Bolshoi! Quiero decir, me refiero a que luego les compraremos una finca en las afueras, una granja… ¡tendremos nuestra propia fábrica de gansos! (Se ríe.) Foi Grass, hígado de ganso. ¡A mi me gusta mucho! ¡No, no! ¡que estoy diciendo! ¡Eso del hígado no es una buena idea, no! ¡Que vivan, que se alegren, que se bañen en un charco! (canturrea) “¡Tuvo dos gansos, la vieja campesina! ¡uno blanco y otro negro, dos alegres gansos!” (Se ríe.) No, Dima, las bombillas son maravillosas, yo estaba equivocada. Me recuerdan a mi infancia, a mi querida infancia. Mi tata siempre me decía, no lleves la cartera con el cierre hacia ti, vas a tener malas notas. No la hice caso pero ahora si que llevo el bolso con el cierre para fuera. ¡Tengo que comprarle la gansa, si no morirá! ¡Yo no lo soportaría y también me moriría!...
DIMA. (tras un momento de silencio) Morirá en cualquier caso. Es de una sola gansa. No le gustará la que le compres. Va a morir igual.
TANIA. Tú qué sabes, le gustará. Es un animal. Le da igual.
DIMA. No es un animal. No le da igual.
TANIA. No, yo voy y compro.
DIMA. ¡Vale! ¡Compra!
TANIA. Como quieras, Dios es testigo. Yo quería ayudarle hoy pero hay tiempo todavía, mañana, pasado mañana, tenemos toda la vida por delante. Todas las cosas buenas por venir. ¡Dima! (Llora). ¡Cómo te quise allí, Dima! ¡No a ti, sino a ese otro tú que me inventé! ¡Cuántas veces te he recordado allí! Allí en Nueva York a cada paso hay publicidad de cigarrillos con una imagen sonriente, atractiva, de ojos azules, tú. Sí, sí, tú. Os parecíais como dos gotas de agua. Cada día me encontraba con tus ojos y yo te decía: “Dima, Dima, ¿por qué no estamos juntos? ¿Por qué andamos por caminos diferentes?”. Tú seguías en silencio, me sonreías, fumabas cigarrillos. Y yo misma me respondía a mi pregunta: “No estamos juntos, Dima, porque tú fumas esa mierda”. (Se ríe.) Yo sé lo que hay que hacer: ¡tú vas a hacer publicidad de cigarrillos! ¡Con un ojo y vestido con el chaquetón de marinero! (Se ríe). Perdóname, perdóname pero a mí siempre me parece que tú estás de broma, que me dirás como cuando eras niño, “yo me salgo del juego”, que te quitarás este traje y te convertirás en aquel que me imaginaba en Nueva York, el que me imaginaba, el que me imaginaba…
SILENCIO.
DIMA. ¿Qué hacías en el baño?
TANIA. ¿Cómo? ¿Qué iba a hacer allí? Pis. (Se ríe.) Tomé una pastilla, me tranquilizó. Una aspirina, pero ¡cómo ayuda!.. ¿Tú tomas vino? (Coge la taza que había a los pies de Dima, mira dentro, permanece en silencio un rato.) No soporto el alcohol. ¡Yo suelo emborracharme de vida, de sol, de cielo, de aire, de estrellas! “¡Te quiero, vida!” “¡Un hombre camina y se siente dueño de su inmensa patria!..” “¡¡¡Se despierta con el amanecer el país soviético entero!!!” (Pausa, jadea y mira dentro de la taza.) Qué bien estar en casa, qué bien… Cuando era niña mi tata me daba la leche en taza, yo la tomaba y veía en el fondo mi rostro, mis ojos. La tata me decía: “Tú, Tanichka, tienes ojos de bruja” (Se ríe.) ¡Mi tata! ¡Cómo la quería! ¿Recuerdas, Dima, cómo crecíamos juntos, cómo íbamos al circo, al zoo, recuerdas que bien transcurría todo? Cuando era niña pensaba que en la taza, en el fondo, vivía alguien: grande y con unos enormes ojos. (Mira dentro de la taza, permanece en silencio.) Vive allí en su mundo y me mira con cautela y atención. Un reflejo. Re-flejo. (Pausa.) Muchas palabras empiezan por “re”. Quiero escribir un trabajo científico sobre este asunto. Retraso, remedio, rebelión, regreso, resurrección, renacimiento, realidad…
DIMA. Rechazo.
TANIA. ¿De qué rechazo me hablas? Había mucho jaleo aquí y simplemente me olvidé de besarte. Te sienta muy bien ese traje, ¡sí, sí! Solo tienes que lavarte un poco, cortarte el pelo y… y… (Se ríe). ¡colocarte un ojo! ¡Oh! Perdona, soy tonta, he olvidado. Lo haré ahora mismo…
Besa a Dima, permanece en silencio, sonríe.
¡Qué tonta soy! Era y sigo siendo tonta… Me imaginé quién sabe que cosas… el amor… que fantasía la mía. Todo se hundió… Da igual, da igual… Mañana, mañana mismo empiezo, todo va a ser nuevo, ¡nuevo!
Pausa.
Estoy pensando en voz alta, perdóname. Un monólogo interior. No lo puedes entender pero da igual.
DIMA. Me trajeron un recado de tu parte.
TANIA. (sin escucharle) Tienes los labios como agrios. Como si fuera ajenjo. Y resecos. Pareces un niño. No, más bien un pequeño ganso con un cuello largo y flojo, flojo y frágil. Un gansito borracho…
Pausa.
Ajenjo, ajenjo, ajenjo… que palabras más bonitas surgen en mi memoria, no las pronunciaba desde hace trescientos años… no, escucha, ¡que belleza: ajenjo, ajenjo, ajenjo! O estas: beso, ternura, error. (Se levanta del suelo, va por el pasillo, toca con los dedos los adornos navideños, sonríe.) Miento. En Nueva York hablaba mucho en ruso, hay gente nuestra por todas partes. Como dos petroleros soviéticos que de repente chocan entre sí en medio del océano por razones desconocidas, así ocurre con los rusos en el extranjero, andan por todas partes, por todas partes (Se ríe) Ya se me empieza a pasar este terrible miedo… me parece que aquí todo está limpio, no hay micrófonos… Durante todo el tiempo me topaba con ellos. Los de KGB están en cualquier sitio. Todos preguntan: ¡Ah, eres hija del embajador fallecido! ¡Eres de las juventudes comunistas! ¿Qué haces aquí? (Permanece un momento en silencio.) Una vez en un restaurante estuve varias horas con un tipo, nos moríamos de risa, me contaba chistes y luego, de repente, me muestra un paquete de cigarrillos rusos y me dice: “Encuentra aquí en este paquete la cifra catorce, venga”. Yo no pude encontrarla. Volteó el paquete y entonces lo vi con toda claridad, el paquete colocado de canto mostraba la cifra catorce. Es una cifra terrible, una cifra espantosa. En seguida me di cuenta que ese alegre ruso era de la KGB. Pásame un cigarrillo, voy a fumar un poco… (Fuma. Pausa.) ¡Entonces empezamos de nuevo! Tú vas a trabajar, no importa en qué sitio, lo que importa es que vas a trabajar, ¡sí, sí!
DIMA. Sí, mañana mismo.
TANIA. No me hagas de rabiar. Sí, mañana mismo. Por ejemplo, abro aquí, en Moscú, mi propia tienda. Y tú vas a trabajar allí. Y David y todos. ¡Entonces voy y pongo una tienda de sombreros! Ahora están muy de moda los sombreros antiguos. Haremos una buena campaña de publicidad. “Mari, si no quieres parecer fea, cúbrete la azotea”. (Se ríe.) Habrá también sombreros para hombres. ¡Quiero un sombrero como el de Marilyn Monroe! Los sombreros tienen un éxito asombroso porque la tienda está en el mismo centro de Moscú…
DIMA. En la Plaza Roja.
TANIA. ¡Con dólares se puede comprar incluso la Plaza Roja! ¡Tenemos una gran clientela! ¡Todos nos elogian! ¡Yo soy la presidenta de la firma y me sacan en televisión! Concedo entrevistas en la radio, luego más, más, al final me proponen a la presidencia de Rusia.
Se oye una sirena tras la ventana, suena el cuco, grazna el ganso.
SILENCIO.
Cómo te he querido todos estos años… cómo te he querido… ¿por qué tú has envejecido tan rápidamente, te borraste, te estropeaste, te abandonaste? ¿por qué, por qué? (Rápidamente.) ¡Oh Dios! ¡Lo he olvidado! ¡Todavía no te he dado ningún regalo! ¡No te hice ningún donativo! Obligatoriamente los rusos -y somos rusos- tenemos que darnos entre nosotros algún donativo cuando nos encontramos…
DIMA. Los donativos se les dan a los mendigos. Tú te refieres a regalos. No quiero. Estoy bien así.
TANIA. ¡Espera, espera, no lo rechaces, todavía no sabes que es! ¡Espera! (Corre a la habitación de Ludmila y Serguei.) ¿Mi equipaje está por aquí? Perdonad que no llame, tengo la impresión de que estoy en mi casa.
Ludmila y Serguei se apartan bruscamente de la maleta.
LUDMILA. Nosotros, Tanichska, te estamos ayudando a colocar tus cosas…
TANIA. Sí, sí, hacéis muy bien, gracias…
Coge la maleta por el asa, la arrastra al pasillo. Rebusca en la maleta sacando de forma desordenada unos vestidos que brillan. Ludmila y Serguei salen al pasillo y miran en el interior de la maleta. También aparece Iván que mira fijamente a Tania.
TANIA. ¡Aquí, aquí! Lo encontré. Esto es para ti. ¿La ves? ¡Como si estuviera viva…!
Tiende a Dima una rosa falsa dentro de un recipiente de cristal herméticamente cerrado y con agua.
DIMA. No la quiero.
TANIA. Regálasela a tu chica.
DIMA. No tengo chica, ya te lo he dicho. No tengo a quién hacer regalos.
TANIA. No me hagas de rabiar. Es barato, es algo cursi, pero es bonito. Lo compré en la calle 14, donde hay un montón de baratijas…
LUDMILA. Sí, sí, lo sabemos: todo tipo de chorradas a la venta.
TANIA. ¡Toma! ¡Toma!
Dima tiende la mano, mira la rosa. Retira la mano y la esconde detrás de su espalda.
DIMA. ¿Has comprado esto para mí?
TANIA. ¡Te he dicho que yo siempre pensaba en ti! Esto lo he comprado. ¡Para ti!
DIMA. Gracias.
Toma la rosa, se le cae y se rompe.
IVÁN. ¡Qué patoso eres! ¡Eso valía dinero!
Serguei, Ludmila, Iván y Tania se lanzan al suelo. Sacan la rosa entre los cristales rotos y se la pasan de uno a otro.
TANIA. Qué lástima… era bonita… cruzó el océano y no se ha roto y aquí… ¡Pero así es incluso mejor! ¡Está en libertad, al aire libre! Te la prendo en la solapa, llévala y recuérdame…
DIMA. (en voz baja) Perdóname. Soy tan torpe…
Tania se lanza hacia Dima, le besa ardientemente, le susurra:
TANIA. ¡No, no, no! ¡Dima! ¡Todo está bien, no te preocupes! ¡Querido Dima! ¡Cómo te he querido! ¡Cómo te quiero! ¡Tengo un regalo más para ti! ¡Un juguete! ¡También en un frasco, pero dentro agua y nieve! ¡Y si agitas el frasco, la Estatua de la Libertad que está dentro, se cubre de nieve! ¡Espera Dima!
Rebusca en la maleta.
¿Dónde está?
LUDMILA. Serguei puso su Libertad en nuestra habitación, encima del armarito. Para que todos la vean. Serguei, trae la Libertad aquí ¡¡¡rápido!!!
Serguei corre a su habitación.
Cuidado, voy a traer la escoba y a recoger esto para que no os cortéis…
Corre a la cocina, trae la escoba y recoge los cristales rotos. Serguei trae el juguete y se lo entrega a Tania. Ella lo agita y lo coloca en la mano de Dima. Permanecen en silencio.
Dima agita el juguete, lo mira acercándoselo al ojo. Se ríe secamente carraspeando. Se seca las lágrimas. Tania también. Grazna el ganso.
Usted, Tanichska, no piense mal de nosotros… solo le queremos ayudar a colocar las cosas. Tanichska, estoy tan contenta de que haya venido, ahora le contaré todas mis confidencias de mujer y usted compartirá conmigo mis preocupaciones. Porque yo no tengo amigas, me cuesta mucho establecer relaciones… Uno de los problemas que tengo es que mi amigo me engaña con otras. Yo, casi cada noche, me pongo la ropa más fea que tengo y le sigo para saber con quién me la da. Estoy ya ansiosa pensando en lo que usted y yo vamos a charlar sobre eso.
SERGUEI. ¡Cállate! No digas bobadas.
LUDMILA. Rastreo sus huellas. Le saco los trapos sucios a la luz. Me engaña, si nos hubiéramos casado no me habría engañado. No podemos casarnos, no tenemos piso, no estamos registrados. Noté en su maleta un vestidillo, le viene muy grande, se lo digo sinceramente y el abriguito también. Le encontraré algún vestido militarista, ahora está muy de moda todo el vestuario militarista soviético…
TANIA. ¡Cojan, cojan todo! No necesito nada. ¡Todo para ustedes!.. (Toma la ropa y la empuja hacia Iván, Serguei y Luzmila.) En cualquier caso estas cosas me recuerdan el pasado. Nosotros empezamos una nueva vida. Y todo eso a la basura, a la basura…
LUDMILA. Muy bien pensado, Tanichka, a la basura, démelos a mí. Toda mi ropa está ya gastada.
TANIA. ¡Sólo les pido una única cosa! ¡Hoy por la tarde, usted ya por dos veces se ha cambiado de ropa y se ha puesto vestidos de mi mamá! ¡Se lo pido, se lo ruego!
LUDMILA. ¿De qué vestidos me habla?
TANIA. Ese mismo verde, ¡es de mamá, de mamá!
LUDMILA. ¿De su mamá? ¿Qué le ocurre, Tanichka? ¿Acaso voy a ponerme ropa de los difuntos? Este vestido lo llevaba antes de la perestroika, es mío, ya tiene muchos años. ¿Cómo se le ha ocurrido eso?
IVÁN. ¿Y para hombres no hay aquí nada?
TANIA. Llévense todo, solo déjenme la maleta, ¡voy a dormir dentro de ella! Aquí en el pasillo había un bonito baúl de la tata. ¿Dónde está ahora?
SERGUEI. ¿Quiere que se lo diga sinceramente? Lo largamos para sacar dinero.
LUDMILA. ¿Qué baúl es ese del que habla, Tanichka? Usted se fue para una semana y no ha vuelto en diez años, y ahora aparece sin dar ni las gracias ni nada y nosotros no teníamos nada para comer, la esperábamos, vigilábamos su piso, su propiedad y usted viene ahora y aparece queriendo imponer su orden, nosotros no teníamos nada que comer y va usted y nos pregunta sobre el baúl de su abuela. ¿Qué es lo que se cree usted? En vez de agradecernos nos viene con estas exigencias…
Se echa a llorar. Arrastra las cosas a su habitación, la manga de un vestido cuelga por el pasillo. Serguei la sigue. Iván lleva su parte a su habitación. Cierran las puertas de golpe.
Pausa. Suena de manera estridente la sirena, salta el cuco y hace un sonido sordo. El ganso grazna una sola vez.
TANIA. (a sus espaldas) ¿Por qué se ofenden tanto? No he dicho nada especial…
DIMA. (Agita el juguete, lo mira.) No se ha ofendido.
TANIA. Con qué cortesía se hablaba en otros tiempos. Cómo han cambiado todos: hablan en plan grosero, se enfadan… ¿Qué crees? ¿No dirán algo malo de mí en la KGB? ¿No?
DIMA. No. No dirán nada.
TANIA. (Se mete en la maleta, se acurruca allí.) Jugamos aquí al escondite y yo me metía aquí, en ese baúl que estaba aquí, me acuerdo… Cómo temo, Dima, a esta puerta, con la que he soñado durante muchos años, está aquí al lado pero me da miedo porque ahí, detrás de la puerta, tiene que estar mi mundo. Pero ya todo es diferente… Allí estaban mis calles, mis países lejanos, los juguetes, los amigos, los próximos, pero alguien vino, forzó la puerta, puso todo patas arriba en mi mundo y ahora yo, a pesar de mis esfuerzos no puedo ponerlo en orden, no hay manera. Ahora hay que construir todo desde cero, desde cero, desde cero… ¿Allí es el reino de los muertos?
DIMA. No fui yo quien forzó tu puerta, yo vivía aquí. Aquí también estaba mi mundo. Y lo sigue estando. Venga, también yo te quiero regalar algo. Para el recuerdo. En la nueva vida. En tu nueva vida. Vamos.
Se levanta, golpea la puerta con el pie, entra en la habitación, enciende la luz. En la habitación de Dima la bombilla es de color azul. Dima se coloca junto al balcón y mira la ciudad. Tania entra detrás de él, va por la habitación tocando las paredes.
SILENCIO.

LA HABITACIÓN DE LUDMILA Y SERGUÉI
LUDMILA. (Sin ponérselo se prueba un vestido, luego otro.) Vaya con el capitalismo podrido. Mira cómo se pudren esos cabrones, fíjate como se pudren. Vaya pamema hace: los vestidos de mamá, los vestidos de mamá. Y yo no tengo con qué cubrirme el trasero. Regala sus desechos. Hubiera podido traer de regalo algo nuevo.
SERGUEI. Un huevo. ¿Oye este David es macho o hembra? (Se ríe.)
LUDMILA. ¿Para que lo quieres saber?
SERGUEI. Sus andares son todo un número. ¡Mañana lo contaré a mi jefe, se morirá de risa!
LUDMILA. Es a la vez una chica y un chico. Tiene un agujero especial y una trompeta. ¡Es que es occidente! Con dólares le han hecho un agujero y una trompeta de plástico. ¿Has caído? Ya hubiera querido yo algo como eso.
SERGUEI. ¿Para qué?
LUDMILA. Para tomarte el pelo, so merluzo. ¿Esto te gusta?
SERGUEI. Una birria.
LUDMILA. ¿Y esto?
SERGUEI. (Se ríe.) Esto es otra cosa.
Se ríen, se tapan la boca, caen al suelo.
Iván está en su habitación, coloca la ropa por el suelo, susurra algo.

LA HABITACIÓN DE DIMA
TANIA. Se le oye aquí también.
DIMA. ¿A quién?
TANIA. Al cuco. Es simpático, sí, pero apetece coger una piedra y tirársela para que no se asome… ¡Dima!
DIMA. (Se vuelve hacia Tania.) ¿Qué?
TANIA. (Pausa.) Dima, cariño…
DIMA. ¿Qué?
TANIA. (Pausa.) Dima, cariño… ¿Qué hay allí en el cielo?
DIMA. Una estrellita.
TANIA. ¿Y allí?
DIMA. Otra estrellita.
Permanecen en silencio.
TANIA. Mañana voy al cementerio. Por la mañana temprano. ¿Me mostrarás sus tumbas? ¿Sabes dónde están?
DIMA. ¿Qué?
TANIA. Tumbas.
DIMA. Lo sé. Allí también está tu nombre. Te enterré hace un año.
TANIA. No lo he merecido.
DIMA. Allí en el rincón está tu regalo.
TANIA. ¿Qué está ahí? ¿Qué papeles son estos? Apetece prenderles fuego… ¿Qué es eso?
Tania se dirige al montón de cartas, se pone de rodillas y los examina.
DIMA. Perdóname. Perdona. Era ridículo tener esperanza. Cómo llegué a odiar a tu gorda mamá, a tu estúpido padre, cómo me avergonzaba de mi madre que, como una esclava, se arrastraba detrás de ellos. Y cómo te quería a ti. Un año, dos, tres, cuatro. Cada día, cada minuto, sólo tú y cada día que pasaba tú te hacías mejor, ocupabas más sitio en mi mundo, yo hablaba contigo, te escribía cartas sin saber a que dirección mandarlas. Nueve años, nueve años entregados a una muñeca falsa… Hace un año, de allí vino un conocido nuestro, juntos estudiamos en el colegio, Vodopianov. Me trajo un saludo de tu parte y se jactó…
TANIA. (rápidamente) Vodopianov, Vodopianov, recuerdo a ese cerdo, llegó a Nueva York, vendía matrioskas para poder comprar alguna mierda barata. Yo no me digné a tratar con él, estoy segura que era de la KGB…
DIMA. …y se jactó de que se había acostado contigo y que lo hacen todos los que quieren. Porque tú ya eres un mito de la emigración rusa en Nueva York: la hija de un embajador de la Unión Soviética se ha convertido en una sucia ramera…
TANIA. (Se ríe.) Vaya con Vodopianov, Vodopianov… ¡¡¡Mentira!!! ¡¡¡Mentira!!!
DIMA. Diez años de la vida, diez años…
TANIA. Hay que cambiar todo aquí, todos los muebles. ¿De quién salió eso de que voy a dormir en el pasillo? Que duerma en el pasillo alguien de vosotros. Yo soy la dueña. ¡Voy a dormir aquí! ¡¡¡Aquí!!! ¡¡¡Aquí!!!
En la habitación irrumpe Iván, cae de rodillas.
IVÁN. ¡Tatiana Danilovna ha llegado el momento! ¡Por Cristo Salvador le pido! ¡La conjuro! ¡Déme! ¡Déme! ¡¡¡Somos ajenos en esta fiesta de la vida!!!
TANIA. ¿Qué…? ¿Qué quiere? ¿Qué pasa?
DIMA. (Se sienta junto al balcón.) Es de una canción popular rusa.
IVÁN. ¡Cállate! ¡No te tengo miedo! ¡Llevas diez años tiranizándonos! ¡Estuvo aquí como un criminal! ¡Se hizo con el poder en el piso, Tatiana Danilovna! ¡Nos ha tiranizado! ¡Hacía lo que quería! ¡Usted es la dueña de esto y yo quiero decir: déme dinero, présteme algo, Tatiana Danilovna! ¡Usted es rica! ¡Mire que aspecto tiene! ¡Parece una actriz extranjera! ¡Ayude al pobre Iván! ¡Compadézcase del pobre Iván!
DIMA. ¡Lázaro, levántate y anda!
IVÁN. ¡Cállate! ¡Ni una palabra! ¡Aquí hay dueños aparte de ti! Tatiana Danilovna, déme, ayúdeme ¡¡¡ayúdeme!!!
TANIA. Tranquilícese, levántese, tome, coja todo lo que quiera, cójalo todo…
Coge el bolso, saca los billetes y los tira al suelo. Iván los recoge con ambas manos, va arrastrándose de la habitación al pasillo, se ríe.
IVÁN. ¡Ha dado! ¡Ha dado!... soy un elegido de los dioses… lo sabía… Dios se lo pague, Tatiana Danilovna. He encontrado aquí una mujer, vivirá conmigo si ahorro dinero y consigo una casa. Usted es una persona verdadera…
Se arrastra hasta su habitación, apaga la luz, se sienta debajo de la palmera, tiembla, se persigna, “se dispara” en la frente:
¡Bang, bang, bang!
SILENCIO.
DIMA. Así vivían ellos…
TANIA. ¿Qué?
DIMA. Nada. Perdóname. Ya estoy borracho. Me da igual todo.
TANIA. Ante mí nadie se ha postrado, nunca…
DIMA. ¿Cuánto le has dado?
TANIA. No lo sé. Allí había dos o tres mil.
DIMA. ¿Rublos?
TANIA. Dólares, claro. Bueno, que los coja. Dice que lo necesita. Vale. Empezará una nueva vida.
DIMA. No la empezará.
TANIA. ¿Por qué? Dijo que tiene una mujer…
DIMA. Pondrá el dinero en una lata y la enterrará en el tiesto de la palmera de su habitación. Siempre hace lo mismo. Por las noches cuenta el dinero. Es así.
TANIA. ¿Para qué quiere el dinero entonces?
DIMA. Por lo visto así vive más tranquilo. Ahorra. Es Iván ¿qué quieres? ¿Para qué le has dado ese dinero? Hiciste una estupidez.
TANIA. Me asustó mucho. Se parece tanto a aquel hombre extraño del hospital de allí. Siempre me pedía un cigarrillo. Se enteró que era rusa y siempre, escupiendo la saliva, me pedía, tenía ojos así, ojos así… Me dice en ruso: un cigarrillo, un cigarrillo, como si pidiera una fortuna y que si no se lo daba moriría… (Pausa.) He olvidado que quería comprar una hembra para el ganso. No tengo ya ni un céntimo. (Va por el pasillo, llama a la puerta de Iván.) Oiga, ¡Eh! He cambiado de idea.
IVÁN. (Abre la puerta, se asoma desde la oscuridad con una palmatoria en la mano.) ¿Qué pasa, eh?
TANIA. Devuélvame varios dólares, tengo que comprar una gansa…
IVÁN. ¿Dólares? ¿Una gansa? ¿Esto es un circo? ¿o un zoo? ¡Esto es el país soviético, aquí no hay dólares de ningún tipo! ¡No sé nada!
Cierra de un portazo. Tania lentamente vuelve a la habitación de Dima. Permanecen en silencio.
DIMA. Por la mañana va al trabajo y yo desentierro el dinero y te lo devuelvo. No tenemos cerraduras en las puertas, les prohibí colocarlas. Yo soy el amo aquí. Mañana te lo devuelvo.
TANIA. Nuestra palmera ha crecido. Era tan pequeñita, tan diminuta…
DIMA. Siempre está sentado junto a la palmera con una palmatoria, se cree que está en América.
TANIA. En América nadie está sentado con una palmatoria bajo una palmera. No vamos a quitarle el dinero. Que lo tenga. Nosotros ganaremos más. No creas que yo estoy totalmente perdida. Ganaremos. David probablemente tenga más dinero. Otra vez me duele la cabeza… Para montar la tienda de sombreros recogeremos dinero de amigos y conocidos de Nueva York. Les llamo ahora mismo, no, mañana, pondrán un anuncio en el periódico y harán una colecta y recogerán dinero para nosotros…
DIMA. Perdóname.
TANIA. (grita) Para este asunto estoy segura de que recogerán dinero. Se esforzarán para un proyecto tan maravilloso, ahora viene David y se lo digo. ¡Oh David, dónde está mi David, mi salvación. Es simpático, es agradable, es tan fácil tratar con él, le quiero tanto. Es la última persona próxima que me queda en el mundo, es mío, es muy mío, no sé por qué, siempre espero que pronto olvide el inglés y empiece a hablar en ruso…
DIMA. Perdóname.
TANIA. (en voz más alta todavía) Sí, sí, eso ocurrirá en su momento, de repente. Empezará a hablar en ruso. Tengo miedo a este montón de cartas, esto no puede ser, lo nuestro era solo una broma, ¿no? Tú eres un loco, eres de la KGB, me da miedo, quiero quemar este montón, no quiero mirarlo, está hablando, allí se ocultan micrófonos. Incluso estoy convencida de que David piensa en su cabeza en ruso, incluso veo a veces como en su cabeza pululan palabras rusas, ideas, preguntas, respuestas, ama a Rusia, a mi patria, al pueblo ruso, ama tanto a todos ellos…
La sirena, el ganso, el cuco. Una llamada prolongada a la puerta. Tania se lanza al pasillo, abre la puerta de entrada.
En la puerta se encuentra David: tiene la cara ensangrentada, lleva la peluca en sus manos, el vestido roto, una manga del chaquetón marino arrancada. Tania da un chillido:
¡David? ¡Qué te ha pasado? ¡Te dieron una paliza? ¡Te pegaron en la calle? ¡Por qué? ¡Bárbaros! ¡Cerdos! ¡Pegaron a mi querido chico! ¡Qué te ha ocurrido David? ¡Por qué?
De todas las habitaciones salen al pasillo corriendo Ludmila, Serguei e Iván.
David enfurecido rompe el espejo que se encontraba en medio del pasillo y el vidrio cae hecho añicos. Ludmila chilla. Enfurecido como un tigre David anda de un lado a otro agitando los brazos con los puños cerrados.
DAVID. ¡¡¡Fuck you Russia!!! ¡¡¡Fuck you Russia!!! ¡¡¡Fuck you Russia!!! ¡¡¡Fuck you Russia!!!
Todos están como petrificados. Dima llora en su habitación.

OSCURIDAD
Final del Primer Acto

* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *

SEGUNDO ACTO

TERCERA ESCENA

LA HABITACIÓN DE DIMA
Ha pasado una semana. El mismo piso. Por la tarde. Nada ha cambiado. El espejo está en el mismo lugar donde estaba en medio del pasillo cubierto por una tela oscura. El ganso está sentado al lado de la entrada.
Tania está en el baño, canta. Viene de fuera Ludmila que entra por el pasillo. Se quita el abrigo y lo cuelga en el perchero. Ludmila lleva un vestido nuevo.
Sin llamar, abre la puerta y entra en la habitación de Dima. Dima está limpiando el suelo.
DIMA. ¿Qué?
LUDMILA. Nada. ¿Dónde está esa?
DIMA. Allí. ¿Dónde has estado?
LUDMILA. Dónde estuve. Dónde iba a estar. Vengo de controlar a Serguei. Oye, hoy mismo la llevamos a los loqueros. Está trastornada, ¿no te has dado cuenta? Llamo ahora mismo al hospital. Y su amiguete ese travestón seguro que también se escapó de un manicomio americano. La KGB, la KGB, me tiene harta con eso de la KGB. Hoy ya he soñado que mi Serguei trabaja en la KGB, con ella aquí nosotros también acabaremos trastornados. ¿Te das cuenta? Venga, llama. Tú eres aquí el jefe. Que se lleven a esa zorra con lazos. ¿Qué hace a todas horas sentada en el trono? ¿Diarrea? ¿Estreñimiento?
DIMA. Márchate.
LUDMILA. ¡No me das miedo! ¡Mírale! ¡Un ojo hacia aquí y otro hacia Tahití! ¡Míra como la defiende! ¡Míra como friega el suelo! ¡Ahora le da al guarro por la limpieza! ¿Nos hicieron mucho bien para que ahora les defiendas? Nos tenían como putas por rastrojo, currábamos como animales para ellos, para toda la familia. ¡¿Y tú por qué les defiendes?!
DIMA. ¿Qué quieres? ¿Qué te falta?
LUDMILA. Quiero olvidarme y dormir, eso es lo que quiero. Ella y ese David en esta semana han acabado con mis nervios. Se han zampado todo, no me dejaron nada. Yo ya perdí tres mil de los míos echándoles de comer. Esta historia me está cargando. Esa no nos trajo prácticamente nada. ¡Una birria de rosa con agua que compró con tres rublos! ¡Y además la rompió y para colmo te la regaló a ti y no a mí! ¡No hay por donde cogerla! ¡Yo no estoy en un campo de trabajo obligada a alimentarles! ¡Ya no hay esclavos! ¡Nosotros hicimos la perestroika! Como dijo Lenin ¡la cocinera tiene que gobernar el Estado!
DIMA. Venga, cocinera, vete a la cocina, prepara la bazofia para tu querido.
LUDMILA. Respóndeme a la pregunta: ¿Qué hace ella en el retrete? ¿Se mama? ¿Tiene en la cisterna una botella, no? ¿o marihuana? ¿hachis? ¿Qué hace ahí?
David sale de la cocina y va por el pasillo, viste frac y pajarita. Lleva el pelo peinado para atrás y con brillantina. Ludmila da un chillido.
¡¿Que coño es eso?! ¡¿Un fantasma?!
DAVID. (pronunciando mal y con un fuerte acento americano) Buenos días. Coño es eso, coño es eso. (Sonríe.)
LUDMILA. ¡Hola, hola, caracola! ¿Qué coño hace danzando todo el día por aquí? Un carnaval, un manicomio. Necesitas un peine, lavarte la cabeza. También va flotando como ella. Cabrón aquí hay que esquilarte. ¿Entiendes? Este no entiende ni hostias.
DAVID. Okey, okey…
LUDMILA. Va de un lado para otro, ni chico ni chica, una cosa sucia. Poco a poco me va sacando de quicio. Creo que es un mangante y quiere sisarme mi oro.
DAVID. (Toca suavemente a Dima en la mejilla.) ¡Buenos días!
LUDMILA. El jodido mariconcete. Al manicomio le falta alguien. ¿Entiendes?
DAVID. Okey, okey.
LUDMILA. Okey. No entiendes una jodida palabra y nunca entrará en tu mollera el alma profunda de la gente rusa, nunca lograreis entendernos vosotros en Occidente, so cabrón. ¡Cara de castrado! Me da mucho gusto decirle a los ojos a ese hijo puta todo lo que pienso sobre su Occidente podrido. ¿Qué tal, te leyeron la cartilla nuestros chicos en la calle? ¿Ahora no te asomas? ¿Estás metido en casa? Ya lo sabes, esto no es América. (a Dima) Duerme en tu habitación, ¿no te mete mano por las noches?
David se sienta al lado del ganso. Desde el retrete aparece Tania, está escuchando.
DIMA. (Limpia el suelo. Dirigiéndose a Ludmila) ¡Vete de aquí!
LUDMILA. Estaría bien si te hubiera metido mano. Hubieras mirado lo que tiene entre las piernas. Luego nos lo hubieras contado. Simplemente, es interesante saberlo para nuestro desarrollo personal. Se afeita por la mañana, lo he visto pero me interesa saber lo que tiene en los pantalones. Es un castrado. Mamá y papá le cortaron todo lo que tenía. Tiene el careto blanco de un castrado…
TANIA. Existen palabras en Occidente que no existen en ruso. Esas palabras son “mentalidad”, “tolerancia” y otras por el estilo. Vuestra mentalidad, la de la gente rusa, es la de subnormales. No sois tolerantes. Sois unos cerdos. No se puede insultar a una persona en su cara si no entiende ni una palabra del idioma. ¡No sois tolerantes los rusos! ¡Sois unos zafios, unos paletos! ¡Fuera, largaos a vuestra aldea si no sabéis que significa “tolerancia”!
LUDMILA. (Se dirige a su habitación, en la puerta dice) Por cierto, hay que apagar la luz del baño. Es verdad que pagamos la electricidad no con dólares sino con rublos pero para nosotros aquí los rublos también son dinero. Sólo para algunos los rublos no son dinero, pero nosotros estamos orgullosos de nuestra gran patria y de que nuestros rublos sean dinero. Hay que apagar, apretar con un dedito el interruptor, aquí no tenemos criados.
TANIA. Te volviste a poner un vestido de mamá. ¿Cuántos has robado?
LUDMILA. ¡¿Tú quien eres aquí?! ¿Tienes algún papel? ¿Estás registrada en este piso? Yo si que lo estoy aunque de manera temporal. ¡En cambio tú no eres nadie! ¡Demuestra que el piso es tuyo! ¡Yo te mando al manicomio, estás trastornada! ¡Llegó aquí esa chusma pintarrajeada, chulos malolientes, América, América! ¡Me cago en tu América! ¡No podrás echarme! ¡Que te jodan!
TANIA. ¡Cierra el pico! ¡Criada! ¡Cállate! ¿Cómo te permites hablar así a la dueña?
LUDMILA. ¡Me cago en la dueña!
TANIA. ¡Estúpida!
LUDMILA. ¡Estúpida lo serás tú!
TANIA. ¡Asquerosa!
LUDMILA. ¡Eso lo serás tú!
Chillan, se lanzan una hacia otra y se enzarzan en una pelea.
Dima sentado junto al balcón en su habitación, no se mueve. David sentado al lado de la entrada, acaricia al ganso, tampoco se mueve. Grita el cuco, se oye el sonido de la sirena.
Termina la pelea, Ludmila se dirige a su habitación llorando. Tania está sentada en el suelo del pasillo, también llora.
TANIA. Qué gente con tan poca vergüenza… no pasaban del umbral de la puerta, no se oían, no se veían, nadie los conocía por su nombre pero se han vuelto descarados y ahora se creen dueños de la casa… Aquí estaba nuestro mundo, había tranquilidad, era una casa moscovita hospitalaria, limpia, rica, vivía gente educada y ahora todo se ha convertido en una cueva de ladrones. Nosotros teníamos de todo: riqueza, dinero, respeto y ahora estoy en la calle, sin nada, nadie me necesita, ellos han pisoteado mi mundo…
Se dirige a la habitación de Dima.
¿Y tú no eres capaz de defenderme? ¡Y he querido a este hombre! ¡Diez años me he pasado pensando en este animal!
DIMA. Ella tiene razón, hay que apagar la luz del retrete.
TANIA. (con ironía) Gracias. Gracias, Dima.
DIMA. Ya es hora de que te acostumbres. En una semana os habéis peleado siete veces.
TANIA. Y tú las has contado. Gracias. Así es la famosa hospitalidad rusa. ¡Mira a David! Me avergüenzo de vosotros ante él. ¡Le asustasteis, le pegasteis, le torturasteis, le pisoteasteis, aniquilasteis al pobre chico! ¡Él sueña con América!
DIMA. Qué se vuelva. Nadie le retiene.
TANIA. ¡No tenemos ni un céntimo! ¡Nos robasteis! ¡Regalé todo a los criados! ¡Les di todo mi dinero!
DIMA. Para otras cosas sí tenéis dinero.
TANIA. ¿A qué te refieres? ¡Eso es asunto mío y de David! Vuestro país es bárbaro, tenéis otra mentalidad. ¡Lo que nos metemos es algo tonificante, no hay nada malo en ello! ¡Y yo no me marcho de aquí! ¡He venido para construir una nueva vida y la construiré! ¡Si no, diréis que he perdido, que me vencisteis con vuestra vulgaridad! Me esperaste. ¡Qué va! ¡Esperabas una invitación a América, que te invitara para comprar allí ropa barata! ¡Yo os conozco a vosotros los rusos! Me esperaste ¡Qué va!
SILENCIO.
Dima está sentado junto al balcón y mira al techo.
Tania entra en el pasillo, se sienta al lado de David, pone la cabeza en sus rodillas.
Una fiera… Mira con su ojo como si te taladrara… Un monstruo, un cíclope… (Susurra). David ¿ves allí en el techo micrófonos? Es la KGB. Nos vigilan constantemente y toda esta gentuza también trabaja para ellos. Ves, el teléfono no suena en toda la semana, antes no paraba de sonar, tenía un millón de conocidos, de amigos, me llamaba gente y ¡ahora el teléfono calla! ¡Es porque en el teléfono hay micrófonos ocultos y nos escuchan! ¡¡¡Quieren que yo desaparezca, quieren matarme, pisotearme!!! ¡No me voy a rendir!
Coge el teléfono, lo tira al suelo y lo pisotea. Se oye la sirena, el cuco.
¡¡¡Ahí también hay micrófonos, también hay cámaras, también!!! ¡No se saldrán con la suya!
Coge el reloj de la pared, lo tira y le da patadas. Ludmila llora en la cama de su habitación. Dima no se mueve en su habitación. David acaricia al ganso, sonríe. Tania coge su bolso, abre la puerta del baño bruscamente y se encierra dentro. Llora.
DAVID. Crazy… crazy… (canturrea en voz baja) “Ochi chornie, ochi chornie…”
David coge un cristal del espejo roto que estaba junto a la entrada, se mira en él, se toca el moratón que tiene debajo del ojo y levanta y baja las cejas. La puerta del baño se abre. Tania se dirige a David como flotando y con una sonrisa.
TANIA. No te mires en el espejo roto David. Trae mala suerte… (Se sienta en el suelo, pone la cabeza en las rodillas de David.) David, en Moscú no hay nada de nieve. Salí a la calle pero no puedo alejarme del portal. Todo cambió tanto. En este edificio vivían los hijos de los embajadores, de los secretarios del comité central. Había un conserje. Ahora todo está sucio, lleno de vomitados y cagadas. El portal está oscuro, se metieron algunos perros, andan algunas viejecitas con sacos, las paredes están llenas de palabras obscenas, todos los pisos están ocupados por cocineras…
David acaricia la cabeza a Tania, sonríe.
DAVID. Crazy, crazy…
TANIA. (Se tumba en el suelo, sonríe.) Qué manos más agradables tienes, David… Mi tata contaba los meses con los nudillos de los dedos, enero, febrero, marzo, abril… los nudillos son los meses de 31 días y los hoyos que hay entre ellos los de 30 días… ¡Qué gracioso! David, qué importante es tener manos bonitas. Las manos y los ojos, eso es la cara de la persona. Hay manos duras llenas de pellejos con uñas cortas redondeadas y que la gente se muerde, esas son manos de asesinos, de estranguladores nerviosos. Ya en sus dedos empiezan los pelos, cortos y negros, y a veces, lo que es más asqueroso todavía, rubios o rojizos… Tantas veces he encontrado estas manos, son tan ásperas, te aprietan, no saben acariciar, tocar, ser tiernas. Casi todas las personas en el mundo tienen manos así… Tres veces en la vida he encontrado otras manos: las tuyas, las de Nikolai, el secretario de embajada y las de una persona más. Estas manos tienen dedos finos y largos, muy largos, son rosados y tienen largas las palmas y con profundos surcos y en las uñas hay pequeñas manchitas blancas… (Se ríe en voz baja.)¿Sabes que significa una manchita blanca en la uña? La tata me dijo que eso es como un regalo, dan suerte, cuando al cortar las uñas llegas a la manchita blanca, ese día te sucederá algo bueno… Yo ya desde hace muchos años no tengo manchitas blancas… Le conté eso a un yanqui y él se rió mucho y dijo que si tienes manchas blancas en las uñas es síntoma de que te falta magnesio, y nada más. Un estúpido yanqui, tenía manos cortas torpes como tablas…
DAVID. (Acaricia la cabeza a Tania, sonríe.) Crazy, crazy…
TANIA. Si no me interesan las manos de una persona, no me interesa la persona… Cuando vi sus manos y luego sus ojos no pude pensar ya en nadie más, sólo en él. Me dio su foto, la tenía en la palma de la mano y de repente, la foto empezó a desvanecerse. La cara se borró, desapareció y entonces yo me desperté. Y no pude recordar su cara pero las manos, las manos yo las veo hasta hoy mismo. Estas buenas y tiernas manos… Me gusta fijarme en las manos ajenas. Uno puede estar enfurruñado, de mal humor pero si me atraen sus manos, quiere decir que en esta persona hay algo. En el autobús, en el restaurante, en la calle miro a las manos y pienso: ¿Qué hacía esta persona con esas manos? Cogía un vaso de vino apartando el dedo meñique, cuanto más apartado más provinciano era –¡ah, esos chicos provincianos, cómo los conozco! – se lavaba el pelo con esas manos, cogía el peine, se miraba al espejo, se tocaba un grano en la frente –¡un simpático grano! –, marcaba un número de teléfono, sujetaba el auricular hablando con alguien, abría la puerta, iba por la calle con las manos en los bolsillos de sus viejos vaqueros, luego se quitaba la ropa con esas manos, se acostaba con un ser querido, abrazaba y acariciaba el cuerpo, un cuerpo tierno, el cálido cuerpo de una persona querida…
Dima sale al pasillo, se sienta a la entrada. Mira a Tania.
DIMA. Hoy tampoco fuiste al cementerio.
TANIA. Tonto, has interrumpido la canción… No, tampoco he ido hoy. Ya te he dicho que no puedo ir en metro. Aquí no tengo coche. ¡Los criados se han encabritado, nuestro viejo chofer se niega llevarme a mí, a su dueña, al cementerio! ¿Y que voy a ver ahí, mi nombre en la tumba? ¡Gracias! ¡Me han enterrado! ¡Dinero para taxi no tengo, mi viejo jardinero arrampló con el dinero! ¡El servicio se ha hecho descarado!
DIMA. Yo te desentierro el dinero ahora mismo.
TANIA. ¡Ni se te ocurra arrebatar las últimas migajas a un mendigo! ¡Yo no necesito nada!
DIMA. Te doy algo para el metro.
TANIA. Yo no soy capaz de ir en metro.
DIMA. Millones de persona van en metro cada día.
TANIA. ¡Yo no soy millones de personas! ¡Soy única! ¡Soy el ombligo del universo! ¡Soy tierna! ¡Soy un ser tierno! ¡Soy un tierno y sensible animal, una gansa! ¡Ni siquiera en América cojo el metro! ¡Esas escaleras mecánicas cuando rechinan tengo la impresión de que eso es el infierno, es la escalera que lleva del cielo al infierno donde los huesos como fósforos, como palillos, crujen, se mueven rasgando mi piel y mis tímpanos! David, dile que esos vidrios, esos trenes, esos rieles, esas baldosas, ese hedor subterráneo… dile que yo no soy capaz de soportarlo, que en seguida empiezo a morirme… Y además, Dima, allí a cada paso, la KGB, tres letras, televisores por todas partes…
DAVID. Ti-vi… ti-vi… (Se ríe.)
TANIA. No, perdona, David, no son televisores, me expresé mal, son cámaras, telecámaras, y ellos están sentados en grandes salas blancas vigilándonos a todos nosotros. Escudriñándonos como si fuéramos moscas, gusanos, insectos bajo el microscopio ¡yo no quiero ser un insecto de indias! ¡No soy capaz de ir en metro!
DIMA. Tania… Escúchame Tania… estás totalmente enferma…
TANIA. ¡Tú estás muy sano! ¡Espantapájaros descerebrado! ¡Tienes sogas en vez de nervios! ¡Qué puedes entender tú de mi delicada y sensible alma! ¡Ni se te ocurra volverme a decir que estoy enferma! ¡Tú eres un cadáver, un cadáver en descomposición! Tú mancillaste mi mundo, aquí estaba mi mundo, mi infancia y ahora solo existe muerte, este montón de papeles. De todo el mundo solo me pertenecía este trocito, el pequeño territorio de mi infancia y tú lo allanaste y lo pisoteaste con tus botas ¡botas, botas! Queréis mandarme al manicomio, ya les habéis llamado, dentro de unos momentos vendrá un coche a por mí, pero yo no me entrego viva, para que lo sepas ¡antes me tomo una pastilla o me clavo un cuchillo y me mato! ¡Sólo una tonta como yo os soportaría a todos vosotros en mi mundo! ¡A ti, a esa subnormal de Ludmila, al cretino de su marido, al idiota de la palmera, ahora os echo a todos, a dormir al metro! Vosotros vais en metro, vosotros estáis hechos a eso, os entrego a la KGB y este piso lo voy a vender a los amarillos, a los yanquis, a los teutones, a quien sea: ¡no estaréis aquí!
Agita a David cogiéndole por los hombros, lo levanta. David se ríe.
David, ¡mi querido chiquillo! Eres un hombre, diles a este nido de serpientes con toda tu autoridad: “¡Fuera, cerdos, aquí no tenéis nada que hacer, fuera! ¡¡¡Largaros de aquí!!!”.
Dima coge a Tania de las manos, la arrastra a su habitación, la empuja hasta hacerla caer al suelo.
SILENCIO.
David, ayúdame… unas manos atraviesan la pared y me tocan. David… manos por todas partes…
DIMA. Tranquilízate, tranquila, todo está bien.
TANIA. ¿Eres tú, David?
DIMA. Soy yo.
TANIA. Aquí todo está oscuro, tengo miedo.
DIMA. No temas, no pasa nada.
TANIA. Dame la mano… Qué bien… Qué calma… David, que bien que te tengo a ti… Empezaste a hablar en ruso… Sabía que ibas a hablar en ruso… Eres mi única salvación, David… Si tus manos cogen mis manos estoy tranquila…
DIMA. Tranquila, cálmate… Estoy junto a ti… Lo he decidido: nos casaremos… Te curaré, conseguiré que te pongas bien… Tengo que estarte agradecido… Me has dado muchos años de tranquilidad, muchos años de amor, y no importa que todo tuviera lugar sólo aquí, en mi propio mundo, en esta habitación, en mi cabeza. Te quiero. Empezaremos todo de nuevo, todavía no es tarde, todavía tenemos tiempo, todavía no es tarde, mi querida, mi cariño, nosotros empezaremos de nuevo…
Tania enciende el mechero, mira a la cara de Dima.
TANIA. ¿Tú quién eres?
DIMA. Soy Dima, soy tu Dima…
TANIA. Tú lo que quieres es violarme… Noto como tiemblan tus manos de deseo… Inventaste una chica bonita, durante diez años la escribiste cartas y ahora yo soy culpable de ser otra… No me toques… Manos por todas partes… me rodean las manos…
Tania se arrastra por el suelo a un rincón. Otra vez enciende el mechero. Mira al montón de papeles. Permanece en silencio.
Para que están estos papelitos en mi mundo… Quiero prenderles fuego… Quisiste violarme… (Prende fuego a las cartas.) ¡Sé que querías violarme! ¡Todos sois iguales! ¡Socorro! ¡Fuego! ¡Socorro!
Tania se levanta del suelo de un salto, corre al pasillo, se lanza hacia David, se arrima a él. Dima también se levanta, pisotea el fuego y con el chaquetón trata de apagarlo.
¡Fuego! ¡Socorro! ¡Nos quemamos!
DAVID. (Sonríe, acaricia la cabeza de Tania.) Crazy, crazy…
Las líneas de las hojas densamente escritas se retuercen y se descomponen en el fuego.
OSCURIDAD.

CUARTA ESCENA

COCINA.
El día siguiente por la noche. En el piso hay oscuridad, sólo en la cocina hay una bombilla roja que cuelga del techo. Bien arreglados, tranquilos, limpios, están alrededor de la mesa Ludmila, Tania, Serguei, Dima, David. Toman sopa. Ya no hay luces navideñas en el pasillo. No está el cuco, tampoco el ganso. Detrás de la ventana las sirenas como antes, de vez en cuando, suenan de manera estridente. En el piso todos están en calma y algo asustados.
LUDMILA. (Come sopa.). No, yo desde luego estoy encantada, Tanichka, de que la gente hable en extranjero, no en ruso pero con la condición de que lleven pantalones, pantalones, ¿entiende? Así que, David, bienvenido pero la próxima vez, con pantalones, porque nuestra mentalidad rusa no está demasiado predispuesta para la tolerancia. ¡Cuánto fumo! Es por mi nerviosismo ante vuestra partida. ¡Que se repita la visita! Nosotros seguiremos vigilando su piso. Estaremos encantados con su visita. (Come y fuma.)
Serguei tiene un ataque de hipo.
Llueve en la calle. Incluso la naturaleza llora, Tanichka, ante su partida. Coman por favor, coman que el viaje será largo.
TANIA. Perdóneme, me siento muy mal, tengo que curarme los nervios. Qué bien se está aquí, que tranquilidad, en casa, en la patria. Ninguna guerra, ninguna masacre. Un rincón tranquilo en la mitad de Rusia. Mi casa, pacífica y acogedora. Allí en América yo siempre recordaré que mi mundo es tranquilo y acogedor. Y cuando necesite huir de todos, del ruido y del fragor, vendré aquí. Aquí entre ustedes me calmaré los nervios. Ludmila, ¿que tienen aquí en la pared? siempre quise preguntárselo.
LUDMILA. Serguei y yo tenemos esta tradición familiar: pegamos las etiquetas de las botellas en las paredes.
TANIA. Bonito. Pronto toda la cocina estará cubierta hasta el techo de etiquetas.
LUDMILA. No, no somos alcohólicos, a veces, en las fiestas… no hay que hacer reformas, sirve de papel pintado. Es práctico y bonito. Cuando vienen invitados les digo con orgullo: “Todo eso lo hemos bebido Serguei y yo”. Coman… coman.
TANIA. David, a nosotros los rusos nos gustan mucho los cumpleaños. El cumpleaños y el Año Nuevo son las fiestas más celebradas del año. Dentro de unos trescientos años la gente celebrará cada día cumpleaños o años nuevos, entonces todos estarán felices. Durante algún tiempo seguirán enfadándose y luchando unos con otros pero luego todo se calmará y vendrá el gran amor a la tierra y todos serán felices. Creo que será así. Toda Rusia se convertirá en un jardín…
LUDMILA. ¿De los cerezos?
TANIA. No, ¿por qué? De manzanos. Y los rusos de todo el mundo regresarán a casa, a la patria. Porque la mejor vida y la mejor gente estará aquí en Rusia. David, para vosotros es muy importante la Navidad pero para nosotros, la fiesta de cumpleaños y el Año Nuevo. Feliz cumpleaños, Dima… Que tranquilo está todo. Me imagino que ahora se abre la puerta y entra mamá, y pregunto: “¿Mamá, qué tal estás? A mi me gusta mucho este vestido azul tuyo, te sienta muy bien… ¿Y papá está en el trabajo? Bueno… bien”.
LUDMILA. ¿Cómo todavía no ha empezado a darme la lata con los vestidos?
TANIA. ¿Qué?
LUDMILA. Coman, coman, que el viaje será largo.
TANIA. Tengo la impresión de que falta algo, no sé el qué.
LUDMILA. El cuco.
TANIA. Ah, sí. Dima, quise contarte que cuando murió la tata, ese mismo día lo sentí. Era invierno, por la noche y de repente por mi cuchitril en el tercer piso –era un sucio cuchitril– de repente vuela una mariquita. Se posó en mi mano y se quedó tranquila, sus alas vibraban. Siempre cierro las ventanas porque en Nueva York como aquí suenan las sirenas de la mañana a la noche. Y de repente aparece una mariquita. Yo en seguida pensé: es que ha muerto la tata y su alma voló hacia mí para despedirse. Su gran alma ocupó toda mi pequeña habitación y yo abrí la ventana para que saliera la mariquita y la dije: “Perdóname tata, perdóname…” Y me metí en la cama y me puse a llorar…
LUDMILA. Coman, coman…
Serguei continúa con su hipo.
TANIA. ¿David, entiendes de lo que estoy hablando?
DAVID. Okey…
LUDMILA. Entiende. Como un perro. Pero no puede hablar. Coman…
TANIA. Qué bien que he comprado un billete de ida y vuelta. Algo me decía que debía comprar este billete. Era más barato y por eso lo compré.
DAVID. Okey.
TANIA. Dima, no tengo nada que regalarte. ¿Hacemos un trueque? Me das tu chaquetón de marino con botones brillantes y yo te doy mi abrigo. Es de cuero y no tendrás frío cuando toques en el paso subterráneo… Yo me pongo tu chaquetón, llegó con él a América, me lo quito y lo cuelgo en el perchero. Por las noches lo acariciaré, abrazaré las mangas vacías, miraré al lado izquierdo donde estaba tu corazón y pensaré que hay en el mundo un hombre que me quiere y que me apetecería arrimarme a ese hombre, pero entre nosotros se interpone el océano… Arrimarme a ti, a alguien imaginado por mí, vivido en mi mundo imaginado, en el Moscú imaginado, en el país imaginado… Echo de menos el ganso. Voló. Para que no se me olvide aquí está la llave del piso, toma, Dima, yo ya no la necesitaré. Pobre ganso, vuela por encima de los mares, de los océanos, hacia los países cálidos. Los pájaros marchan en invierno allí donde hace calor. (Canturrea:) “Vuelan los pájaros otoñales en la lejanía azul del cielo pero yo me quedo contigo…” De repente me han venido a la cabeza unos versos escolares… “Pero yo me quedo contigo”…
LUDMILA. ¡Sí, sí! “¡Pero yo me quedo contigo, mi querida tierra! ¡No necesito la costa turca! ¡La tierra ajena, no la necesito!” (Llora.) ¡Perdónenos pobre Tania, perdónenos!
TANIA. Perdonar ¿por qué?
LUDMILA. Porque sí, perdónenos…
TANIA. (Sonríe.) Si es porque sí, de acuerdo, perdono. Y vosotros a mí. Voy a recordar esta ciudad como un inmenso piso compartido, sin calles ni avenidas, un inmenso piso compartido. Donde vive el ganso, un cuco en la pared, centellean los adornos de navidad, las paredes están cubiertas por etiquetas de vodka; en esta ciudad no paran de sonar las sirenas porque la ciudad está abrasada por incendios, todos mueren a cada segundo, todos tienen ataques y convulsiones y en este inmenso manicomio un loco está encima de una montaña de cartas. El loco tiene un solo ojo, lleva un chaquetón marino con botones brillantes y está tocando la polonesa de Oguinsky “La despedida de la patria”… Perdonadme. Voy a despedirme de las habitaciones.
LUDMILA. Iván vendrá tarde. Coma, Tanichka, aquí hay hidratos de carbono, proteínas, grasas…
TANIA. Luzmila, usted no parece una persona que se preocupe mucho por su salud, yo sí que tengo que preocuparme por ella. Viajar para una semanita a las Bahamas, descansar, curarme los nervios…
LUDMILA. Yo le despediré por usted. Le doy un beso de su parte. Le diré que es su beso. También la beso a usted y le diré que es el beso de Iván. Lástima que me precipitara, llamé al taxi para las nueve, hubiera podido ser algo más tarde…
TANIA. Sí, sí, a las Bahamas. Palmeras, sol, gente guapa, despreocupada… Si me patria hubiera sido las islas Bahamas yo hubiera sido bahámica y mi padre hubiera sido bahámico. Hubiera pasado media vida sentada debajo de una palmera con una vela en las manos. Hubiera comido sólo plátanos y bebido sólo zumo de piña… Voy a despedirme de las habitaciones, me pongo el chaquetón…
LUDMILA. Claro, vaya.
Tania sale al pasillo. Entra en la habitación de Iván, se queda en medio mirando las paredes.
Come, come querido David. No te atragantes. Fíjate como toma nuestra sopa rusa el alemán.
DAVID. Tomo por el culo. Okey.
LUDMILA. (dirigiéndose a Serguei) ¿Fuiste tú quien le enseñaste eso? Muy bonito, Serguei, que se marche con ilustración. Cosas buenas no se aprenden en Moscú pero lo malo en seguida se pega.
TANIA. (Va por la habitación de Iván.) “Buenas noches, buenas noches, mis amigos…” (llama en voz baja) ¡Dima! ¡Ven aquí un momento!
Dima se dirige al pasillo, se para en la puerta de la habitación de Ivan.

LA HABITACIÓN DE IVÁN
Dima, me asusto tanto cuando por la calle pasan coches con sirena. Siempre pienso que viene una ambulancia para llevarme al manicomio por órdenes de la KGB. Dímelo sinceramente a la cara, ¿ella llamó de verdad a un taxi?
DIMA. Sí.
TANIA. Mientes. ¿Queréis mandarme al manicomio?
DIMA. Estás trastornada.
TANIA. (Pausa.) Dame un cigarrillo…
DIMA. Toma el paquete. Como recuerdo.
TANIA. (Coge el paquete, lo manosea, se sienta en el suelo debajo de la palmera.) El paquete con la cifra 14… Es acogedor estar aquí. Él se sienta aquí y sueña… Mira, ahora veo en esta pared una imagen; siempre me persiguen imágenes. Aparece poco a poco y luego igual de lentamente se desvanece empapando mi piel, mi conciencia, mi corazón y yo la veo completa, absolutamente clara, con todos los colores y todos los sonidos… Luego aparece otra, bonita, algo cursi pero bonita, algo de esta imagen he visto en sueños, algo he visto en la realidad… Miro tu cinta negra en el ojo y de repente recuerdo una cinta negra de bigotes de un comerciante de una calle en Oriente. Voy por la calle con pantalones cortos, con un bolso rojo al hombro y a mi encuentro corren cuatro niños, van vestidos con un traje negro de lino, me ven, asombrados miran mi piel blanca, y de asombro, sus ojos se agrandan como bolas de Navidad. Uno de ellos me mira intensamente con sus negros ojos, ese pequeño niño, y en ese instante, de pronto, me parece que yo no soy yo sino ese niño y que en alguna parte de esta calle hay una grieta, no, no es grieta sino un pequeño callejón que lleva a mi casa, a mi mundo, a mi vida. Hay una pequeña puerta de latón y madera y detrás de esta puerta vive mi mamá, mis hermanos y hermanas, vivo yo, y voy corriendo a casa, abro la crujiente puerta y allí, en un rincón, están amontonados, sucios y cubiertos de polvo, mis viejos juguetes artesanales; es mi polvoriento y espinoso mundo. Mi madre está junto al fuego en medio de la habitación preparando la cena, me voy al rincón, cojo unos juguetes y espero la cena, tengo hambre, manoseo una muñeca de trapo. Sé que pronto, de su tiendecilla, viene mi padre. Su tiendecilla está frente a nuestra casa. Padre está allí, contando el dinero y frunciendo el ceño. Junto a la tienda, en una bandeja de hierro o algo parecido hay brasas y un sucio artesano da golpes con un martillo para hacer adornos de metal: unos largos pendientes orientales o unos brazaletes poco sofisticados, y el sudor recorre su rostro; está pensando en su casa, en que el día ha terminado y empieza el crepúsculo gris, que él termina el adorno, que se lo da a los niños y estos van a venderlo a los estúpidos turistas… (Pausa.) Lo cuento durante mucho tiempo pero esta imagen, como tantas otras, pasa por mí en un segundo. Veo todo, incluso puedo tocarlo, hasta tal punto todo está vivo… Y así cualquier detalle puede provocarme unas imágenes como esas… Dima, tu tienes unas manos muy bonitas, hace tiempo que quería decírtelo, hace mucho, mucho tiempo. Las miro y pienso que tú tocas el violín en el subsuelo, en los pasos subterráneos de la ciudad. En seguida recuerdo como una vez me encontré en el metro, –odio el metro pero una vez me encontré en él– cómo ocurrió no lo sé, pero estoy allí. Encima de mi baldosas de mármol, se oye el trombón, pienso que ya estoy en el paraíso pero entonces ¿por qué alrededor de mi veo el infierno? ¿Por qué el metro? Tocaban el trombón y pensaba que eran ángeles, arcángeles, pero resulta que era el sonido de “Tulipanes de Ámsterdam”. ¿Recuerdas? (canturrea) Ta-ri-ro-ri-ro-rá… Miro a un lado y a otro: ¿Por qué estoy aquí? ¿Dónde está el trombón? Y resulta que es un músico negro, muy tarde por la noche, llama la atención de la gente, pide una limosna. O igual toca porque no tiene donde ensayar y no quiere para nada nuestra limosna. Es él quien nos da una limosna, su música, y gotas de sudor recorren su negra y brillante frente, se deslizan por sus orejas, luego van a los surcos de los labios y caen en el cuello de la ajada camisa blanca, está totalmente mojada. El pobre no tiene donde tocar, no tiene casa, sólo tiene su trombón y una bolsa negra que está abierta junto a sus manos, la bolsa pide limosna para sí, no para su dueño: él no necesita nada, está en el paraíso. Sólo necesita aire, aspirar y respirar aire, para que nazca la música. Este pasaje en el metro no es su mundo, su mundo es la música: de ella están hechos los edificios, las calles, está cosido el cielo, está moldeado el sol, de la música están hechos los hombres, para él ellos cantan no hablan… Un trombón en el metro pulido hasta que brilla, nadie, sólo las ratas, las descaradas ratas, en la oscuridad corren y escuchan la música… Perdóname Dima, soy culpable, pasé de largo de ti, pensaba que todo era broma, no creía que fuera verdad, ahora no me quieres, sólo me compadeces, bueno, vale, sabré allí en América que alguien me recuerda y me compadece…
Iván entra en el piso y luego en su habitación.
IVÁN. Buenas noches.
TANIA. Ah, perdone Iván… Entré aquí en su habitación, le molesté… Quería despedirme. Perdone y adiós. Adiós. Es usted una persona simpática.
En silencio, mira a Iván. Iván baja los ojos, se pone nervioso.
IVÁN. Pero, qué es eso… Como en un entierro… Como con los muertos… Pero qué ocurre… Usted no es ajena en esta fiesta de la vida, usted no es ajena… Espere…
Se lanza hacia el tiesto donde está la palmera, busca allí, saca una lata, el dinero. Se lo tiende a Tania.
Tome. Tome Tatiana Danilovna… es para usted. Lo necesitará usted allí más. Tome, tome, yo no lo necesito…
Tania confusa sujeta el dinero en sus manos.
TANIA. Te lo agradezco Iván… Pero tú mismo lo necesitas, toma…
IVÁN. (Agita asustado las manos.) ¡Lo que me faltaba! ¡Para qué voy a necesitarlo! ¡No soy ni Johan ni Abraham, ni Barenboim! Tú lo necesitas. Toma. ¡Toma!
Se pone a llorar, besa a Tania, se sienta bajo la palmera. Tania permanece en silencio.
TANIA. Estos rusos son imprevisibles. Ya no estaba acostumbrada. No sé ni que decir. De repente el odio, luego el amor, luego no se sabe qué… Gracias, Iván. Eres una buena persona. Gracias.
IVÁN. (Llora.) ¡Iros, iros! ¡Ya estoy llorando, iros! Tú lo necesitas más. Tú, eso, vive. ¡No tendrás una vida fácil allí, en América! ¡Nosotros aquí nos apañamos! ¡Iros los dos!
TANIA. Adiós, Iván. (Mira atentamente la habitación.) Gracias. Durante toda mi vida he dependido de la bondad de la primera persona que aparecía en el camino… De la primera persona que aparecía en el camino… Me parece que he leído eso en alguna parte… Adiós.
Sale al pasillo. Coge el chaquetón del perchero. Lentamente, como si se pusiera la piel de alguien, se viste con él. No dice nada. Se sienta encima de la maleta. Dima está junto a la puerta de la habitación de Iván, apoya la cabeza en la puerta y fuma.

EL PASILLO.
TANIA. Adiós, adiós, adiós… Adiós-adiós-adiós… Adiós, adiós, adiós… “Moscú, cuánto dice esta palabra al corazón ruso, cuánto reverbera en ella…” Adiós, adiós, adiós… “El enemigo nunca logrará que agaches la cabeza, mi querida capital, mi Moscú dorada…” Adiós, adiós, adiós…
Desde la cocina vienen Ludmila y Serguei. Se paran y miran a Tania.
David está en la cocina comiendo.
(Susurra). Adiós, adiós, adiós… Adiós-adiós-adiós… Buenas noches mis amigos.
Se levanta de la maleta, abre cautelosamente la puerta de la habitación de Dima. Entra en la oscuridad, se para en medio de la habitación.

LA HABITACÓN DE DIMA.
La tata está sentada en una silla junto a la ventana haciendo punto. Levanta la cabeza, mira a Tania por encima de las gafas, le dirige una sonrisa. Está callada esperando.
Adiós tata… adiós. (canturrea en voz baja una canción de campamento infantil) “Encrespad hogueras en las azules noches, somos pioneros, hijos de obreros, se acerca una era de luminosos años…” (Pausa.) Adiós.
Sale al pasillo, se dirige a la habitación de Ludmila y Serguei.
(susurra) “Uno, dos, tres… te toca a ti…”

LA HABITACIÓN DE LUDMILA Y SERGUÉI.
El padre y la madre están sentados en diferentes rincones de la habitación oscura. Miran sonriendo a Tania.
Adiós mamá, adiós papá. (Pausa.) Buenas noches… mis amigos.
Sale al pasillo cerrando cautelosamente la puerta tras de sí.

EL PASILLO.
Se sienta encima de la maleta. Sonríe y mira a Serguei, Ludmila y Dima.
Bueno, ya está. Me he despedido. Adiós a todos.
LUDMILA. (Llora.) Hasta la próxima, cariño, hasta la próxima.
TANIA. Esperamos el taxi. Viene pronto. Dima, no me olvides. Yo no te voy a olvidar. Ven a América a verme si quieres. Si tienes tiempo libre. Sé que tienes mucho trabajo, cada día en el subsuelo, en el paso subterráneo tocas la polonesa de Oguinsky… Puede ser que un día vuelva y tú vas a tocar el violín y yo al lado voy a bailar un cisne… (Se ríe.) Igual alguien tendrá compasión de nosotros, payasos, y nos echa una limosna… (en voz alta) ¡David! ¡Ya es la hora!
Desde la cocina viene David, coge un trozo del espejo, se mira y se pinta los labios. Se sienta en el suelo junto a la maleta y reposa la cabeza en las rodillas de Tania. Parece un perro al lado de sus pies.
Tania acerca a David hacia sí, sonríe.
Sale Iván de su habitación.
Todos miran a Tania y a David. No dicen nada.
¡Querido David! ¡Mi chico! ¡Mi tesoro! ¡Cómo te quiero! ¿A casa, David? ¿A casa? A casa… A casa… Adiós. Nosotros nos vamos a casa.
DAVID. (Sonríe y mira a Tania buscando su aprobación.) A casa… a ca-sa… adiós, adiós.
IVÁN. Pobre… Tan lejos… Y para qué…
SERGUEI. Hasta la vista.
DIMA. Adiós.
LUDMILA. (Se seca las lágrimas.) No pasa nada… Pronto llegará el taxi… No os preocupéis… todo se arreglará… todo irá bien… Si aquí no fuera bien nos iremos más allá del Baikal, donde está mi hija, ahí dicen que la aorta es diferente… Nada, sobreviviremos. No nos hundiremos…
Tania está sentada encima de la maleta, con la espalda recta, con David a sus pies.
La oscuridad se hace más densa. Suena una sirena tras la ventana.
De las habitaciones salen la tata, el padre, la madre, miran a Tania.
Detrás de la ventana, más alto que el sonido de la sirena, suena una orquesta de instrumentos de viento interpretando, de una manera festiva pero algo triste, una marcha basada en la polonesa de Oguinsky.

OSCURIDAD.

Telón.

Febrero de 1993, Hamburgo

© Traducción José María Cañadas/Galina Lukiánina, 2006
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