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Una unión europea bajo Hitler

Mié, 10/02/2016 - 14:41
El-rapto-de-Europa-de-Serov

“¿Qué dicen por allí sobre Schengen?”, me manda un mensaje de skype mi prima de San Petersburgo, toda preocupada. Miles de rusos ya se han acostumbrado a viajar libremente por Europa con un único visado, y no les agradan nada los rumores de que puedan volver los controles fronterizos entre los países europeos. Enciendo la televisión rusa y escucho a tertulianos hablar con satisfacción, si no entusiasmo, de la ola de refugiados y otros problemas de Europa, esa Europa burocratizada e influida por los Estados Unidos, que cerró filas para poner sanciones a Rusia, y que hubiera sido mucho más fácil llegar a un acuerdo con cada país por separado. …Y aquí, en España, no hace falta ni decir lo que piensa mucha gente… La famosa austeridad obligada, los alemanes que se creen mucho y “…luego mira lo de Volkswagen”.

Acabo de leer un libro de Sebastian Haffner, “Anotaciones sobre Hitler” (se publicó por primera vez en 1978). Es un libro que lo lees casi sin querer. Corto, claro, con un rico análisis de la figura y de la acción de Hitler. Uno de los principios de Haffner es no rechazar que 2x2 sea 4 solo porque Hitler seguro que hubiera estado de acuerdo con eso. Ve que Hitler, como cualquiera, se fundamenta en los lugares comunes de su tiempo hasta que llega a un punto en el que empieza a desviarse por el camino de locura. Desenredando la maraña de la “cosmovisión” de Hitler, Haffner distingue “dos objetivos totalmente distintos”: el dominio de Alemana sobre Europa y el exterminio de los judíos; no tienen nada que ver entre sí. El segundo objetivo es una locura asesina. En cambio, el primero no es una locura: hubo más de un personaje histórico que intentó conseguir el dominio sobre Europa: Carlos V y Felipe II, Luis XIV, Napoleón…

Así surge un tema, o más bien un enfoque, que no se espera ver relacionado con el nombre de Hitler: el tema de la unidad de Europa.

Dice Sebastían Haffner (además en calidad de “testigo”: nació en 1907) que al observar cómo disminuyó el papel de Europa después de la Primera Guerra Mundial, mucha gente pensaba: “¿No necesitaba Europa unirse si quería conservar su posición en el mundo?” “¿No presuponía dicha unidad, por lo menos en su fase inicial, el predominio de la potencia más poderosa del continente? ¿Y no era acaso Alemania esa potencia?” Todavía se recordaba el éxito reciente de la unificación de los estados alemanes…

Esta “predisposición” era algo que permitió que “Hitler estuviera en dos ocasiones a punto de alcanzar su objetivo: en otoño de 1938, cuando con el pleno consentimiento de Francia e Inglaterra se le concedió a Alemania una posición predominante en el este de Europa; y en el verano de 1940, momento en el que, tras la victoria sobre Francia y la ocupación de muchos otros países, tuvo a sus pies casi todo el continente situado al oeste de Rusia”.

Y aquí es donde Hitler falló, porque no tenía nada de estadista y en vez de consolidar lo conquistado, de forma ofuscada, se lanzó contra Rusia.

Cree Haffner que la situación hubiera podido desembocar “en una especie de alianza de Estados europeos o, al menos, en una comunidad económica y defensiva: en el verano de 1940, todo ello estaba al alcance de un estadista alemán que gozara de la posición de Hitler”. Pero no de Hitler.

Hitler al final consiguió justamente lo opuesto: “la supremacía de Estados Unidos en Europa occidental, la de Rusia en Europa oriental, además de la partición de Alemania”. No cabe duda que este final resultó mucho mejor que una Europa bajo la Alemania de Hitler que muy pronto empezó a mostrar al mundo su cara más terrible. ”Si la Alemania de entonces hubiese tenido un Bismarck y no un Hitler…” – empieza una frase Haffner (¿acompañada por un suspiro?) y pone puntos suspensivos.

Y esos puntos suspensivos me vuelven en el día de hoy.

Aglaya