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El teatro de Nikolái Koliadá

El primer edificio de Koliadá-teatro

Nikolai Koliadá (1957) es uno de los más conocidos autores del teatro de Rusia actual y, tal vez, el que más obras tiene escritas (Lope de Vega de los Urales, ironizan algunos) y presentadas en distintos teatros de Rusia y en algunos extranjeros. Nikolai Koliadá empezó su carrera teatral como actor en el Teatro Dramático de Ekaterinburg (la capital de la región de los Urales). No oculta que le echaron del teatro por alcoholismo. Ahora no queda ni huella de eso. Lejos de hundirse, fue a estudiar al famoso Instituto de Literatura de Moscú y se puso a escribir obras de teatro. Cuenta él mismo que la primera obra suya (escrita en 1986) la presentaron cien teatros a la vez, “entonces de repente me hice rico, dejé de beber”, en fin, un milagro…

Un dibujo callejero en Ekaterinburg

Una de sus obras se presentó en un teatro clave de Moscú, “Sovremennik”, empezó a ir mucho al extranjero, más tarde tuvo una beca en Alemania y desde aquel entonces mantiene relaciones especiales con este país. Sin embargo no sólo no se ha trasladado a Moscú (que es una práctica habitual cuando uno de repente obtiene éxito) sino ha desarrollado actividades frenéticas al apoyo del teatro y literatura en Ekaterinburg, para atraer a los jóvenes. Y eso en los tiempos cuando precisamente han empezado a salir al primer plano los valores muy diferentes de lo de trabajar en teatro o escribir relatos... Se ha convertido en una figura verdaderamente carismática, un rompehielos que lleva detrás de sí un montón de gente que comparten su actitud y obsesión: a los actores de “Koliadá-teatro” fundado en 2002… a los dramaturgos y escritores jóvenes a los que “cultiva” en el Instituto Teatral donde lleva seminarios de creación literaria… al equipo de la revista literaria “Ural” que encabeza desde 1999… Algunos de sus alumnos son ya autores de teatro conocidos, como es el caso de Oleg Bogáiev o Vasili Sígarev. Gracias a él se habla incluso de la “escuela dramatúrgica de los Urales”, de hecho parece que es la única que hay hoy el día en Rusia.

Cuando Koliadá escribía sus primeras obras de teatro, en la prensa rusa era popular la palabra chernuja (de "negro", en ruso) que se refería a dramaturgia, literatura, cine que pintaban la realidad de “tinta negra”, es decir contaban lo que no era habitual contar en la época soviética: sobre prostitución, alcoholismo, malos tratos, desesperación, condiciones cutres de la vida cotidiana, miseria espiritual, etc. Y más que nada, lo característico de este tipo de arte era una sensación de agobio, una falta de cualquier emoción positiva, salvo –en algunos casos– obligatorio, para la tradición literaria rusa, imperativo de “compadecer a los caídos”. Koliadá va más o menos por este mismo camino, lo que pasa es que sus obras, crueles en ciertos momentos, están llenos de sentimentalismo puro y duro, y tienen siempre una dimensión, digamos, metafísica expresada en lenguaje de sus personajes, bastante torpe para eso (y agilísimo para cualquier giro de argot o broma obscena). Autor nunca marca frontera entre sí y esos personajes, de entrada poco simpáticos. No cansa en describir con una soltura e compasión este abigarrado mundo de suburbios rusos.

Saca todo el partido de su apellido (Koliadá es un dios pagano eslavo, su fiesta era del 24 de diciembre a 6 de enero; koliadki se llaman villansicos rusos) y convierte su “Koliadá-teatro” en un teatro en sentido popular, donde los espectadores se reciben como invitados deseados, con samovar caliente a la entrada, donde los actores lloran y chillan y interpretan sus papeles con una abnegación total, y en la pequeña sala uno se siente completamente cómplice del espectáculo.