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Pintores del subsuelo

Mié, 20/04/2016 - 13:15
no a la pintura abstracta

“Nosotros decimos de las pinturas estadounidenses que son de tamaño sofá. En Rusia en esa época teníamos tamaño maleta. Había una broma favorita de todos nosotros: la obra tenía que encajar en una maleta extranjera” (réplica de un pintor, “El rescate del arte ruso”).

Existía el underground artístico en la Unión Soviética. Hablo en este caso de la pintura en los años 60-80. Dos acontecimientos-claves son muy conocidos. Primero, la bronca monumental que recibieron los pintores de tendencia abstracta en una exposición en Moscú en 1962 de boca de Jruschov, el jefe del Estado. Segundo, una exposición al aire libre en otoño de 1974 en un parque de Moscú que fue arrastrada por los bulldozers por orden de las autoridades y se quedó en historia con el nombre de exposición “bulldozerista”.

Menos se sabe de la vida cotidiana de estos pintores no oficiales, de qué vivían, cómo intentaban salir adelante con su arte, enterarse de las tendencias artísticas fuera de la URSS, no quedarse apartados de ellas. En Moscú y otras grandes ciudades, a las que llegaban extranjeros, a veces conseguían venderles sus cuadros, eso les permitía afirmarse como pintores.

De esta vida oculta del underground soviético habla el periodista norteamericano John McPhee en su libro “El rescate del arte ruso. La salvación de un patrimonio perdido” (Destino, 1996). Por cierto, no sé cómo está traducido al español y no al ruso. Este libro es una madeja de temas muy interesantes, que no siempre conduce a una aclaración completa pero tampoco es obligatorio.

Su personaje principal es un economista estadounidense algo excéntrico, Norton Dodge, que buscaba por toda la Unión Soviética a pintores no oficiales (parecía como ir de una célula a otra de una organización clandestina), les compraba sus cuadros y luego se las apañaba para llevarse estos cuadros a los Estados Unidos. El mecanismo de este “contrabando” no queda del todo claro aunque se da a entender que a eso se dedicaba gente de las embajadas extranjeras.

En el otro foco del libro están los pintores. Destaca Evgueni Rujin, uno de los “cabecillas” del no-conformismo que al final murió en un incendio de su estudio en Leningrado (1976). No se supo si su muerte fue o no un accidente. Eran los años de Brézhnev, fuera de Rusia se sabe muy poco de aquellos tiempos, no había ni logros ni tragedias espectaculares, y dentro del país aquellos años se percibían como –por fin- relativamente prósperos y tranquilos.

Norton Dodge, un solitario cazador de cuadros, explica por qué, en su opinión, la pintura underground de la URSS interesó tan poco a Occidente:

“El nexo necesario para el desarrollo del interés por alguna clase de movimiento de arte se estaba perdiendo. Gran parte del nexo gira en torno del mercado del arte, la compra y la venta del arte, el mecanismo capaz de hacer que el artista pueda sobrevivir y producir. Esto no existía en Rusia. Los estadounidenses no estaban interesados porque a los historiadores de arte les gustan los artistas muertos, los marchantes quieren un suministro constante y los críticos reseñan exposiciones, no van por ahí descubriendo artistas. Los museos no coleccionan artistas a menos que hayan sido consagrados por tener muchas exposiciones con buenas reseñas…”

Una pequeña parte de los cuadros que había comprado Dodge (se menciona que compró ¡unos nueve mil!) llegó a los museos, el resto está apilado en su finca. A John McPhee que los ve no le impresionan: “En cajas había numerosas pinturas con connotaciones burdas o delicadas de desprecio al régimen soviético, solo unas pocas de las cuales, pensé, habían llegado a superar el nivel de caricaturas políticas”. Pero tienen un valor histórico indudable.